13 de February de 2012 00:00

‘Ser globales pero con condumio ecuatoriano’

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Entrevista del día / Pepe German, músico y conductor del programa radial Jazz por Visión

¿Cómo ha visto el desarrollo del jazz en el país?

Me refiero desde finales de los noventa, cuando empecé a tocar y cuando en la escena quiteña todavía había pocos bares que programaban jazz, entre ellos el Cafelibro. La escena comprendía tríos o cuartetos con pocos cantantes. Estaban Jimmy Vaca, Marcelo Aguilar, Andy Sebastia , Larry Salgado, Iván Mora, gente que ya venía tocando jazz desde antes. Llegó Esteban Molina de Boston y abrió el Jazzu. Y la movida se solidificó con la llegada de otros… gente que ahora ya tiene mayor reconocimiento y exposición. Las ciudades con más movimiento son Quito, Guayaquil y Cuenca, y todo tiene que ver con la existencia de lugares de presentación. Un referente es El Pobre Diablo.

¿Cuánto aportó la creación de institutos de música?

Van de la mano de la demanda; fortalecen el ambiente formativo y competitivo, así suben los estándares. Desde el aparecimiento de institutos dedicados a la música vemos florecer músicos que llenan espacios antes débiles frente a una demanda de producción.

¿El jazz está más relacionado con la música académica?

Es una doble visión. Depende de las academias. Su aparecimiento ha hecho que el jazz se ponga la toga formal, porque es una música que tienes que estudiar, pero no veo la necesidad de apartar el origen del jazz de su base cultural popular.

¿El aporte de los festivales?

Han dado un nivel de internacionalidad a la escena local, por la exposición, pues los extranjeros se dan cuenta de la fuerza del movimiento que existe en Quito, ciudad donde se han localizado los festivales, ya que los realiza la Fundación Teatro Nacional Sucre -aunque ha habido iniciativas en otras ciudades-. Los festivales fortalecen la escena y permiten que los músicos locales se midan con los de fuera, y ellos se den cuenta del desarrollo del jazz acá.

¿Y los programas radiales?

Amplían el lenguaje del jazz para el oyente, crean interés por el género, más que por un autor o un estilo; es decir, le da herramientas para que saboree los sonidos.

¿Qué huella dejan las clases y los jam sessions?

Con las clases: todo festival te da una opción académica en la que tu héroe te da la posibilidad de inmiscuirte en su práctica y darte consejos para acercarte al instrumento, la armonía, la improvisación. Además, esa contraposición de capacidades es necesaria. Los jam sessions son hervidero de talentos, es una actividad cotidiana del jazz y debería existir siempre.

¿El desarrollo se acompaña de producción discográfica?

Lo uno no va con lo otro. Los festivales te permiten mostrar tu música al público, pero los jazzistas no tenemos interés en que el disco se venda en tiendas, primero porque no las hay y segundo porque la venta sería algo simbólico. Para un jazzista es más interesante presentarse frente a una gran cantidad de público que tener sus discos bajo la cama.

¿Qué sonoridades son más exploradas en el país?

La tendencia es encontrar la vena ecuatoriana, el encuentro entre la improvisación y el rescate de la melodía de la música nacional… Todos los estilos nacionales fusionados con la ‘impro’ y las formas y estructuras del jazz. Sabemos que no sonaremos como una banda de be-bop o una orquesta de Nueva Orleans, sino como jazzistas ecuatorianos; pero hace falta especializarnos y no rescatar por rescatar, que es caer en vicios antropológicos: ser globales pero con condumio ecuatoriano.


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