17 de April de 2011 00:00

Freddy Cadena Ayala se destaca como director de orquesta en Rusia

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Desde inicios de año colabora con el maestro Yuri Bashmet, uno de los directores de orquesta con mayor reputación en Rusia y en el mundo. Con un diploma obtenido en el Conservatorio Chaikovski, que es el instituto de formación musical más famoso del planeta, Freddy Cadena Ayala (Tulcán, 1963) fue designado director asistente de Novaya Rossiya (Nueva Rusia). Se trata de una de las agrupaciones musicales de mayor renombre en el país más grande del orbe.

Desde Moscú, donde reside con su familia (esposa y tres hijos), el músico ecuatoriano dialogó con este Diario a través de Skype.

¿Qué significado tiene para usted la designación como director asistente de la orquesta moscovita Novaya Rossiya?

Realmente, esto para mí es una gran oportunidad. Es también un regalo enorme. Estoy feliz y satisfecho porque constituye un logro muy elevado. Lo más importante es la relación con Yuri Bashmet, quien es una personalidad mundial y está en lo más alto que existe en la música. Por supuesto que también es una responsabilidad.

¿Qué diría usted que distingue a Bashmet, uno de los mayores directores de orquesta de la actualidad?

Bashmet, sin duda, es un músico de envergadura mundial. Se incluye en el grupo de los contados genios que hay en la música clásica en la actualidad. Él está en la especie de élite que conforman personalidades de la música. Él, además, es uno de los mejores intérpretes de viola del mundo. Todo el tiempo toca en las mejores salas del orbe y organiza sus propios festivales. Ahora está en Moscú; mañana en Tel Aviv y la semana entrante en Viena... Es un personaje incomparable.

¿Cuándo supo que tendría una batuta en la mano?

Bueno, desde niño alimenté la ilusión de ser director de orquesta. Y recuerdo que esa ilusión se alimentó más cuando presencié el concierto al aire libre de un coro. Estaba en tercero o cuarto grado de escuela. Entonces, me sentí muy impresionado con la música y, en especial, con el director. Poco a poco, esa vocación se encauzó y empecé a estudiar música en el Conservatorio de Música de Quito. Pero el día que cambió mi vida fue entre los 13 y 14 años, cuando mi papá me compró un piano Yamaha. Y supe que ese sería mi destino. En ese entonces, también tuve la suerte de recibir clases de piano con una maestra rusa. Después, postulé a una beca y vine a estudiar a Rusia.

¿Qué lo llevó, en los años 80, a viajar a la, por entonces, enigmática y tan lejana Unión Soviética?

Las razones son muchas. La más importante: es sabido que la escuela rusa de formación de la música y de las artes en general es la mejor del mundo. Algo similar no existe en ninguna otra parte. Y así nació el enorme deseo de conocer de cerca esta escuela. Y se dio la oportunidad de venir a estudiar a este país, después de dejar la carrera que seguía en la Escuela Politécnica Nacional.

¿Arribar a una metrópoli como Moscú representó un choque en el inicio de su etapa más exigente de formación musical?

Viví en Quito desde los 4 años. Y, como todos los ecuatorianos que hemos venido a Rusia (o la ex URSS), recibí también un ‘shock’ cultural. Viajar a la Unión Soviética era como ir a otro mundo. ¿Por qué? Todo era distinto: había otro sistema político, una ideología distinta, el clima diferente, etc. Lo que más me sorprendió en Moscú, en especial al inicio, era la enormidad, lo descomunal de casi todo. Y no se veía sonreír a la gente, que era hosca. Eso va cambiando. En la atmósfera se sentía la opresión.

¿Cuál ha sido para usted el principal problema para abrirse paso en un país como Rusia, con una vasta tradición musical y cultural?

El principal problema reside en que los rusos, en general, son muy cerrados en muchas cosas. Con los cambios introducidos en el sistema político y en la vida, han abierto el paso a otras culturas y otros países. En Rusia, entonces, siempre ha sido complicado romper esa barrera. Y es más complicado en Moscú porque esta es una capital mundial del arte, de la música.

¿Novaya Rossiya comulga con la tendencia de fusionar en un mismo concierto la música clásica y la música popular? ¿Esa fusión gusta a los espectadores?

Sí. En cuanto a incorporar piezas populares en los conciertos de música clásica, en realidad, depende de la orquestación, de los arreglos. Por ejemplo, hay una buena de ‘Tico tico’, que Novaya Rossiya y Bashmet tocan. Es una pieza orquestada deliciosamente. Cualquier melodía, si está debidamente orquestada y arreglada, siempre es una ‘delicia’. Puede ser una cumbia, un pasillo, un tango, etc.

¿Cuáles son sus piezas preferidas en el repertorio que interpretan las orquestas Amadeus y Novaya Rossia?

El director Georg Solti (NdlR: 1912-1997, nacido en Hungría y nacionalizado británico) decía que sus piezas favoritas eran las que estaba tocando en ese momento. Por supuesto que hay preferencias personales. Me encantan Wagner, Brahms, Chaikovski, Stravinski. Con la orquesta de cámara Amadeus, con la cual trabajé unos 10 años, el repertorio variado, desde el barroco hasta lo contemporáneo. Con Novaya Rossiya es otra cosa porque se trata de una orquesta sinfónica.

¿Por qué ha sido complejo para usted ser profeta en su tierra, en particular si se toma en cuenta su formación?

Esa pregunta quizá sería mejor direccionarla al Ecuador (risas). Lo más complejo ha sido encontrar el apoyo de nuestra gente, de los organismos culturales. Yo represento a mi país. Cada vez que yo subo al podio y dirijo un concierto, el público inevitablemente pregunta de dónde soy. Quiero decir que en el país no existe la política cultural como estructura.

¿Y si le ofrecieran la dirección de la Orquesta Sinfónica Nacional del Ecuador?

Yo no sé. Ciertas personas conocen de mi labor. He enviado (al Ecuador) muchas cartas para que me llamen a trabajar como director invitado, en la Orquesta Sinfónica Nacional, en la Fundación Orquesta Sinfónica Juvenil del Ecuador (Fosje), en la Sinfónica de Guayaquil. Nunca he recibido una contestación. Y no me pongo en situación de ‘víctima’. Seguramente, no hay interés.

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