22 de May de 2010 00:00

‘Escribir crónicas es mi motor V6’

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Esteban Michelena, ganador 2006, 07 y 08.

La sentencia del viejo Ryszard Kapuscinski: dar voz a los que no tienen voz. Otorgar un lugar luminoso a las vidas de esos vulnerados. Cuando el goleador esmeraldeño Ítalo Estupiñán viene a probarse en Aucas, tiene quince años y llega en bus al sur de Quito con un agua de vieja en el estómago.

DT le mira displicente y no le deja ni correr la cancha: “Andá, terminá de crecer”. Pero Ítalo persistió. A sus 17 fue goleador en Macará y luego el primer ecuatoriano en triunfar en el fútbol mexicano. “Marcaba goles por racimos”, en sus palabras. Eso: mirar con amor y fascinación la forma en que ellos han sobrevivido.

Hallar luz entre el manto negro que asfixia a ese país no oficial, que muere a la sombra de las sombras. Y hacerlo con belleza para rescatarle la dignidad.

(Decidí hacerme periodista) para leer estas historias que, en esos años, no aparecían en los medios. Un buen día, estábamos con mi amigo, ‘Tiburón’ Cabrera, tomando sol y cervezas en el barrio. “Si escribieras en los diarios como escribes las cartas a tu papá y a tu novia, capaz que puedes vivir del cuento”, dijo.

Abandoné mis estudios de Agronomía, me matriculé en Comunicación Social y la sospecha de ‘Tiburón’ se volvió cierta. Me dediqué a contar esas historias: boxeadores, futbolistas, pescadores, campesinos, músicos. Un mundo por revelar y al que los medios habían dado la espalda.

Escribir crónicas es mi motor V6, mi razón de vida, de plenitud. También la oportunidad de mirar, recorrer, abrazar, dolerse y contar un país al que amo como a mis hijos: Kuko, Sara y Pedro. Y ratificarme en mis principios a través de la filosofía y el amistoso intercambio con creadores como Willie Colón, Eduardo Aute, Rubén Blades, el ‘Tano’ Piero, Paco de Lucía, Vico C, entre otros generadores de una cultura popular a la que volvieron poderosa, masiva y consecuente con sus orígenes.

El Jorge Mantilla Ortega está llamado a honrar a un visionario que se atrevió a adelantarse a su tiempo cuando Ecuador solo sabía sembrar papas y banano. Es el único premio que es pensado y dirimido por periodistas para periodistas y ha marcado un hito en esa necesidad de reconocer el trabajo de quienes entregamos la vida a esta profesión. Pero debe ser fortalecido en su trascendencia, en el efecto multiplicador que debería tener para la promoción del oficio en las universidades.

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