Érase una vez una rana que se inventó un mundo...

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Ivonne Guzmán. Editora

Solo por la colección de afiches de obras de teatro y títeres ya valdría la pena acercarse hasta el Centro Cultural de la Universidad Católica; pero si a eso se suma que hay unos 700 títeres en exhibición y la posibilidad de encontrarse con Claudia Monsalve y Fernando Moncayo, ya sea porque estén presentando una función o porque hayan ido a confirmar que todo esté en orden en la exposición que montaron para celebrar los 40 años de la Rana Sabia, este es un plan obligatorio. Y no solo para los niños y aquellos que quieran volver a serlo paseándose entre muñecos de todos los tamaños, sino para quienes quieran darse la oportunidad de entender la escena artística local de los 70 a los 90.

La preocupación por la injusticia social, el anhelo de construir un mundo mejor... temas compartidos sobre todo con artistas plásticos y escritores locales están muy presentes en los argumentos de las obras con que los creadores de la Rana Sabia, Claudia y Fernando, han decidido agasajar la inteligencia y la imaginación de un público pequeño en edad y enorme en potencial. No sería descabellado aventurar que un niño constantemente expuesto a la dramaturgia de la Rana Sabia tienda a convertirse en un adulto más consciente de los problemas de su entorno, de su papel como sujeto activo y, por ende, esté más dispuesto a tomar decisiones al respecto.

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Además, no se puede dejar de mencionar una deliciosa constatación que permite la muestra: Fernando y Claudia se han pasado 40 años planteando problemas morales -que no se resuelven con moralejas facilonas, es más, algunos como 'Teja la coneja', no tienen moraleja- a un público infantil, que ha sabido agradecer que se le dé un trato de gente pensante y no de disminuidos mentales a los que se les habla con balbuceos de asuntos inocuos.

Ese agradecimiento se pudo ver durante la inauguración, a mediados de diciembre, en las salas de la exposición por donde circulaban decenas de familias jóvenes, de cuyos miembros los padres eran casi siempre los más emocionados. Cómo no estarlo cuando uno se topa 'de manos a boca' con los títeres gigantes que reposan en El viejo Hospital de los Muñecos, habilitado en los pasillos del segundo piso del Centro Cultural de la PUCE.

No muy lejos de esos pasillos, en la sala más grande, donde están montadas escenas de varias obras, vuelven a asomar la cola los referentes estéticos compartidos por Claudia y Fernando con quienes por esa misma época estaban creando un arte más formal, para gente grande. Por ejemplo, ¿cómo no remitirse a Oswaldo Viteri al pasar por delante de la obra 'Los hijos del viento', con sus tradicionales muñequitas indígenas de trapo, que el pintor ambateño también recogió en varios de sus emblemáticos 'collages' de títulos larguísimos como cuentos: 'Tira la lanza por la ventana, hiéreme el pecho menos el alma'.

Y hablando de cuentos, es interesante notar cómo algunos de los nombres que hoy suenan en el ámbito literario también pasaron por la Rana Sabia. Es el caso de Diego Cornejo Menacho y su texto, de los años 80, para la obra 'Roberto el diablo en tierras americanas'.

Lo dicho, esta exposición es de lo más interesante que se verá en Quito hasta marzo, y un niño -de cualquier edad- que se respete no se la puede perder.

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