8 de March de 2012 17:27

Elefante hembra en cristalería

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Testimonio

Solange Rodríguez
Escritora


Soy una mujer que para testificar habla desde su condición genital y de género. Sé del dolor paralizante del cólico menstrual; del hambre y las la náuseas que causa un embarazo; de la energía intensa que se libera en un orgasmo. En otras palabras, sé lo que se experimenta ser una mujer de 35 años; sé de las cimas y los baches que se viven a la mediana edad.

No obstante, antes de hacer esta declaración que leerán mis padres, mis alumnos, mis empleadores y mi esposo, lo pienso como quien medita antes de meter un elefante en un negocio de venta de cristales. Y acá va: disfruto de los placeres de mi cuerpo, de su mente; de su complejísima esencia y de su físico. Y sí, estoy a favor de la libertad sexual femenina aunque esto signifique que se reduzca a: “Si le gusta el sexo, es una puta”.

El cuerpo femenino es el más mostrado por los medios , pero a la vez, el más desconocido entre nosotras . Hemos permitido que sean otros —y otras— quienes levanten colonias sobre nuestra carne y que hayan vuelto la reserva y la contención parte de la dignidad del género; al considerar la virginidad aún una virtud, en lugar de tomarla como lo que es: una opción tan válida como la de usar el cuerpo para la búsqueda de la identidad y de sus límites de goce. Todas hemos conocido a una mujer que ha abortado, decía una integrante de la Casa Rosada, en el documental Nariz del Diablo. No se trata de la
“otra monstruosa”, si no de una de nosotras: la pequeña violada que sale en los periódicos, la amiga que no tiene idea cómo contar los días de su ciclo, la hija que tenía miedo de molestar a su novio si le pedía que usara protección.

Ninguna mujer va a un aborto sonriendo. Ya suficiente tiene con la sensación de culpa que la destroza: el llevar nuestra mirada acusatoria.
Pero soy consciente de que mi perspectiva no es la única. Hay muchas que están satisfechas en sus roles tradicionales de amas de casa que reciben dinero de sus maridos, novias pudorosas, madres abnegadas que van de la cocina a la cama del pequeño enfermo, compañeras de generación que aún consideran el matrimonio un sinónimo de éxito (el único, lastimosamente). Y no es mi intención polemizar con ellas; si hay algo que necesitamos las mismas mujeres es temperancia entre nosotras.

Yo invito a las hembras de mi especie a usar su cuerpo, a ser dueñas de él.

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