27 de November de 2011 00:01

Los ecos del III Festival de la Lira

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‘Si ustedes me regalan unos días para enseñarles a leer poesía, les aseguro que van a ser mejores banqueros”, le dice el poeta cubano José Kozer a Guillermo Talbot, gerente general del Banco del Austro, en los Jardines San Joaquín en Cuenca, donde se clausuró el III Certamen de Poesía Hispanoamericana Festival de la Lira, uno de los más importantes de Hispanoamérica, pero sin duda el más glamuroso.

Este evento fue posible otra vez gracias al apoyo de la Fundación Cultural Banco del Austro. El idilio entre banca y poesía se fusiona y desarrolla en su cúspide más alta y diáfana. “Si la relación entre capital y poesía es compleja, aún más peliaguda es la relación entre la poesía y la banca. Aunque dos grandes coetáneos de la poesía en lengua inglesa del siglo XX, Wallace Stevens y T. S. Eliot, fueron eficientes empleados de importantes entidades bancarias, traer sus nombres a cuenta no nos alcanza”, dijo Cristóbal Zapata, el coordinador académico.

Quiero subrayar el lujo, la opulencia, elegancia y exuberancia con la que tratan a los poetas a lo largo del Festival. Es realmente inefable. El lujo en la hospitalidad, el hotel, los almuerzos en los mejores restaurantes de la ciudad, los músicos, bailarines y coreógrafos invitados, las puestas en escena, la decoración y ornato en cada acto. Los espectaculares bacanales parecían no tener fin, al igual que la renovación constante de eufóricas bebidas, y donde el estruendo y artificio de los fuegos pirotécnicos se mezclaban con el crujir y el ritmo enfurecido y convulso de uno de los ríos que rodean a Cuenca. Juan Eljuri Antón es el generoso e idealista mecenas de este encuentro, concebido conjuntamente con el poeta Efraín Jara Idrovo, quien fue el artífice de recuperar esta fiesta.

El Festival de la Lira tiene dos tiempos: ayer y hoy. Ayer, en 1919 un grupo de intelectuales y poetas de la aristocracia cuencana fundaron la ‘Fiesta de la Lira’, evento poético de periodicidad anual, donde los poetas eran premiados por sus méritos literarios y recitativos. El premio mayor era una corona de laurel. Estas fiestas, de inspiración bucólica-virgiliana, tenían lugar en la campiña morlaca, en mansiones a orilla del río. Pues su imaginario neoclásico, se trataba sin duda del ritual de una ciudad sedienta de modernidad. El lema del estandarte del evento, tomado de la primera égloga de Virgilio: Sub Tegmine...(“Bajo la enramada”), condensaba la directriz estética del concurso: la poesía del lar, del terruño local. Hoy, el Festival de la Lira convoca a la poesía contemporánea de la lengua española, a los poetas transmodernos, transculturales y transnacionales que en distintas ciudades del mundo comercian con nuestra lengua, y hacen del español su despliegue luminoso, y el código de su comunicación artística.

El jurado de premiación estuvo conformado por los poetas: el cubano José Kozer, el argentino Arturo Carrera, la mexicana Minerva Villareal, y los ecuatorianos Fernando Balseca y Galo Alfredo Torres. Los poetas invitados internacionales fueron: la cubana Damaris Calderón, la uruguaya Silvia Guerra, la chilena Paula Ilabaca, el peruano Mario Montalbetti, y los venezolanos Reynaldo Pérez Só y Gonzalo Ramírez. Entre los nacionales estuvimos Ángeles Martínez, Carlos Eduardo Jaramillo, Luis Carlos Mussó, Ernesto Carrión, Paúl Puma y yo.

Para el ganador del Festival de la Lira, hay un premio único bastante apetecible, dadivoso y más que decente de USD 30 000, y un premio Mención Ilustre Municipalidad de Cuenca de USD 5000 a un segundo libro. Cabe resaltar que los actos de inauguración y clausura son con la presencia de las mayores autoridades del Banco del Austro y la ciudad.

En esta ocasión la Lira de Oro fue para el libro ‘El eco de mi madre’, de la poeta argentina Tamara Kamenszain, y la mención para el libro ‘Fundación de la niebla’ del poeta ecuatoriano Ernesto Carrión. De 57 libros enviados hay un prejurado que selecciona 10 para el jurado final. ‘El eco de mi madre’ es una obra de admirable concisión y sobriedad, que se enfrenta con lucidez de lenguaje, pensamiento y visión poética a la temible enfermedad del Alzheimer. Si la tuberculosis signó el siglo 19 y si el siglo 20 hizo lo mismo con el cáncer, nuestro nuevo siglo 21 se enfrenta en literatura con esta enfermedad destructora y maligna. Quizá‘El eco de mi madre’, de Tamara Kamenszain, sea uno de los primeros libros que confronta desde el lenguaje y la poesía esta enfermedad.

Del mismo modo que en la edición anterior, hubo un homenaje al gran escritor César Dávila Andrade, en esta ocasión se propuso recuperar y tributar la figura de un personaje único de nuestra poesía, otro cuencano: Ernesto López Diez. Que nació en 1860 y murió en 1963. Poeta simbolista, excéntrico, soltero y solitario empedernido hasta el final, que construyó una torre de marfil que servía como observatorio astronómico en la terraza de su palacio. En pocos días más se presentará una antología de sus textos.

Este certamen, que desde su primera edición aspira premiar el mejor libro de poesía escrito y publicado en lengua española durante los dos años anteriores a su convocatoria, se proyectó bajo el título ‘Actos de lectura. La travesía de leer’, propuesta que hurgó a que los escritores de poemas invitados refiramos el descubrimiento de los libros, la vocación poética, y la reflexión en torno al acto del gozo de leer y escribir.

En las mesas redondas se habló de las travesías y estupores de los poetas con la lectura y las elucubraciones con la escritura. Por ejemplo Paula Ilabaca dijo que el texto poético llegó a su vida, sumado a una sensación de libertad absoluta, pues la verdad es que si de adolescente continuaba leyendo coplas y sonetos nunca se hubiera dedicado a la poesía, pero Whitman y Huidobro le dijeron: sí, se puede. Sí, esto otro también se puede, sí y sí y sí.

Mario Montalbetti se preguntaba qué quería decir César Vallejo cuando escribía apropósito y mal: Vusco volvvver, y si un poema titulado reyes rojos quería decir sólo ojos ojos suprimiendo las eres y traduciendo la palabra al inglés. Silvia Guerra habló de la poeta uruguaya Amanda Berenguer, quien decía que se daba cuenta que estaba ante la poesía cuando le venía un temblor, y citaba a Emily Dickinson que a su vez decía que reconocía la poesía cuando sentía que le arrancaban la cabeza. José Kozer recomendó que se ha de leer sólo en lo que se está inmiscuido. O dicho a lo Rimbaud: YO ES LIBRO. Yo enfaticé que leo para no pasar al acto. Y así, en inagotables charlas y lecturas de poesía por lujosos puntos de la ciudad, el alimento de la lectura de una visión sobre la poesía y una lectura y otra y otra conducen de un poema y a otro y a otro.

En fin, concluyó el fabuloso III Certamen Hispanoamericano de Poesía, Festival de la Lira Cuenca 2011, que a los que pretendemos escribir poemas no puede sino subyugarnos, y plegarnos hasta arquear el espinazo. Durante esta verbena, se estiró y contorsionó a prístinos límites la palabra gracias gracias gracias, una y otra vez. Fue un privilegio inefable haber sido invitado.

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