5 de June de 2011 00:02

Después de la vida

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Uno escribe por muchas razones, entre ellas la vanidad y la ambición, pero hay otras, más nobles, más saludables, más divertidas. Y está la que no puede faltar: uno escribe para salvarse. Salvarse del mundo. Salvarse de los otros. Salvarse de uno mismo. Al final son esos libros los que quedan, los que sirven, libros que escribes mientras la realidad te jala el pelo, libros en los que te atreves a ser mala persona y contarlo todo. Libros como 'Tiempo de vida', de Marcos Giralt Torrente (Madrid, 1968).

En la nutrida tradición de testimonios que hablan sobre familias disfuncionales (¿existe otro tipo de familia?), éste, dedicado a una relación padre-hijo tan personal como universal, está destinado a ser un clásico. “…intenté ser cerebral y encarar nuestro problema reflexivamente, sin espacio para la poesía.”, dice Giralt Torrente a manera de advertencia, pero fracasó miserablemente y sus memorias se llenaron de emociones poderosas, hasta el punto en que la vergüenza y el orgullo son lo mismo. La figura de un padre que al principio es un artista y un héroe a tiempo completo, va cambiando a la de un tipo que, sometido a su sensibilidad y esquivando conflictos obligatorios, se transforma en un amigo ocasional, en un viejo conocido y hasta en una visita incómoda en la sala de la casa. “Qué pocas veces nos permitimos estar juntos y qué paralizados estábamos en la mayoría de ellas…”, en frases como ésta, más allá de toda pretensión intelectual, hay una verdad procesada que no necesita, justamente, poesía. Y esa verdad, que a ratos acelera el ritmo de los párrafos y hace pensar en un escritor saliendo a toda velocidad de un libro poblado por fantasmas de carne, es de donde nos agarramos para seguir leyendo, para enfrentar la muerte inminente de un padre al que terminamos queriendo porque, después de todo, es familia y a la familia se la quiere hasta cuando se la odia. Ciertas historias necesitan la muerte de los personajes que las gatillan, no para terminar de una buena vez sino para que esos personajes escuchen en silencio mientras otros, los que quedan, las cuentan y encuentran la paz.

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