24 de July de 2011 00:02

De Lago Agrio a Sour Lake: Cardoso devuelve el ‘favor’

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Como una serpiente que se arrastra junto a la carretera, que ondula entre la vegetación, el oleoducto define el trayecto por tierra hasta Lago Agrio. Dirían los relatos orales de las tribus amazónicas, si hubiesen sobrevivido a la aculturación, que es una serpiente venenosa, cuya sangre es petróleo y cuando sus heridas supuran mata todo cuanto toca.

Lago Agrio nos convoca porque allí está Pablo Cardoso. El artista cuencano recoge muestras de agua tóxica de formación (resultante de la extracción petrolífera), para devolverla simbólicamente a “la cuna de donde nunca debió haber salido”: el origen de la Texaco, Sour Lake, Texas, EE.UU.

‘Lago Agrio - Sour Lake’ es el nombre del proyecto con el que Cardoso ganó la beca Rockefeller, para una residencia en Bellagio, Italia. La parada final del agua contaminada es el monumento a la Texaco. El trayecto es documentado fotográficamente y en Bellagio trasladará las fotos a la pintura, para armar un diario de viaje.

“No solo es el gesto de devolver el daño ejercido por una compañía petrolera en la Amazonía, sino la duda sobre si el sistema en el que vivimos lo necesitamos”.

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Para Cardoso, Lago Agrio y Sour Lake, además del nombre, comparten su falta de encanto. En un hotel sobre la vía principal de Lago Agrio está Donald Moncayo, activista del Frente de Defensa de la Amazonía (FDA), nuestro guía.

Para empezar vamos a la laguna La Perla, área protegida. No hace falta ser listo para saber por qué La Perla lleva ese nombre...

Es una joya encerrada entre los pozos de extracción, los de inyección, los mecheros, las volquetas y la maquinaria pesada. En sus orillas, los colores del follaje van del verde, al verde y al otro verde, como si para el ojo urbano no cabrían diferencias. Donald señala a las aves y a los monos; nosotros, asombrados: ¡Cuánta fascinación causa algo, de verdad, natural!

Cardoso toma fotografías; no solo capta imágenes, además ve lo que esconde el reflejo sobre el agua, la multidimensionalidad del entorno. Con el traslado de esas fotos a la pintura, Pablo recupera otras nociones del tiempo: la lentitud vs. la velocidad. Su obra liga este proceso con el concepto del viaje, del tránsito, de la trasferencia de una realidad a otra, del paisaje al territorio, de la naturaleza a la tierra intervenida por el hombre, el poder y el ‘progreso’. Esta vez es con el petróleo, pero también ha trabajado alrededor de la minería. “Los gobiernos piensan en la inmediatez, dan beneficios materiales a la población sin medir el costo ambiental”.

La Perla hechiza. Pero el tour pasa de la maravilla al desaliento, cuando llegamos a Aguarico 4, un pozo de inyección de agua tóxica. Allí Cardoso abre la llave y toma una muestra del agua sucia.

Donald dice que como este pozo de inyección hay alrededor de 40. Según el FDA, en total se estima que el desastre ambiental de la Texaco afectó 2 millones de hectáreas de selva, derramó 379 246 200 barriles de agua tóxica de formación en las vertientes de agua, quemó 235 000 millones de pies cúbicos de gas al aire libre, derramó 16 800 millones de galones de crudo, construyó 916 piscinas de desechos tóxicos sin cubierta o revestimiento.

Llegamos a un pantano de crudo. Cardoso se indigna. “Es la muestra viva de la irresponsabilidad… los engaños, la mentira, la vinculación política de los grandes capitales para la explotación de recursos no renovables”.

Aunque el daño ya está causado -sostiene Moncayo- hay aspectos que Petroecuador ya ha corregido: no arroja petróleo en las vías, no construye piscinas, sino tanques de metal, reinyecta el agua de formación en lugar de arrojarla en los ríos y no quema petróleo cuando este satura las piscinas.

Donald recuerda en su niñez cuando se quemaba ese petróleo, un paisaje apocalíptico: “Nos poníamos detrás del humo negro y veíamos al sol, una bola roja…”.

Mientras tanto, Cardoso conjetura: “Todo eso se tiene que dar para que llegues a la gasolinera a llenar el tanque. Las acciones cotidianas tienen su costo en el impacto sobre la Amazonía”.

Donald es hijo de la tercera oleada de colonos lojanos. Su padre fue asesinado. Su madre murió de cáncer; tras lavar ropa en un río que también recibió los tóxicos, le sobrevino un absceso. Donald, más allá de ofertas económicas y laborales, más allá de acusaciones por atentado y terrorismo, se mantiene en su casa de bloque y zinc, y compra el agua que le niegan en su tierra contaminada (por USD 4, los dos galones).

Los testimonios traen la presencia, casi espectral, de niños cofanes abandonados en la selva, de mujeres prostituidas por alimento... De vuelta en Lago Agrio está Pablo Fajardo, el abogado que antepuso la demanda millonaria e histórica a la Chevron Texaco.

Él, que aprendió a vivir con las amenazas, llega en bicicleta. Sencillo, habla del impacto social y cultural. De aculturaciones y de oralidades perdidas; de cambios en la cosmovisión amazónica, de la economía de subsistencia derrotada por la de mercado, del amazónico “de recolector de la selva a mendigo de la vía”.

Al otro día, “¡Qué bestia!” es la frase recurrente. En el pozo Lago Agrio 2 se observa el agua aceitosa filtrar la tierra: una alcantarilla de taller automotriz en la selva.

Junto al pozo hay una piscina “remediada”. El desastre se oculta bajo los helechos o bajo una cabaña; es patio de juegos infantiles o corral de aves. Donald extrae un poco de lodo y lo pone en un bote con agua, mete la mano y revuelve la mezcla, palma y dedos se tiñen de petróleo. Cardoso sigue trabajando con su Canon Eos 50.

En este punto de su vida artística le interesa vincularse con estas problemáticas, explotar el lenguaje artístico para que otras audiencias accedan a estos temas.

“El caso Texaco es un ejemplo para ponerle freno a una catástrofe ecológica a escala global”.

Cardoso llegó a Houston. Sorteó los controles aduaneros con sus muestras de agua. Fue en auto a Sour Lake. El 14 de julio, a las 14:15, el agua tóxica llegó a su destino. Pablo escribió: “Si en 1903 la humanidad hubiese conocido, como lo sabe hoy, los efectos devastadores que supondría la extracción del petróleo para el planeta, quizás en su lugar se hubiesen orientado las investigaciones a la obtención de energías limpias. La cuestión es, si ya conocemos sus efectos, ¿por qué se sigue empujando la frontera hasta extremos tan irresponsables?”.

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