18 de January de 2011 00:00

Corrección política: Mark Twain versus los biempensantes

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Hace pocos días apareció una noticia que da luces de lo que vivimos en este tiempo. Desde febrero, Mark Twain será corregido –obviamente sin su autorización– por la editorial NewSouth (Montgomery, Alabama), que publicará Las aventuras de Huckleberry Finn sin la palabra ‘nigger’, una expresión peyorativa para definir a la gente de color y que aún hoy se pronuncia en Estados Unidos.

Es cierto: los tiempos de hoy nos exigen evitar cualquier tipo de racismo (aunque existan el Tea Party y Jared Loughner) y nos abocan a usar términos denominados ‘políticamente correctos’. Amparado por eso, Alan Gribben, el ‘rehacedor’ de la obra de Twain, cambiará “injun” y “nigger” por “indio” y “esclavo”.

La intención de Gribben está amparada en la moral. Según Gribben, “las críticas sociales agudas que hace el libro están ahí. El humor está intacto. Simplemente tuve la idea de alejarnos de la obsesión por esa palabra y dejar que las historias se mantengan por sí mismas”.

¿Pueden solamente dos palabras cambiar el sentido de una novela? Si se piensa que Twain escribió nigger 214 veces en ‘Huck...’, estamos ya alterando algo que es un espejo del tiempo en que fue escrita (1884) y que ha sido considerada la obra fundacional de la novela contemporánea estadounidense. Los que han leído a Twain saben que solamente una lectura ingenua la puede definir como una novela de aventura, porque en realidad es un retrato minucioso de la sociedad norteamericana del siglo XIX.

De seguir aquella lógica, proscribiríamos de la literatura ecuatoriana la palabra “longo”, “cholo”, lo que sería un error terrible. Una de las posibles definiciones más interesantes de la literatura sería aquella que sostiene que “cuenta la historia que la historia no cuenta”, es decir el lenguaje, las pasiones, la psicología del tiempo en el cual fue escrita una obra. Podemos conocer de Francia tanto, y quizá más, con ‘Madame Bovary’ como con cualquier tratado histórico. Con la ‘Ilíada’, de Homero, conocemos bien lo que fueron los grandes arquetipos de la civilización griega: el honor, la amistad, la hospitalidad, los funerales dignos.

La alteración de Gribben será, entonces, un maquillaje, como el cubrimiento de los órganos sexuales de la Capilla Sixtina por una valoración moral que satisfaga a los ‘biempensantes’.

Aquellos ‘biempensantes’ son como los conversos a alguna secta, los ex fumadores o los repentinos militantes políticos quienes, conocedores de una verdad divina revelada, amparados por esa fuerza superior, condenan a todo aquel que piense diferente, incluso a aquellos que son como ellos alguna vez fueron. Lo preocupante es que Gribben lo hace con un clásico. No es la primera vez que ocurre en la literatura. En su portal de Facebook, el escritor argentino Leopoldo Brizuela cuenta que en un aeropuerto vio un libro de Conrad que se titulaba ‘Children of the Sea’. Cuando lo abrió vio que era ‘The Nigger of the Narcissus’. Cambiaron el título por las mismas razones.

En los años 80, cuando aún existían los partidos de izquierda marxistas puros, un joven militante de aquellos años llegaba a la sede del partido con dos libros de Mark Twain. El uno era ‘Las Tres R’, agudos ensayos periodísticos sobre raza, religión y revolución. El otro era ‘Cartas de la Tierra’, una obra en que Satanás, luego de divagar por el Universo, recala en la Tierra y desde allí (o sea aquí) escribe unas cartas a sus ex compañeros arcángeles en las que cuenta cuan ingenuas son las creencias humanas sobre Dios.

Twain dijo que sería una locura publicar ‘Cartas...’. Lo hicieron recién en 1962 (52 años después de su muerte). Al joven militante, sus líderes políticos le habían dicho que debía leer algo más formativo: ‘El Estado y la revolución’ y ‘¿Qué hacer?’, ambos de Lenin.

Siguió con el dictado, pero al cabo de los años se reafirmó en su convicción: estos fueron dos de los libros más ‘plomazos’ que había leído en su vida y que Mark Twain, quien había pasado los últimos años de su vida luchando contra la sociedad de consumo, el racismo, el capitalismo y el imperialismo, permaneció como uno de sus maestros.

Pero las buenas conciencias de su tiempo y de los años 80 no supieron entenderlo, como tampoco ahora el señor Gribben.

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