30 de December de 2012 00:02

Ciudades para crear

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Es muy posible que, mientras usted lee estas líneas, se encuentre en una ciudad. Muchos no nos damos cuenta, pero casi todas nuestras actividades se ven influenciadas por el entorno urbano. De lo que sí nos damos cuenta es de que no necesariamente disfrutamos nuestra rutina diaria, ya sea porque el tráfico nos agobia, porque caminar es un tormento o porque la inseguridad y la dificultad les ganan a las ganas y a la necesidad.

Esos lugares, usualmente sórdidos, sin árboles ni espacios cómodos o edificantes, son el resultado de decisiones tomadas por personas sin mucha sensibilidad que, por acción u omisión, diseñan nuestra incomodidad diaria.

Allí es, precisamente, donde encontramos nuestra pasión los urbanistas: en leer la ciudad y ver el potencial de áreas degradadas; donde los demás ven tráfico, congestión, y gamas bastante aburridas -e insalubres- de gris.

Ese objeto, para muchos abyecto, que se llama ciudad es en realidad un lugar de encuentro entre personas e ideas. Allí se potencian las relaciones sociales y económicas y los intercambios que generan creatividad e innovación. Allí se genera la cultura. Y de la calidad del «mise en scéne» para esa danza depende la potencia y eficacia del resultado: un sitio lúgubre donde no hay posibilidad para el encuentro será un espacio muerto, inconsecuente.

Mientras que uno que motive las actividades más diversas, invite a la mayor cantidad de personas, potencie los pequeños encuentros espontáneos e inspire la próxima gran idea, será un semillero para el desarrollo de los ciudadanos.

Nuestra especialidad es encontrar, rescatar y diseñar esos espacios; reconocer los elementos tanto físicos como psicológicos que motivan conductas cívicas y urbanidad e invitan al intercambio, y que se encuentran en los intersticios que por diseño o normativa, quedan entre edificaciones.

Algunas veces pienso que jugamos con aire, que jugamos a hacerlo aprovechable y le damos forma para que la gente pueda ejercer su ciudadanía. El gran Goethe lo tenía claro, cuando dijo que el aire de la ciudad nos hace libres.

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