24 de April de 2011 00:00

La búsqueda de Mario Levrero

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En cualquier librería medianamente surtida usted encontrará obras de, al menos, cuatro escritores uruguayos destacados (lo que no es poco para un país de tres millones y medio de personas): Horacio Quiroga, Mario Benedetti, Eduardo Galeano y, por supuesto, el gran Juan Carlos Onetti. Más difícil será que encuentre algún libro del también uruguayo Mario Levrero. Pero si la suerte le sonríe y usted se topa con alguno, tómelo y vaya directo a la caja. Cada centavo que gaste estará compensado.

La obra literaria de Mario Levrero (Montevideo, 1940-2004) está compuesta por más de una docena de libros, entre novelas y colecciones de cuentos. Por ahora nos centraremos en dos: ‘El discurso vacío’, de 1996, y ‘La novela luminosa’, publicada en el 2005. En ambas obras, catalogadas como novelas, quizás a falta de una definición más apropiada, un narrador que parece ser el propio Levrero describe su día a día. “Prosigo –se lee en la primera de ellas–, tratando de desarrollar temas poco interesantes, inaugurando tal vez una nueva época del aburrimiento como corriente literaria”. De hecho, a diferencia de obras anteriores de Levrero, cargadas de personajes y situaciones desopilantes, estas dos novelas son una acumulación de anécdotas cotidianas (y unas pocas con un aire de misticismo).

El encanto de Levrero, lo que nos atrapa, es su manera de contarlas, con una redacción impecable y una gracia que se alcanza a entrever en la oración citada.

El narrador de ‘La novela luminosa’, refiriéndose a una obra de Burroughs, opina que todo el libro no es más que “una envoltura plagada de insensateces” para disimular un único pasaje que lo justifica. No ocurre lo mismo en las dos novelas de Levrero que hemos presentado, donde todas las anécdotas que se narran, incluso las más triviales, sirven para que nos vayamos formando la imagen de un autor con un ingenio, una sensibilidad y un talento narrativo excepcionales y que, según se lee en ‘El discurso vacío’, no andaba a la caza de argumentos para novelas, sino que escribía para encontrarse a sí mismo.

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