17 de April de 2010 00:00

Artieda marcó a la poesía y al periodismo

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Redacción Guayaquil

Como dijo Marco Antonio Rodríguez, presidente de la CCE, en el país hay una tradición a señalar que todo muerto fue bueno. Pero, aclaró, que en el caso de Fernando Artieda Miranda (Guayaquil, 1945-2010) hay razón para ello.

Lo hay por su trabajo en la poesía y en el cuento y también en el periodismo. En lo primero, y como dijo el escritor e historiador guayaquileño Carlos Calderón Chico, la literatura pierde a un poeta que hizo de lo popular una relación de compromiso.

“A través de sus textos relieva, reitera y redescubre su compromiso con el hombre. Fue un gran cuentista y cronista. Sus textos demuestran una carga popular”. Y con su poesía, supo insertarse en la vida de la gente. En su poema ‘Pueblo, fantasma y clave de Jota Jota’, recrea la vida del cantante y también la vida de la ciudad.

Raúl Pérez Torres, a la salida de la sala de velación de la Junta de Beneficencia, dijo ayer que lo más significativo de la poesía de Artieda, “ fue su rico metal y su rico lenguaje popular”.

El escritor afirmó que lo popular, la vida de los barrios, lo que pasaba en la calle y cómo se vivía tuvo una fuerte carga en los años sesenta y setenta. Esas décadas marcaron el trabajo creativo de Artieda y otros escritores de su generación.

También lo periodístico dejó su huella, especialmente en Ecuavisa. Quienes trabajaron con él, recuerdan su esmero por presentar sus notas ricamente contadas, en su caso narradas, especialmente en el cierre de la información. “Lo que en televisión llamamos ‘stand up’”, dijo Tania Tinoco, periodista de Ecuavisa.

Sin dudar mucho, la experimentada comunicadora expresó que Fernando Artieda puso un soplo de poesía dentro del periodismo. “Podía hablar de los temas más duros, más difíciles, más complicados de una manera que todos pudiéramos comprender e interesarnos por ello. Él redescubría la prosa y le gustaba lo más sencillo. Él simplemente llevó la poesía a la redacción”.

Ermel Campoverde, ex periodista de Ecuavisa y reportero de Gamatv, dijo que Artieda fue un maestro. “Su legado fue entenderse y comunicarse con el pueblo, llegando a su esencia y alma y también a contar sus historias”.

Campoverde también evocó que el énfasis que Artieda puso en el cierre de las notas, por los textos y por los énfasis que dio a su voz, era una de sus cartas de presentación. Y marcaron una cierta identidad periodística.

Quienes trabajaron con Artieda no dejan de recordar su preferencia por la bohemia.

De esto contó Pedro Gambarrotti, arquitecto y diseñador gráfico, quien lo conoció en Editores Nacionales (empresa que publica la revista Vistazo), en 1988.

Hasta ese momento, lo había visto solo en televisión y muy poco había leído sus textos en Vistazo.

“Una noche un amigo común terminó de presentarnos en el bar de Cortijo, una noche en busca de una cerveza helada y buena salsa para escuchar. Allí puedo decir que nació nuestra amistad”.

“Llegué -dijo- a tenerle un poquito de recelo, pues encontrarme a Fernando en Riverside, un viejo lanchón convertido en bar acoderado a orillas del Guayas, significaba amanecernos viendo los primeros rayos iluminar al manso y caudaloso”...

Una despedida emotiva

Poco antes de las 14:00, familiares, amigos, compañeros y ex compañeros de Fernando Artieda se fueron acomodando en la sala especial de velaciones número 2, de la Junta de Beneficencia, en el centro de Guayaquil.

La mayoría llegó de negro. El negro del luto, del dolor y del pesar.

El negro que le dice al resto de la gente que un familiar o un amigo se ha ido. No importó el intenso sol de las 14:00 que, en ese momento y con esa ropa, hacía que el dolor fuera menos llevadero.

Pausadamente, con ayuda de un familiar, Luis Artieda, padre de Fernando, ingresó a la sala. Al pasar el umbral, su rostro mostró cierto alivio al sentir la brisa fría del aire acondicionado. Se acomodó en el sitio escogido por los familiares y puso su atención en el sacerdote que oficiaba la misa. Pero también su mirada se posaba en el féretro de madera. Allí en esa pequeña caja, color café, estaba el cuerpo de su primogénito.

Carola, Lenyn, Gabriela, Renata y Fidel, hijos de Fernando Artieda, se ubicaron indistintamente en la sala. 10 minutos después de las 14:00, el espacio estaba lleno. Incluso, había gente de pie.

Cuando la homilía terminó, familiares y amigos se alistaron para acompañar al poeta y periodista. Estaba previsto para las 17:00, en Jardines de la Esperanza.

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