9 de March de 2012 00:04

Arte y pureza de Villacís, en ausencia

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Hace años, en un rincón del estudio de Aníbal Villacís, tras unos botes de pintura, su hija Nancy encontró un pincel largo y le puso unas manchitas amarillas, que a su parecer le faltaban, a un cuadro que su padre se prestaba a entregar... “Ay, Dios”, la ternura corta el recuerdo y la voz de Nancy.

El miércoles, pasadas las cinco de la tarde, falleció el pintor Aníbal Villacís. Tenía 85 años y mantuvo hasta el final “la sensibilidad para mirar con unos ojos que nunca dejaron de ser de niño a los niños del país”, comenta Nancy. Entonces, ante la evocación que hace su hija, aparecen los cuadros donde cabecitas infantiles son transmutación a la pintura del amor, la pureza y la solidaridad. La materia física del pintor ya no está, pero trasciende su arte.

Un arte que lo sorprendió desde los cuatro años, cuando las pepas de capulí fueron un primer soporte. Un arte que también bebió de su pasión por la tauromaquia, del enfrentamiento de bestia y hombre, del cruce de sangres, de la fiesta popular, y que se le configuró como un universo a pintar. Su retrato a Manolete - cuenta Marco Antonio Rodríguez, en ‘Aníbal Villacís, símbolos y signos de nuestra sangre’, texto de su última muestra - dejó absorto al mismísimo matador.

También hizo un retrato de Picasso, a quien pintó en España, a donde desembocó en 1953, tras solicitar al entonces presidente José María Velasco Ibarra, que lo transfiriese desde París, en donde se formaba gracias a una beca. En su nuevo destino, Villacís se mezcló con el ambiente artístico y asumió sus exploraciones.

Las pautas de Jean Fautrier, de Cuixart y de Tapiès lo decidieron por el informalismo, pero en una tendencia ancestralista, que también definió las búsquedas de sus contemporáneos Enrique Tábara o Estuardo Maldonado, compañeros de Villacís en el grupo VAN. Este colectivo irrumpió con sus planteamientos intelectuales y estéticos en el Ecuador de los 70. Muestra de esta labor es ‘Entonación de arcilla’, pieza de técnica mixta que, en 1972, le valió a su autor el primer Premio del Salón Latinoamericano de Pintura.

Entonces los signos de la América precolombina se asumieron en sus texturas y colores terráqueos. “Pero no era lo sígnico lo que más le atraía, sino lo matérico”, apunta Hernán Rodríguez Castelo en el Nuevo diccionario crítico de artistas plásticos del Ecuador del siglo XX. Así, Villacís ahondó en las posibilidades expresivas de la materia; materias que ya exploró en su infancia, cuando con carbón raspaba portones y paredes, y palpaba la greda, el yeso, la tiza.

En su andadura se involucró con variaciones abstractas y pequeños formatos para seguir su juego con los materiales. Obras suyas se expusieron en Venezuela, Colombia, España, Estados Unidos, Brasil, Perú...

“Marta Traba, la mayor crítica de arte que ha dado nuestro continente, encumbró la obra de Villacís como un verdadero milagro”, dice Marco Antonio Rodríguez, quien añade: “Nadie ha trabajado la materia, ni el precolombinismo como lo hicieron las manos sabias del maestro Aníbal Villacís”. Asimismo, Rodríguez no puede evitar hablar desde una amistad profundísima con el artista. En tal sentido señala que Villacís, además de figura señera de la plástica latinoamericana, debe ser rescatado por su “transparencia y sencillez humanas: detestaba la soberbia, detestaba a los poseedores de la verdad, detestaba a los poderes omnímodos”.

Nancy Villacís también recuerda a su padre en su humanidad, en su sencillez, su capacidad de sentir y su bondad, “más ahora que parece que la bondad está ausente”. Valores que le permitieron conservar la pureza en sus características artísticas y espirituales.

Un autorretrato, que data de 1950, muestra la intensidad de su pincelada, la riqueza expresiva del color y también el gesto de calma que avizora el bien, un gesto que ahora, en ausencia, acrecienta la pena de su partida.

“Fue el incentivo de valores humanos sobre todo la solidaridad y la bondad”.
Nancy Villacís
Hija del artista

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