10 de January de 2011 00:00

Arte colectivo, joven y efímero

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No era un ‘rave’, aunque hubiera podido serlo. Tampoco era una exposición de arte, si bien lo parecía. Era un experimento colectivo. Y se realizó el fin de semana durante 12 horas , de 15:00 a 03:00 (sábado a domingo), en la hacienda La Delicia, Conocoto.

‘La ilusión de los receptores sagrados. Instalación y arte’, así se titulaba el experimento o “el festivalito”, como prefirió bautizarlo Sergio Silva, también conocido como S2, quien forma parte del colectivo de artistas jóvenes que participaron de esta iniciativa.

En una enorme casa vacía, rodeada de jardines laberínticos que recuerdan a otra época, durante una semana Teo Monsalve, Suerte, Raro, Vasini y Boloh trabajaron su arte sin pretensiones. Todos aportando con materiales llevados de sus respectivas casas y estudios, y todos bajo una misma premisa: construir un ser.

De ahí que el paseo por la casa, completamente intervenida –le hubiese ido bien el nombre de Casa tomada, como el cuento de Cortázar, de no ser porque ese sábado en Quito había una exposición de arte urbano con ese mismo nombre–, se haya dividido en las cuatro dimensiones que los artistas decidieron darle a su ser: cuerpo, mente, espíritu, nada.



La fauna urbana –la mayoría muy joven– que circulaba por los cuatro espacios donde se desarrollaba cada uno de los conceptos completaba la escena en un colorido ‘happening’ involuntario; de alguna manera, aupados por la música, los espectadores se fundían con las obras.

Para llegar a la habitación donde estaba El Cuerpo, primero había que sortear el garaje rebosante del sonido que salía de dos enormes parlantes, y luego pasar un pasillo con monstruosas y fascinantes imágenes pintadas sobre papel y cartón. Solo entonces, Teo, quien estaba a cargo del concepto más terrenal, podía contar a quien quisiera escucharle que toda la obra montada ahí obedecía a una idea del cuerpo como dispositivo para entrar en el mundo; “Es lo inmediato, lo que te hace mover a través del tiempo y el espacio”, decía parado en la mitad de un cuarto en el cual pies y piernas estaban muy presentes.

Antes de llegar a la mente o al espíritu, el paso por La Nada era obligatorio. Un gato de cuatro ojos, con la leyenda ‘Nada de nada’ daba la bienvenida. Allí el concepto era de Suerte: “La nada es como un juego, entonces no pasa nada; y decidí que el espacio debía tener un alma femenina, porque la nada, ese no estar en ninguna parte, tiene que ver mucho con la condición femenina”.

De ese indeterminado lugar, que Suerte había saturado con papel y colores, como marco para su instalación ‘Ella es la nada’ (una mujer de cartón desparramada sobre los resortes de un somier), se pasaba a La Mente, con su ejército de diminutos bebés de plástico viendo televisión.

El Raro mandaba en La Mente, un espacio lleno de tubos delgaditos de PVC conectados entre sí –como una telaraña informe– que rodeaban una enorme caja de cartón. “Ver a la mente es imposible, lo que sí se puede ver es lo que está construido alrededor de la mente. La mente es una caja y los tubos de PVC son las ideas, son una construcción social de nuestro entorno y del sistema, por eso están fuera de la caja, porque adentro nadie sabe qué pasa”. ¿Y el televisor? “Es uno de los principales elementos que construyen el sistema. Por eso hay un ejército de bebés frente a la tele”.

Un piso más arriba estaba El Espíritu. Un tímido Boloh, a cargo del concepto, leía en voz alta una frase pintada en un cartón que sintetizaba su idea: “El nacimiento en la tierra no era más que la lógica consecuencia de la muerte en el más allá”. Así, entre una imagen imposible de reflejarse completa en los pedazos de un espejo roto, o unos pájaros de cartón suspendidos (“no están volando”) en medio de un árbol deconstruido (separado) se movía el espíritu.

Y ahí terminaba el paseo. Un experimento que solo debía durar 12 horas; arte joven y efímero: para disfrutar y, luego, desmontar.

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