6 de November de 2011 00:05

Dos apuestas poéticas

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Juan José Rodríguez, nació en Ambatoen 1979, es poeta, periodista y traductor. Autor de 'Los rastros'.

Hay pocos libros importantes en la poesía ecuatoriana reciente. En realidad, la poesía ecuatoriana en su conjunto consta de pocos libros importantes (no atendibles, respetables, interesantes, si no importantes). Me parece, por ejemplo, que el libro más importante de la década pasada es ‘Demonia Factory’, de Ernesto Carrión. Este libro goza de todos los atributos que un gran libro debe poseer: audacia y sentido de la experimentación, sensualidad, riqueza léxica, intimación y autocoherencia. Además, este libro enlaza dos territorios poéticos que no habían aparecido juntos antes: el neobarroco y la poesía épica de acento cósmico que viene de Pablo Rokha y alcanza su altura contemporánea en Raúl Zurita. Creo que no existe poética posible en este territorio que denominamos Ecuador que pueda ser ajena al problema que supone la interpelación trazada por ‘Demonia Factory’.

¿Qué queda entonces después de un jalón tan fuerte al organismo de nuestra reciente tradición poética? Como tras la aparición de Metallica aparecieron bandas como Slayer que añadían más velocidad a un núcleo musical básico, hay libros que desde estéticas próximas –procedentes en realidad, como ‘Demonia Factory’, del gran ‘Medusario’ de Kozer, Echavarren y Sefamí- construyen poéticas propias y de elevada singularidad. Quizás el libro que mejor ha logrado este propósito –ser nuestro Slayer- es ‘Cinco maneras de armar un travesti’, de César E. Carrión. Este libro dialoga de manera brillante con la modernidad, la ley y la ciencia (la ciencia aparece en Carrión de manera persistente y, tal como es abordada, resulta un asunto francamente novedoso en la poesía ecuatoriana). Dicho libro se propone a sí mismo como un ready-made que desconoce las nociones onanistas, ahistóricas, seudoinspiradas y falsamente epifánicas que suelen acompañar al concepto de poesía en estos lares abandonados por mi Dios (o sea el gran Eduardo Milán). Así, C. E. Carrión pone en evidencia aquello que ya sabíamos desde Giorgio de Chirico: somos un montaje, apasionado ciertamente, pero montaje al fin.

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