10 de June de 2010 00:00

Andrea Vela cumplió el sueño de dirigir a la Sinfónica

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Fernando Larenas.

El comienzo fue tenso, la obra de Shostakovich tampoco resultaba fácil, pero luego la Orquesta Sinfónica Nacional del Ecuador, (OSNE), bajo la batuta de Andrea Vela, se lució en su reencuentro con los escenarios tras cuatro meses inactiva.La Obertura sobre temas rusos y de Kirguistán, opus 115, de Dimitri Shostakovic (1906-1975) es compleja de ejecutar porque, desde el principio, tiene unos intensos fragmentos de ‘pizzicato’, (sonidos de los instrumentos de cuerda sin la ayuda del arco).

Prueba superada para el concertino Pawel Kopczynski y el chelista Daniel Khachatrian, dos de los por lo menos 10 rostros nuevos de la Orquesta.

“Shostakovich es un buen comienzo. A todo músico le encanta interpretarlo, más aún una obertura en que es tan arraigado el origen ruso del compositor. La obra es muy cercana a nosotros. Equivale a interpretar un pasillo estilizado o algo así”, anota la maestra Vela.

El teatro Gran Colombia de Ibarra estuvo repleto. La OSNE rindió un homenaje a los 100 años de labores de la Cruz Roja en Ecuador y 69 en la provincia de Imbabura.

La mayoría de los asistentes desconocía que el mayor referente de la música académica del país había sufrido la peor de sus crisis en medio siglo de vida.

A pesar de que el repertorio se preparó y repasó en apenas dos semanas, el papel de la Directora ecuatoriana fue novedoso, de gran versatilidad. Superada la tensión inicial con la pieza sinfónica del compositor ruso, el programa continuó con una gran obra del compositor Franz Liszt (1811-1886).

‘Les preludes’, el más popular de los poemas sinfónicos, comenzó cuando la orquesta había logrado un gran acoplamiento. Como violinista de la OSNE, Andrea Vela interpretó estos preludios cuando tenía 16 años. Fue dirigida entonces por el maestro Medardo Caisabanda.

“Liszt compuso 13 poemas sinfónicos. Los preludios son el tercero y pienso que su estructura formal es compleja. Va más allá del romanticismo, alejada del clasicismo y de la estructura cuadrada mozartiana. Rompe esquemas por todos lados”.

Como debe ser en un repertorio bien pensado, lo mejor estaba por llegar y, tras el intermedio musical, comenzó la obra de fondo, la novena sinfonía, más conocida como del Nuevo Mundo, del compositor checo Antonín Dvorák (1841-1904).

¿Por qué Andrea Vela escogió esta obra para dirigir a la OSNE? “Cuando Dvorák escribió esta sinfonía pensó en las raíces del pueblo estadounidense . Yo pensé en rescatar lo nuestro, a través del Nuevo Mundo. Pensé en una nueva orquesta”. Considera esta obra difícil de dirigir, pero siente que la entiende bien, pues desde niña se familiarizó con ella, por influencia de su padre.

Esta gran obra, escrita durante los tres años que Dvorák vivió en Estados Unidos, fue inspirada en melodías indígenas y danzas negras que fueron fundidas para convertirse en una de las mejores sinfonías del período clásico de la música.

El adagio con el que comienza la obra fue firme, de gran sincronización entre las cuerdas y los instrumentos de viento. Los más experimentados de la orquesta seguían atentos los gestos de la Directora.

El primer violín y el primer chelo tocaban con gran soltura. Pablo Reece, en la tercera fila de los chelos, se concentró solamente en la partitura. Los dos restantes movimientos (largo y ‘scherzo molto vivace’) transcurrieron impecables.

Era indudable que la apoteosis de la noche tenía que llegar con el cuarto movimiento (allegro con fuoco), el más épico y sonoro y en el cual, una vez más, se pudo apreciar la fortaleza de la percusión y lo afinado de los instrumentos de viento.

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