5 de May de 2012 00:04

La andadura del poeta de la ‘lleca’

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Dicen que tomaba un trozo de carbón o ladrillo y en la escalinata de la Catedral escribía la invitación para que la gente no huya de la poesía, sino para que la escuche en las palabras que borbotaban de su garganta. La tira de su morral marcaba una diagonal que cortaba su estampa blanca, de camisa y pantalón. Dentro del bolso cargaba los manuscritos o los poemas mecanografiados que vendía, porque de eso vivía, como el panadero del pan.

Héctor Cisneros (1946 – 1986) era el poeta de la calle, de la ‘lleca’ como lo recuerdan quienes siguen sintiendo su palabra viva. Era el que sabía hallar la emoción de cada rincón de Quito, como de cada esquina de su alma, para dar sentido y fuerza a su palabrería, para despertar conciencias y detonar sentires, como lo vuelve a hacer un documental que se presentó el jueves pasado.

Eran años de rebeldía y resistencia, había Beatles y hippies; se respiraban las décadas de los 60 y los 70. Los militares en el poder y las palizas de la autoridad no acallaban a los perseguidores de utopías, a los plazuelas que pasaron del juego con canicas a aventar poesías, como si fuesen molotov.

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Temprano, tras el austero café de la mañana, Héctor salía de su casa en la plazaVictoria y andaba hasta las faldas del Yavirac (el Panecillo); tomaba el sol, se ejercitaba y en la piscina de agua fría templaba el cuerpo, se disponía para la jornada. A las tres o las cuatro de la tarde llegaba a la Plaza Grande o a Santo Domingo o a la 24, para hacer que con su palabra respiren hasta las piedras.

Esto lo recuerda su hijo mayor, quien lleva el mismo nombre. Lo recuerda en un rincón de la derruida Casa del Obrero, emplazamiento abandonado al vaivén de las izquierdas, cerca de la Plaza del Teatro; pero sitio donde Héctor Cisneros, hijo, y Los Perros Calle…jeros guardan toda fotografía, vestuario, máscara y artilugio habido en sus 20 años de existencia.

El hijo cierra los ojos y vuelve a su infancia. Andaba durísimo, quemando suela, de arriba a abajo, de Guápulo al Centro, siempre con ellos. Ellos son su padre y sus compañeros de andadura, Bruno Pino y David Piñeiro, el ‘Tamuca’. Cuenta que paseaban por la 24 de Mayo; entonces, una feria de hojalateros, culebreros y adivinadores de suerte. Entre tanto color y aroma, se movían calle abajo y, ya metidos en plan creativo, hurtaban los grandes cirios de San Francisco y La Compañía, para, al ocaso, crear un ruedo de llamas, música, teatro, poesía: la fiesta.

“Eran ruptura popular y radical”, dice Héctor hijo. Por aquellos años, cuando hacía falta traje negro para entrar al Teatro Sucre, –continúa– ellos eran el conflicto de los Tzántzicos, que también eran ruptura, pero burguesa: una ruptura que cambió el café de la Casa de la Cultura por sainetes en el Café 77.

El poeta de la ‘lleca’ era de plaza y muro, también de bohemia y murcielagario; llegaba a los bares y en servilletas hacía versos a las prostitutas. Y desde esas caminatas y relaciones con la gente, diseccionaba a la ciudad para cantarle una poesía. Una poesía que ahora su hijo entona con el ritmo de los años y la intensidad de las certezas: “Desde las montañas que cobijan las nubes, de los blancos senos del sol, derramando los pasados a subidas y bajadas. Y escondiendo las heridas, con las yapas en las manos venimos. Un cortejo de angustias y de tumbas nos señala los caminos…”. Era esa ciudad que le abrió los sentidos desde la infancia, cuando arrastraba la ausencia de su padre, hasta refrescarse con los jugos que vendía su madre en la entrada del mercado San Francisco.

La poesía de Cisneros se corresponde a diferentes etapas, que podrían fecharse desde sus primeras publicaciones, cuando contaba 15 años, en las revistas y anuarios del Colegio Mejía.

Si bien, siempre lo marcó un importantísimo componente social; en un libro publicado por la Casa de la Cultura, en el 2005, se reconocen cinco caminos: los primeros años de poesía nihilistas y rebeldes; los poemas para niños; los textos de amor e intimidad; los escritos del lenguaje popular; y los que asumen lo cotidiano.

Pero su hijo empata las creaciones de Héctor con momentos de su vida. De joven –dice– estaba la necesidad de una ruptura loca; con el Bruno y el ‘Tamuca’ era la vida y bronca de la calle; cuando pagó cárcel, dos años en Colombia, eran reflexiones a manera de diario. Una vez domesticado por la sociedad y por la responsabilidad de ocho hijos que alimentar, Héctor se volcó al trabajo de pico y pala, a abrir caminos en selvas y montes; entonces era el poeta obrero, que tras la jornada laboral le cantaba a la naturaleza.

También se insertaban en su escritura las marcas que le dejó la lectura de sus preferidos, de Jorge Carrera Andrade y de César Dávila, del peruano Vallejo y del simbolista Arthur Rimbaud.

Ahora, esa 24 tan querida por Cisneros luce una piedra remozada y el Centro es monumento; pero a los ojos de Héctor, hijo, todavía hay una muralla de mendigos que se sostiene en la ciudad y aún quedan injusticias por saldar... Ante ello, la palabra contestataria, iracunda e intensa, la palabra viva del poeta de la ‘lleca’.

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