121 nuevas maneras de conocer a Eduardo Kingman

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Thalíe Ponce. Redactora

Entre 1930 y 1945 se dio en el país una ruptura en la literatura, con la aparición del realismo social. Este movimiento se dio no solo en las letras, sino también en las artes plásticas. Oswaldo Guayasamín, Diógenes Paredes, César Andrade Faíni, Bolívar Mena, son algunos de los referentes. Junto con ellos Eduardo Kingman, a quien estos días una exposición trae de vuelta.

Este año, se conmemoran los 101 años del natalicio del artista lojano, por lo cual el Núcleo Guayas de la Casa de la Cultura Ecuatoriana montó la exhibición 'El dibujo: una forma de pensar'. La muestra reúne 121 obras del artista que nunca antes habían sido expuestas al público. Se trata de una colección privada de bocetos rescatados por la familia del maestro. Son tan personales que, incluso, algunos de los dibujos fueron hechos en la parte posterior de hojas del seguro social.      

Estas obras no corresponden a una fecha específica y, por lo tanto, las temáticas son variadas y muestran cómo los motivos del autor cambiaron con el pasar de los años. Son piezas de todas las épocas de Kingman, que fueron a parar en cajones y -se supone- nunca serían expuestas. No solo por la personalidad "ermitaña" que algunos recuerdan del artista sino porque son bocetos.

Son el primer paso creativo antes de entrar a trabajar en las obras finales. Por eso, hay algunas que se parecen entre sí, como si Kingman hubiera buscado el trazo perfecto con el lápiz, antes de lanzarse a crear la pintura final.

Los bocetos fueron recopilados y coleccionados por la familia del fallecido pintor, sobre todo por su hija Soledad. Ella, luego de una conversación con el historiador José Carlos Arias, decidió sacarlas a la luz, como un homenaje a su padre, con un conjunto de obras que están recién enmarcadas, listas por primera vez para ser ad­miradas por el público.

Para Robin Echanique, director de la pinacoteca donde se presenta esta muestra, el legado de Kingman radica en su compromiso social. "Fue uno de los artistas más representativos del expresionismo social", asegura. Y dice, además, que dentro de su estilo era único.

Kingman es recordado por sus cuadros de protesta social, en los que denunciaba la explotación, sobre todo a los indígenas. Su obra, como la de los otros artistas del realismo social, fue de la mano con la literatura, con novelas como 'Huasipungo', de Jorge Icaza.

El historiador de arte y curador de la exposición, José Carlos Arias, dice -en el texto de la muestra- que los artistas de este movimiento tuvieron como inspiración a los muralistas mexicanos. "Los temas que representaban estaban cargados de un espíritu nacionalista que reflejaba la situación injusta de obreros y campesinos".

Pero el trabajo de Kingman no se centró únicamente en el indigenismo o la denuncia. Él interpretó en sus cuadros, sentimientos y emociones como la ternura, la esperanza, el amor, el dolor. En la muestra, que ­estará abierta hasta el 7 de mayo en Guayaquil, se evidencian estas temáticas a través de varias series: mendigos, portales, manos, desnudos, músicos, maternidades, indígenas, lavanderas, de vuelta a casa e incluso una religiosa.  

Soledad Kingman recuerda a su padre como un hombre introvertido, solitario como el nombre que le dio a ella. Asegura que, de diversas formas, él siempre tocó el aspecto humano en su obra y que su legado está en las temáticas únicas y su forma de retratar los rostros, los ojos, el ser andino.

Para ella, sí existe un cambio en los motivos que plasmaba su padre en sus cuadros. Asegura que de joven se inició en el movimiento indigenista, ligado al realismo social; lo recuerda en tertulias discutiendo sobre un mundo mejor. Luego, su trabajo giró en torno a otros temas más intimistas y universales a la vez, como la esperanza, el amor y la naturaleza.

El legado de este artista, para Echanique, es también la influencia que ejerció junto a otros de su época. Menciona que de esa escuela surgieron otros creadores de igual importancia para el arte ecuatoriano, como lo son Luis Miranda, Jaime Villa y Enrique Tábara.  

José Carlos Arias, en su texto, sugiere que Kingman fue un maestro de la mirada, más que un maestro de las manos, como algunos sugieren. Lo asegura por su discurso a través de las líneas, las exploraciones compositivas, la reproducción del espacio tridimensional… "Es su realismo escueto y duro -dice- el de los dibujos, él pinta lo que siente, desde principios morales y estéticos a la vez".

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