4 de diciembre del 2016 00:00

Cuba después de Fidel Castro

La urna con las cenizas de Fidel Castro, que recorrió 13 provincias, será enterrada hoy en Santiago de Cuba. Fotos: AFP

La urna con las cenizas de Fidel Castro, que recorrió 13 provincias, será enterrada hoy en Santiago de Cuba. Foto: AFP

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Eduardo Durán-Cousin*
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A inicios del siglo XXI, una década después del derrumbe de la Unión Soviética, aún estaban vigentes los consejos que en los noventa le llegaron a Fidel Castro, de intelectuales y políticos del mundo, en el sentido de que tras haber perdido el mercado con los países socialistas junto con la ayuda soviética y entrado en la peor crisis de escasez que se haya dado en el Hemisferio Occidental, una apertura era la única forma de volver eficiente a la anquilosada economía cubana, para restablecer el nivel de vida de su población mientras se ampliaban los derechos y libertades.

Representativo de todos ellos, el escritor de izquierda Eduardo Galeano aseguraría en rueda de prensa en La Habana, en 1998: “Hay que terminar con los dos bloqueos, el externo y el interno”. Sin embargo, Castro, que denunciaba el bloqueo de EE.UU. como la causa de todos los males que afectaban a su Revolución, se negó a terminar con su propio bloqueo.

Convertido en adalid internacional de la pureza del comunismo, representación con la que -por obra de su enorme ego- buscaba pasar a la historia; aún tras caer gravemente enfermo en el 2006, frenó, tanto cuanto pudo, ayudado por el liderazgo ortodoxo de la nomenclatura del partido, los insuficientes esfuerzos de reforma de su hermano Raúl, a cargo de la Presidencia del Estado y del Gobierno, manteniendo inamovible hasta su último día de vida, la versión de dominio totalitario del Estado de dictadura del Partido Comunista que copiara del modelo soviético de la era del inmovilismo.

La tozudez que deja un balance negativo

Tras los días de Fidel Castro, pese a los logros históricos en salud y educación, ahora en deterioro, y un desarrollo social importante para los antes relegados campesinos y habitantes pobres de las ciudades, y a pesar de una relación económica ventajosa con Venezuela que, a partir del 2002, dejó al régimen un ingreso neto anual que en determinados años llegó a los USD 13 000 millones, el resultado final para el pueblo cubano es dramático. Con un sueldo promedio para su población económicamente activa de USD 20 mensuales, una ausencia de oportunidades para los jóvenes y un estándar de vida de penuria, el país ha quedado muy lejos de lo que fuera en 1959, la tercera economía de América Latina, por su ingreso per cápita.

Reflejo de la parálisis que le afecta, más de 800 000 cubanos, la mayor parte jóvenes, abandonaron el país en los últimos 25 años, convirtiendo a Cuba, tras una progresiva caída de la natalidad, en el segundo país más envejecido de América Latina, con las severas consecuencias económicas que ello conlleva.

La urna con las cenizas de Fidel Castro, que recorrió 13 provincias, será enterrada hoy en Santiago de Cuba. Foto: AFP

La urna con las cenizas de Fidel Castro, que recorrió 13 provincias, será enterrada hoy en Santiago de Cuba. Foto: AFP

El futuro incierto

La muerte de Fidel Castro, la severa crisis que atraviesa Venezuela y el inicio de la Presidencia derechista de Donald Trump se unen para volver complejo el futuro de la isla. En ese entrecruce, un escenario posible puede ser que Raúl Castro, quien conservará la jefatura del Estado y del Gobierno hasta 2018 y su poder como Secretario Primero del Partido -la instancia política determinante en la dictadura cubana-, hasta 2021, podría al fin intentar, ya sin la mirada reprobatoria de Fidel, aunque manteniendo la represión inmisericorde a toda forma de disidencia, romper el inmovilismo en que Cuba ha caído, ampliando las reformas aprobadas en el 2011 y quizá, si la nomenclatura ortodoxa no sabotea su intento, buscar cierto acercamiento a los exitosos modelos vietnamita y chino, caracterizados por haber dado espacio a la iniciativa empresarial privada y otorgado un derecho de usufructo de por vida a los pequeños campesinos productores, políticas que en esos países determinaron un inmediato despegue económico.

De todas maneras, cualquiera sea el modelo que intente adoptar, luce lógico que Raúl Castro, hombre caracterizado por ser pragmático y buen administrador -desde el inicio de la Revolución volvió a las FF.AA. la institución más competente del país- intentará volver eficiente al aparato productivo como fundamento tanto para garantizar la continuidad del régimen comunista, como para mantener las riendas del poder cercanas a gente de su confianza e incluso de su propia familia. Si de esto último se trata, se advierte que dos de sus hijos, Mariela Castro Espín, defensora de los derechos de los Glbti, y el coronel Alejandro Castro, como coordinador de Inteligencia de las Fuerzas Armadas y el Ministerio del Interior, han adquirido una importante proyección pública.

En el caso de Alejandro Castro, ubicado como jefe de ese departamento clave, considerando las necesidades represivas del régimen, puede ser el puntal si los Castro optan por el poco probable modelo de la familia Kim, de Corea del Norte, de mantener una sucesión dinástica.

La familia Castro tiene también en la primera línea de la administración al exyerno de Raúl, el general Luis Alberto Rodríguez López Callejas, como presidente ejecutivo del Grupo Empresarial de las FF.AA., un pulpo que absorbe todas las empresas rentables, en un medio caracterizado por la incidencia exagerada de los militares en la administración económica del país.

Fuera de la familia Castro está el vicepresidente del Consejo de Estado y de Ministros, Miguel Díaz Canel, tecnócrata nacido tras el triunfo de la Revolución, quien, aunque pudiera desatarse en el futuro una competencia por ganar el primer puesto en la conducción del Estado-Partido, ha estado por muchos años considerado como el más opcionado para suceder a Raúl Castro. Sin embargo, aunque Díaz Canel es miembro destacado del poderoso Buró Político del Partido, los analistas opinan que son los hombres fuertes vinculados al aparato militar los que pueden al final tener una incidencia importante, pues al nombrar a su hermano Raúl, su eterno ministro de las FF.AA., como su sucesor, Fidel determinó que el destino de Cuba descanse fuertemente en los militares. En este caso, Alejandro Castro Espín, Luis Alberto López Callejas y el viceministro de Defensa, Álvaro López, pueden tener mucho que decir, en especial si es Raúl quien designa a su sucesor.

Fidel y Raúl Castro coincidieron en la idea, como en su tiempo el dictador español Francisco Franco, de dejar su régimen político “atado y bien atado”; sin embargo, la historia demuestra que las instituciones totalitarias en países con un importante desarrollo social en el más amplio sentido, no resisten el ventarrón de la democracia y la economía de libre empresa. La dictadura franquista, después de Franco, se descompuso en unos años.

¿Cuánto le tomará a la dictadura castrista después de los hermanos Castro? Solo el futuro lo determinará.

* Diplomático y analista de temas internacionales. Fue cónsul del Ecuador en La Habana y es autor de los libros ‘Cuba: la hora de la verdad’ (1996) y ‘Comunismo. Historia de un Sistema Político’ (2004).

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