Las urbes deben ser singulares

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Víctor Vizuete E. Editor vvizuete@elcomercio.com

Es una de las paradojas contemporáneas: aunque vivimos en la globalización, las ciudades tienen que especializarse para trascender.

Esta aldea global, como definía al mundo Marshall Mcluhan, exige que las metrópolis se definan para que puedan acomodarse como producto.

Como sintetizaron urbanistas como Teodor Adorno, Mark Horkheimer o George Ritzer, las urbes actuales forman parte de la industria del consumo, tanto cultural como geopolítico o turístico. Y cada una debe cumplir su rol de la mejor manera para no quedarse rezagada y... olvidada.

Esta orientación urbanística no es nueva. Ya en 1960, Lucio Costa y Óscar Niemeyer diseñaron Brasilia con un fin concreto: convertirla en un eje administrativo. Y es un ejemplo de funcionalismo urbano donde -otra paradoja- la esquematización es, talvez, muy rígida.

Pero la capital brasileña no es un lunar. Cada ciudad busca que le valoren por algo en particular. Hay museísticas pero dinámicas, como Londres, París o Helsinki; o solo museísticas, como Venecia o Florencia; o dormidas en su pasado, como la gala Carcasona o la estona Tallin.

Hay algunas que se decidieron embarcarse en la coyuntura y se volvieron reductos de las artes, como Valencia o Barcelona; o cosmopolitas y mundanas, como Nueva York o Buenos Aires.

Quito es una urbe con un patrimonio edificado invalorable, con el -todavía- Centro Histórico mejor conservado de Sudamérica. Y se encarrila a convertirse en un destino turístico triple A.

No obstante, no hay que perder la proporción y, por convertirla en oro turístico, se descuide la vivienda; el principal vector para que un Centro Histórico no se convierta en un frío museo... Sin vida.

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