7 de octubre de 2016 00:00

Las bodas indígenas fusionan rituales mestizos y andinos

Los familiares participan en el matrimonio de Toa Sayay y Milton Valente (foto der.), que se celebró con rituales andinos y evangélicos.

Los familiares participan en el matrimonio de Toa Sayay y Milton Valente (foto der.), que se celebró con rituales andinos y evangélicos. Foto: Cortesía Roberto Pilamunga

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Cristina Márquez
Redactora
(F-Contenido Intercultural)

Cuando Toa Sayay ingresó a la capilla evangélica de Colta, luciendo un vestido de novia que fusionó lo andino y lo moderno, su esposo Milton Valente no pudo contener las lágrimas. Su boda incluyó rituales ancestrales de la cosmovisión andina y de otras costumbres religiosas contemporáneas.

Las bodas de este estilo son acogidas por la nueva generación de jóvenes indígenas que contraen matrimonio. Ellos buscan preservar las tradiciones que les heredaron sus abuelos y acoplarlas a las costumbres religiosas que surgieron con el mestizaje.

Los rituales, como el japitukuy (una especie de declaración pública de amor) y el chapuy (un juego previo a la boda) se conservan, pero se fusionaron con otras costumbres mestizas como la fiesta de pedida de mano. “Supimos que íbamos a casarnos desde nuestro primer año de noviazgo. Nuestras familias son cristianas y nos dijeron que la meta de un noviazgo cristiano es el matrimonio”, cuenta Valente.

Ellos se conocieron hace seis años, cuando cursaban sus estudios secundarios en colegios de Riobamba. Milton la miró en el bus y la persiguió hasta su casa, meses después formalizaron su relación e involucraron a sus familias.

En antaño, en las comunidades indígenas el enamoramiento ocurría de forma diferente. Los jóvenes aprovechaban las mingas en el campo para expresar su simpatía por una mujer y no se permitía el contacto directo entre hombres y mujeres solteras.

Los chicos lanzaban pequeñas piedras o semillas a la joven que les atraía y buscaban hacerla reír. Si ella aceptaba sostener su poncho en la jornada de trabajo en el campo, la comunidad sabía que ambos estaban enamorados y en la noche los más ancianos
visi­taban a los padres de la novia.

Entonces se iniciaba el japitukuy. El novio y sus padres tenían que visitar la casa de la novia y convencer a sus familiares de sus cualidades y talentos para que le permitieran casarse con su hija. El convenio se formalizaba cuando el padre de la novia aceptaba un regalo del novio o una copa de licor.

“Una boda duraba al menos cinco días de festejos y estaba llena de rituales y juegos que los novios compartían con la comunidad. Pero esa celebración ha desaparecido y actualmente se ve con poca frecuencia”, dice José Parco, investigador de la cultura Puruhá.

En el japitukuy que Milton ofreció a los padres de Toa, intervinieron ministros evangélicos y se realizó con una variación del ritual ancestral. No se consumió licor y el novio expresó sus sentimientos ante los padres y familiares de su futura esposa. Luego se hizo la fiesta de pedida de mano.

Cuando los padres de la novia aceptaron, repartieron un banquete ofrecido por el novio a todas las familias que les acompañaron durante el rito. Esto es equivalente a una invitación formal a la boda.

“Quisimos conservar nuestras tradiciones originarias porque es parte de nuestra identidad y no queremos perderlas. Pero también seguimos las tradiciones de nuestra religión, que representan la parte espiritual del festejo y nuestra unión ante Dios es lo más importante para edificar nuestra familia”, dice Sayay.

Ambos jóvenes planificaron la ceremonia con tres años y cuidaron cada detalle. Invirtieron USD 25 000 en los preparativos, en el vestuario y en las celebraciones previas. Un día antes de la boda, por ejemplo, se realizó el chapuy, un juego preparado por el novio y familiares, que consiste en preparar un banquete con platos típicos, donde la estrella es la máchica. El novio tiene que preparar chapo y compartirlo con todos los asistentes.

Otro aspecto que aún se conserva es la participación de los abuelos en las ceremonias y rituales previos. Ellos, por ser los más ancianos de la familia, tienen la responsabilidad de aconsejar a los novios y ayudarles con su vestimenta.

Blanca Yuquilema, la abuela de Toa, ayudó con su vestido. Antes de ingresar a la iglesia le dio consejos sobre cómo ser
una buena esposa. Manuel Morocho, abuelo del novio, le entregó los anillos y le habló sobre su nueva responsabilidad.

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