4 de septiembre de 2015 00:00

Jóvenes se unen por el bienestar de niños, de ancianos y del ambiente

Los miembros del Club Leo Quito Los Andes confeccionan las máscaras que utilizan en las actividades dirigidas a niños. Foto: Vicente Costales/ EL COMERCIO.

Los miembros del Club Leo Quito Los Andes confeccionan las máscaras que utilizan en las actividades dirigidas a niños. Foto: Vicente Costales/ EL COMERCIO.

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Isabel Alarcón
Redactora (I)

Madrugar todos los sábados para dedicar su tiempo a jugar con niños, conversar con ancianos o recaudar fondos para sus obras, no es un sacrificio para estos jóvenes. Aunque destinar su fin de semana para descansar puede ser tentador, deciden continuar con las actividades que les reafirman en su vocación.

Así lo explica María José Escarcellé, presidenta del Club Leo Quito Los Andes, quien forma parte del grupo desde hace dos años. Invitada por una amiga, decidió integrarse a las reuniones semanales. Desde el primer momento le interesó la idea de realizar ayuda social y, junto a sus compañeros, se enfocan en acciones a favor de niños, adultos mayores y en desarrollar proyectos para el cuidado del medioambiente.

El comedor Del Buen Pastor, ubicado en el barrio La Roldós, en Quito, es uno de los sitios que apadrinan. Cada sábado, comparten anécdotas y risas junto a “las abuelitas y abuelitos”, ya que lo más importante para los voluntarios es que con su presencia los ancianos se olviden de sus problemas y sepan que tienen personas que están allí para escucharlos.

El grupo se encarga de conseguir donaciones de comida, ropa o libros para vender y recaudar fondos para las actividades en el comedor. En ocasiones especiales como el Día de la Madre, llevan su guitarra y juntos cantan y recitan poemas. En el último agasajo, cuenta Escarcellé, los llevaron a una academia de belleza para que pinten sus uñas, les cepillen el pelo y “los pongan guapos”.

Vanessa Andrade, voluntaria desde hace ocho años, todavía se llena de emoción al recordar la ocasión en la que los miembros del comedor fueron quienes idearon un evento para agasajarlos a ellos. A pesar de que no tienen recursos económicos preparan su comida con los productos que les regalan en los mercados, buscaron la forma de conseguir dinero y recibieron a los jóvenes con una placa y un almuerzo de agradecimiento.

Estas acciones son las que los motivan a seguir con su labor y les demuestran que con pequeños sacrificios, pueden alegrar la vida de otros.

El abrazo del abuelito, su bendición al despedirse y el pedido de que vuelvan pronto, son señales de que lo que están haciendo es lo correcto, cuenta Gisella Andrade. Desde hace ocho años se integró al club, invitada por una amiga de su colegio. Admite que, aunque es un estilo de vida sacrificado, ha aprendido a ser más consciente de los problemas de la sociedad y a valorar lo que tiene.

Una de las principales actividades de los voluntarios es la venta de ropa en el mercado de La Ofelia. Los jóvenes piden donaciones de prendas y las venden a USD 1. Así, ayudan a quienes no tienen recursos para comprar ropa nueva y al mismo tiempo, financian sus obras. También recolectan libros y útiles para entregar mochilas escolares a las fundaciones de niños y donan juguetes para sus salas de juegos y bibliotecas.

En Navidad prepararan actividades especiales como títeres y máscaras para los niños. Mauricio Trujillo, quien forma parte del grupo desde hace 12 años, recuerda la alegría que expresó uno de los menores al verlo disfrazado de Papá Noel. Por el Día del Niño preparan obras de teatro y se disfrazan de princesas y dragones, con vestimenta que confeccionan en sus reuniones semanales.

Además de la satisfacción de hacer algo por los demás, la elaboración de estos proyectos les permite desarrollar sus habilidades de liderazgo y de trabajo en grupo. Cada uno va descubriendo sus destrezas y, en base a eso, se les asigna una función. Stephanie Murillo, por ejemplo, es la secretaria del Club. Durante las reuniones se encarga de ayudar en la planificación de las actividades y juntos buscan las formas de seguir mejorando. También, organizan encuentros con otros grupos para intercambiar experiencias y propuestas.

Lo que más necesita son manos jóvenes que tengan la predisposición para ayudar, explica Escarcellé. El grupo está formado por voluntarios de 18 a 30, para quienes desean ayudar y no están dentro de este rango de edad, existe otro club de adultos, o pueden aportar a través de las donaciones.

Lo más gratificante para estos voluntarios es haber encontrado no solo un grupo de amigos, sino una familia con un mismo fin que es el bienestar de los más necesitados.

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