13 de junio de 2014 20:40

La ciudad vista por personajes sin movimiento

Fotos: diego pallero, julio estrella Y paúl rivas/ EL COMERCIO


Alex Rocha, del grupo Estatuas Ecuador, interpreta a un llamativo poeta. Foto: Diego Pallero/ EL COMERCIO

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Andrés García. Redactor

Permanecen inmóviles, pero todo el mundo los ve. Sus atuendos y su lenguaje corporal irrumpen fácilmente en la monotonía citadina. Su sola presencia es ya una ruptura a la formalidad y a esa mirada horizontal desde la que, la mayoría de veces, se impone la percepción del mundo.

Son estatuas humanas, artistas del disfraz, amantes del camuflaje urbano que se ganan la vida con las emociones que producen en la gente.

Estos personajes, paulatinamente, se han integrado a la cotidianidad de la urbe y desde sus respectivos espacios captan una visión más íntima y retrospectiva de la llamada ‘jungla de cemento’.

Fue precisamente gracias a una búsqueda de sentimientos internos que Álex Rocha, uno de los fundadores de Estatuas Ecuador, decidió abandonar sus estudios de Ingeniería Mecánica para -como él dice- “aprender a vivir el instante”.

Paradójicamente, luego de dejar el sistema educativo formal, Álex recuperó el ingenio que pareció haber perdido con los años.

Ruth de la Torre da vida a una dama colonial y también a Manuela Sáenz. Foto: Diego Pallero/ EL COMERCIO

Ruth de la Torre da vida a una dama colonial y también a Manuela Sáenz. Foto: Diego Pallero/ EL COMERCIO

Fue entonces que, en su natal Baños de Agua Santa, ideó técnicas y métodos para dar vida a personajes que nacen en su imaginación y luego se cristalizan en esquinas, bulevares y centros comerciales. A decir de Rocha, uno de sus objetivos es sacar el arte de los museos para que la gente tenga un contacto más cercano con estas manifestaciones, pero directamente en las calles.

A lo largo de tres años, en el grupo se configuraron personajes tan diversos como un poeta romántico, una geisha, un hada, Manuela Sáenz y hasta el dios griego Poseidón.

Cada uno supone una representación especial y abre la opción de tener una conexión distinta con el público.

La gárgola de La Ronda, interpretada por Alexander Albarracín, llama la atención de los visitantes por las luces en su rostro y los sonidos que emite. Foto: Julio Estrella/ EL COMERCIO

La gárgola de La Ronda, interpretada por Alexander Albarracín, llama la atención de los visitantes por las luces en su rostro y los sonidos que emite. Foto: Julio Estrella/ EL COMERCIO

Así lo ha notado Ruth de la Torre, de 45 años, auxiliar de Enfermería de profesión pero estatua humana por vocación.

Cada domingo, ella da vida a una dama colonial en los programas de peatonalización del Centro Histórico. Asegura que estar de pie entre cuatro y seis horas demanda una concentración superlativa. “A veces recibimos halagos y la gente nos muestra su colaboración”. Aseguró que en un buen día puede percibir hasta USD 50.

Este tipo de actuación tuvo su apogeo en Europa, principalmente en la Rambla de Barcelona. En los últimos 20 años estas representaciones migraron del Viejo Continente y ganaron adeptos en América Latina.

Alexander Albarracín, colombiano de nacimiento pero residente en el país desde hace 13 años, dio fe de aquello.

Él pertenece al grupo de teatro Sin Fronteras y añadió una variante tecnológica a su ‘performance’. Los fines de semana, Alexander utiliza un traje de gárgola, con luces y también emite sonidos. La idea es llamar la atención de quienes visitan la calle La Ronda.

Pero si de innovación se trata, los hermanos Wilson y Édison Guerrero merecen una mención especial. Lo que se inició como un ‘hobby’, propio de las festividades de fin de año, se convirtió en la forma de vida y sustento de estos emprendedores, moradores de Solanda.

Ellos construyen trajes con fibra de vidrio basados en personajes de películas de Hollywood. Depredador, Iron Man, Optimus Prime, son solo algunos de los superhéroes que cobran vida en las calles.

Depredador, una de las creaciones de los hermanos Wilson y Édison Guerrero. Foto: Eduardo Terán/ EL COMERCIO

Depredador, una de las creaciones de los hermanos Wilson y Édison Guerrero. Foto: Eduardo Terán/ EL COMERCIO

El realismo de los trajes da un aire ‘cinematográfico’ a quienes deciden capturar una ­fotografía personalizada. Según Édison, sentir el cariño de los niños y arrancarles una sonrisa es una satisfacción que todavía no tiene precio. Generalmente, permanecen los domingos en la calle García Moreno, en el Centro Histórico.

Así, entre monedas, flashes y miradas inconclusas, estos nuevos personajes son testigos privilegiados del trajín urbano.

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