5 de junio de 2014 18:44

Reconstruir vidas no es tan simple en ‘Blue Jasmine’

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Flavio Paredes Cruz. Editor
paredesf@elcomercio.com


El cineasta, director, guionista y actor nació el 1 de diciembre de 1935 en Brooklyn, Nueva York.

Su nombre es toda una marca en la industria, con más de 50 títulos en su filmografía, y es también parte constitutiva de la cultura contemporánea. Suyos son los clásicos ‘Annie Hall’, ‘Manhattan’, ‘Zelig’, ‘Delitos y faltas’...

Ha habido una tendencia –u obsesión-, entre las producciones de Hollywood, de retratar en el cine la reconstrucción de vidas de personajes propios de una clase media que intenta subsistir en el mundo contemporáneo; relatos sobre personajes dispuestos a reinventarse mediante máscaras o procesos internos. Ahora, Woody Allen, en ‘Blue Jasmine’, tuerce la mirada sobre esos personajes y su búsqueda de oportunidades.

Jasmine, tras perder una vida de lujos conseguida por la recreación de una falsa personalidad, aterriza en el departamento de su ‘hermana’, en busca de una nueva vida; pero su esnobismo choca con los espacios de la clase trabajadora. Mientras, con episodios de ansiedad, recuerda el sueño que fue su pasado, la mentira sigue como el camino para acomodarse a su nueva situación. 
 La reconstrucción existencial de Jasmine –antes Jeannette- se hace de superficialidad y se aferra a la impostura.

Esta mujer al borde, con la ansiedad como modo de vida y en su intento de seguir adelante, sirve para ilustrar aquello de que quien no aprende de sus errores, vive solamente para repetirlos. Tan hundida está en su ilusión, que el advenimiento de la crisis quiebra por completo cualquier índice de equilibrio; en ese sentido, la historia desciende por el costado de la tragedia. Incluso, cuando la redención está cerca, el destino que se ha forjado se muestra aún más insalvable.
Las alucinaciones del personaje de Cate Blanchett se corresponden con sus maneras de comportarse en espacios extraños a su actitud de ‘socialité’; pero el personaje está tan bien delineado que hace de esas ilusiones algo tan real que desemboca en el temor a la locura… Jasmine recuerda mucho a la Blanche DuBois de Vivian Leigh en ‘Un tranvía llamado deseo’, con la belleza y elegancia de una mujer arruinada por dentro. 
La presencia de Blanchett se expresa física, vocal y emocionalmente, es una interpretación de genial hechura y evidente en los monólogos esquizoides que irrumpen en la narrativa del filme; así como irrumpe también el entrelazamiento de escenas del pasado y del presente, entre el privilegio y la decadencia.

El contraste está aupado por las diferencias entre Nueva York y San Francisco, las ciudades que Allen ha colocado como antípodas, y que ha logrado exponer con las texturas y colores de la fotografía. 
Asimismo, se ha trazado un contrapunto interpretativo entre Blanchett y Sally Hawkins (Ginger), ambas bien respaldadas por el resto del elenco.
‘Blue Jasmine’ ha sido también un pinchazo en el universo narrativo usual de Woody Allen, además de una puerta de escape a sus últimos filmes con Europa como espacio para la dramaturgia. De la misma forma, la mirada irónica de Allen sobre la vida de sus personajes ha cedido, esta vez, ante la crueldad con que los retrata.

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