6 de mayo de 2016 00:00

La maldad también es un acto de fe

Anya Taylor-Joy es la actriz que interpreta a Thomasin, una joven que es acusada de brujería por su propia familia. FOTOS: IMDB

Anya Taylor-Joy es la actriz que interpreta a Thomasin, una joven que es acusada de brujería por su propia familia. Foto: IMDb

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Fernando Criollo  
Redactor (I)
fcriollo@elcomercio.com

Basada en una serie de relatos del siglo XVII, el estadounidense Robert Eggers debuta en la dirección con ‘La bruja’, una interesante combinación entre la superstición y la tragedia humana que llega a las salas de cine este fin de semana.

La historia transcurre en la América de mediados del siglo XVII, un territorio en vías de colonización que para muchos significaba la esperanza de un futuro más próspero y para otros, sin embargo, era el único destino al que podían escapar de su propio pasado.

William, Katherine y sus cinco hijos se instalan en una granja cerca de un espeso bosque donde quieren empezar una nueva vida. En ese entorno, las relaciones familiares se sustentan sobre la base de una férrea doctrina cristiana.

Mientras el patriarca se dedica a la caza y a la agricultura, la madre se encarga de la casa y la crianza de sus hijos, quienes entre juegos y travesuras colaboran con las tareas del hogar.

Una pacífica cotidianidad que pierde el equilibrio cuando la familia se enfrenta a una cadena de sucesos fatales que aparentemente se derivan de una poderosa y oscura fuerza que acecha en el cercano bosque y que en cierto momento utiliza a algunos miembros de la familia como instrumento.

Ese misterioso personaje que habita en las entrañas del bosque enfrenta el realismo de la historia a una dimensión fantástica que propone un reto de interpretaciones al espectador.

Aunque el argumento sobre la eterna lucha entre el bien y el mal parece ser un recurso fácil para un director debutante, Eggers toma una considerable distancia del terror superficial construido a golpe de efecto sonoro y acto violento.

Hay miedos más profundos que el extraño sonido detrás de la puerta o el sospechoso juego de sombras que se desarrolla en la oscuridad de la noche. En lugar de abusar de esos recursos, el director dispone inteligentemente de elementos como la luz, que evoca los dramáticos claroscuros de Caravaggio.

Pero, además del impacto visual, hay horrores que se gestan en la perversidad de la mente y del espíritu humano. El elenco termina de apuntalar una historia que requiere de una expresividad versátil pero también de una transformación interna que apunte hacia la desesperación y el quebranto espiritual.

Una propuesta visual e interpretativa que traslada la historia al territorio de una complejidad psicológica que pone sobre el tablero las relaciones de poder, la moral, el deseo y la fe, en el marco de una perturbadora atmósfera que evoluciona lenta pero efectivamente.

Una historia de hechos sobrenaturales donde el miedo abandona la superficialidad para ahondar en lo psicológico, en un contexto histórico real a través de personajes que se antojan verdaderos y protagonistas de un pasado posible.

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