21 de mayo de 2017 00:00

Chris Cornell: un agujero negro en el sol

Esta foto del archivo tomada el 20 de enero de 2017 muestra al cantante Chris Cornell que se realiza en los Prophets of Rage, en Los Ángeles, California. Foto: AFP

Chris Cornell, en el concierto que dio el 20 de enero de este año en Los Ángeles, EE.UU. Foto: AFP

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Juan Fernando Andrade*
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Su cuerpo aún está tibio y el nuestro todavía bajón, down. Hemos aceptado lo que pasó, pero aceptar o entender o reconocer ciertas cosas no significa que podamos procesarlas y seguir adelante como si nada. Al contrario. Estas cosas que nos pasan y nos traspasan a veces pesan demasiado. El pasado jueves por la mañana, cuando la noticia empezó a leerse y compartirse para primero no creerse y luego tener que masticarse y tragarse a la fuerza, como un remedio o un veneno, tuvimos que parar un momento, tomar aire, sacudir la cabeza y preguntar, de nuevo, ¿Qué? Unas horas antes, tras un concierto con su banda Soundgarden en Detroit, el cantante Chris Cornell fue encontrado sin vida en el baño de su habitación en el Hotel-Casino MGM Grand. Los primeros reportes, a la espera de la autopsia, sólo se atrevían a soltar un detalle: tenía “algo” alrededor del cuello. O sea: Cornell no sólo estaba muerto sino que se había ahorcado. Se mató.

Pienso en una línea de Can’t Change Me (No puedes cambiarme), su primer sencillo como solista. La línea dice: “Y de repente puedo ver todo lo que está mal conmigo/ pero qué puedo hacer/ soy lo único que realmente tengo”. Pienso en Cornell mirando por última vez su reflejo en el espejo del baño. Decidido. Ido.

El duelo, público y privado, empezó enseguida y la palabra que más se repetía entre los mensajes era gracias. Obvio, comprensible, lógico. Sumando sus días como vocalista de Soundgarden y Audioslave, más lo que hizo solo o más bien por su cuenta y a su manera, Cornell mantuvo -no siempre en alto, es cierto, pero siempre- una carrera que pasaba de los treinta años. Toda una generación creció con él y seguro hubo mucha gente que sólo se atrevió a crecer después de escucharlo cantar y gritar más allá de lo imposible. Esa gente le decía eso: gracias. Y unos cuantos fueron más allá: gracias por salvarme la vida. Puede sonar exagerado y hasta exhibicionista o aprovechado, pero ni tanto. Hay estaciones en la vida que solo pueden cruzarse y conquistarse con música sonando todo el tiempo y sonando muy duro; hay momentos extremos que uno solo puede entender y recuperar mucho después, escuchando esa música otra vez y desde el principio.

Varios músicos de aquí y de todas partes empezaron a subir videos en los que tocaban canciones de alguna etapa Cornell. Y sí, esto parte del mal gusto y puede llegar fácilmente al ridículo, pero también lleva una carga sentimental que era preciso descargar. Entre los músicos que se grabaron frente a la compu o escribieron prólogos a sus videos, la palabra que más se repetía también era gracias, pero con una aclaración justa y necesaria. En varios casos, como si se hubiesen puesto de acuerdo, el discurso de los músicos era unánime e inapelable, una especie de gracias por haberme mostrado nuevos caminos dentro de mi propia música. ¿No es esto lo mejor que puede decirle un artista a otro?, ¿gracias por decirme que podía irme más lejos? Cornell, sobre todo como cantante, pero no menos como compositor y guitarrista, abrió puertas que otros ni siquiera sabían que existían y que ahora son zonas claramente delimitadas por las que hay que pasar.

Soundgarden, la puerta por donde muchos entramos a Cornell, partió a finales de los 80 como un sonido pesado, espeso, pariente cercano del metal, pero a comienzos de la década siguiente -aquellos fabulosos 90- se estableció como algo puro y único. Yo estuve ahí y me consta: en los conciertos donde las bandas de adolescentes tocaban covers gruncheros, nadie o casi nadie tocaba temas de Soundgarden simplemente porque no se podía, nadie podía tocar así (reverencia especial al baterista Matt Cameron) ni mucho menos cantar como Chris Cornell. Soundgarden puede traducirse como el Led Zeppelin de su tiempo: un logro del sentimiento y la poesía rock, una hazaña intelectual y atlética, el lugar donde cerebro y corazón y manos y pies y garganta funcionan de verdad como una sola criatura.

En I Am The Highway (Yo soy la carretera), una de las canciones que Cornell grabó con la banda Audiosalve, ya en este siglo, se escuchan estas palabras entrando al coro: “He puesto un millón de millas debajo de mis talones/ Aún así me siento demasiado cerca de ti/ No soy tus ruedas/ Soy la carretera/ No soy tu alfombra voladora/ Soy el cielo”. Hubiese sido más sencillo ser la palanca de cambios o una nube que cambia de forma con el viento. En los días siguientes a su muerte, aparecieron claves que podrían soportar la tesis de un suicidio incluso prolongado: batallas de ida y vuelta con una depresión que Cornell traía consigo desde los años de su adolescencia y de la que adoleció gran parte de la música que hizo: una carretera que ha demostrado ser capaz de resistir cualquier peso, menos el propio, que siempre es demasiado. Depresión, tristeza y rabia: no son malos lugares para una voz como la suya, quizá hasta sean los correctos. La carretera que nos ha traído hasta aquí pasa ahora a ser el largo aullido de una de las mejores voces de su generación.

Chris Cornell mirándose en el espejo del baño de una habitación de hotel después de un concierto. Pienso en una esquina de la canción Black Hole Sun, un clásico fuera de toda norma, que podría empezar a sonar aquí y ahora. “Colgar mi cabeza/ Hundir mi miedo/ Hasta que todos ustedes desaparezcan”. Y ya. Eso fue. Eso fuimos. Desaparecimos. Nosotros lo seguiremos viendo y escuchando pero él ya no a nosotros porque hoy las cosas solo pueden estar en el lugar en el que están y ser como son.

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