14 de enero de 2018 00:00

Chimborazo: Un tesoro comunitario de polylepis

El bosque está situado en la Reserva de Producción de Fauna Chimborazo. Foto: Glenda Giacometti / EL COMERCIO

El bosque está situado en la Reserva de Producción de Fauna Chimborazo. Foto: Glenda Giacometti / EL COMERCIO

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Cristina Márquez
Cristina Márquez. Redactora
(F – Contenido Intercultural)

Los 217 árboles de polylepis que crecen en una pendiente pronunciada, en el interior de la Reserva de Producción de Fauna Chimborazo, son el tesoro de 13 comunidades indígenas asentadas en los alrededores de esa zona. El polylepis, conocido por los nativos como yagual, es una de las plantas sagradas, según la cosmovisión andina, y representa una conexión especial con la Pachamama.

Algunos de los árboles son centenarios. Su forma peculiar se debe a que crecen en la parte posterior de un cerro. Se trata de una superficie de cuatro hectáreas que está sobre los 4 300 metros de altura.

Desde la cima se puede mirar Guaranda y un amplio valle volcánico lleno de piedras gigantes que posiblemente están allí desde la última erupción del Chimborazo, hace unos 4 500 años. Hay senderos que conducen hasta la parte más alta de la montaña y son frecuentados por turistas y fotógrafos que llegan atraídos por este paisaje.

El bosque está ubicado a unos 20 minutos de un desvío situado en el kilómetro 29 de la vía Guaranda – Riobamba, justo frente al ingreso principal al refugio en el lado noroeste de la Reserva. Se puede recorrer en auto por al menos unos cuatro kilómetros, pero luego hay que emprender una caminata para llegar hasta el bosque.

“Cada minuto de recorrido vale la pena”, dice Franz Heck, un turista polaco que visitó la Reserva la semana pasada. Es que la caminata no es sencilla y demanda de mucho esfuerzo, pero en el trayecto se pueden apreciar hermosos parajes.

Además, hay pastizales altos y almohadillas que albergan una gran diversidad de vida silvestre. Hay vicuñas, lobos, conejos, aves y, con un poco de suerte, también se pueden mirar venados. Esas especies están protegidas por el Ministerio del Ambiente.

El bosque es uno de los atractivos turísticos más promocionados en Chimborazo debido a su singularidad. Los árboles resaltan en medio de un gran desierto volcánico.

En ese tramo de la reserva se pueden mirar diferentes tipos de suelos, rocosos, arcillosos y la mayoría arenosos, pero los yaguales son una pequeña porción de vida en medio del paisaje desértico.
“Este lugar tiene una energía muy especial. Aquí se puede percibir la vida en su estado puro, y una conexión espiritual con nuestro dador de vida única”, opina Pedro Toapanta, uno de los moradores más ancianos de la zona. Por eso, para los habitantes de las 13 comunidades indígenas que viven en la zona, especialmente para la gente de la comunidad Pulinguí, es un tesoro que requiere de un cuidado especial.

“Nos pertenece a todos. Nunca permitiremos que se pierda, siempre estamos atentos cuando llegan los turistas. Cuidamos que no dejen basura ni que enciendan fuego porque se podría provocar un incendio”, dice Olmedo Cayambe, de la operadora turística indígena Razcuñan.

Esa especie de árbol crece hasta cuatro metros y se encuentra únicamente en los páramos y se considera una de las más representativas de la Reserva de Producción de Fauna Chimborazo. Pero en el bosque también se pueden mirar otras plantas nativas con cualidades curativas.

La chuquirahua es emblemática y la gente la conoce como ‘flor del andinista’: crece solo sobre los 4 000 metros de altura. La gente la usa para aliviar afecciones en los riñones o problemas del corazón. En otros tramos hay dunas formadas por los vientos fuertes, que incluso superan los 80 kilómetros. Allí crecen plantas como la loricaria, el romerillo, musgos y líquenes.

“Es increíble que haya tanta vida en un espacio tan pequeño de tierra. Nos esforzamos para que nuestra propia gente entienda el valor de lo que tenemos”, dice Cayambe.

Él explica que recuperar los páramos de ese sector no fue una tarea fácil. Antes de la creación de la Reserva, en 1987, había una sobrepoblación de borregos que eran criados por los pobladores para subsistir. Hoy los principales ingresos de las comunidades llegan con la venta de fibras de alpaca.

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