10 de septiembre de 2017 00:00

El Chimborazo, la epifanía científica de Humboldt

En el ‘Naturgemälde’, Alexander von Humboldt diseñó el mapa de plantas según la altitud en el Chimborazo.

En el ‘Naturgemälde’, Alexander von Humboldt diseñó el mapa de plantas según la altitud en el Chimborazo.

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Leila Gómez (O)
Profesora de Literatura Latinoamericana
en la Universidad de Colorado, Boulder.

Alexander von Humboldt fue el naturalista más importante de su época y lo fue la gracias a su viaje por el Nuevo Mundo. Se podría argumentar también que la manera en que entendemos hoy la naturaleza fue un legado de su viaje a Ecuador, principalmente durante su ascenso al Chimborazo, que él mismo relató como una épica y en la que tuvo una suerte de epifanía científica: pudo conectar todos los tipos y especies vegetales por el punto de su ubicación en la Tierra.

En términos más modernos, en el Chimborazo, Humboldt­ se dio cuenta de la correlación de ecosistemas similares en iguales altitudes en todo el planeta. Todo estaba conectado. Humboldt entendió así que en la naturaleza no había nada aislado, sino que las múltiples correlaciones naturales formaban un todo orgánico, un Cosmos, como le llamaría en uno de sus últimos libros.

Esta idea que parece tan básica hoy en día y que se encuentra hasta en los manuales es­colares de los primeros años, fue originariamente imagina­da por Humboldt. La plasmó en un dibujo del Chimborazo,­ llamado ‘Naturgemälde’, en donde escribió los nombres de las plantas conforme a su altitud en la montaña. En las columnas de la derecha y la izquierda escribió detalles relativos a la humedad, la temperatura y el azul del cielo, todo según el grado de altitud en el Chimborazo.

Este conocimiento científico, a la vez de amplia variedad y natural simpleza, no tenía precedentes. A menudo olvidamos la importancia que nuestro continente tuvo en el conocimiento antropológico, histórico y científico. En Ecuador, prominentes naturalistas europeos, como Humboldt y Charles Darwin (con la mutación de las especies y la evolución en las Galápagos), concibieron teorías que revolucionaron el conocimiento científico para siempre. En este mismo orden, podría inscribirse a la expedición Geodésica que determinó la forma de la Tierra.

Humboldt y el botánico Aimé Bonpland viajaron por el Nuevo Mundo entre 1799 y 1804, con un permiso especial de la corona española para visitar sus colonias. Como se sabe, España las había mantenido mayormente cerradas a viajeros de otros países y otros imperios. Con este permiso especial para ser inspector de minas y perfeccionarlas para la corona, Humboldt llegó a este continente para hacer muchísimo más. Visitaron los actuales territorios de Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú, Cuba, México y Estados Unidos.

En todos lados recogieron muestras de flora, fauna y minerales que trasladarían como un tesoro a Europa, no tanto para clasificarlas sino más bien para armar un rompecabezas global.

Humboldt también realizó observaciones astronómicas y geográficas que corrigieron los mapas conocidos hasta el momento. La consignación de estos datos fue tan precisa que en una carta fechada el 1 de septiembre de 1799, en Cumaná, en los primeros meses de su llegada a América, al Barón de Zach, uno de los múltiples destinatarios de sus cartas en la comunidad científica, señala: “Mantengo mis registros sobre el funcionamiento del cronómetro y sobre todas las observaciones que le conciernen, día por día, en el mayor orden; si me muero y pueden salvarse mis papeles, se podrán examinar y revisar los resultados y corregirlos a voluntad y con conocimiento de causa”.

Los peligros del viaje fueron constantes, pero Humboldt superpuso el progreso científico a los riesgos del viaje y hasta a su propia vida. Habló de la “paciencia sobrehumana para hacer observaciones astronómicas con exactitud y con amor, en semejante calor”.

Esta pasión por la observación y la medición fue constante también durante su ascenso al Chimborazo, donde el frío, la nieve, la neblina, el viento, el aire enrarecido por la altitud, los precipicios, el vértigo, los caminos no trazados por el hombre y el peso de los instrumentos obstaculizaron el trayecto a cada paso. El 22 de junio de 1802, Humboldt inició la subida al que creía era el pico más alto del planeta. Luego se comprobará que no estaba en lo cierto. El Chimborazo no es la montaña más elevada ni siquiera en los Andes, aunque sí lo es si se mide su altura desde el centro de la Tierra.

Cuando llegaron a los 4 700 metros de altitud, los porteadores se negaron a seguir y entonces Humboldt y Bonpland se repartieron los instrumentos de medición con los otros dos miembros de la expedición científica, Carlos Montúfar y el mestizo José de la Cruz. El frío congelaba las manos y los metales de los instrumentos, el suelo inhóspito hacía sangrar sus pies, pero continuaban ascendiendo y midiendo con barómetro y termómetro cada centenar de metros.

A 300 metros antes de llegar a la cima, el ascenso se volvió imposible. La nieve cubría a una persona entera y los desfiladeros eran infranqueables. Desistieron, pero como señala Andrea Wulf, la biógrafa ‘best- seller’ de Humboldt, al relatar su ascenso: “Nadie había subido tan alto nunca, ni siquiera los primeros aeronautas con sus globos en Europa”.

Llegaron a los 5 917 metros sobre el nivel del mar. El ‘mal de altura’ padecido por los montañistas de esta expedición es ficcionalizado en la novela del 2005 del escritor alemán Daniel Kehlmann, ‘Die Vermessung der Welt’ (La medición del mundo), donde se relatan las vicisitudes del viaje de Humboldt y Bonpland en el Nuevo Mundo y sus mediciones, comparándolas con las medidas astronómicas y los descubrimientos de Gauss, quien nunca dejó Alemania.

En un capítulo exclusivamente destinado al ascenso al Chimborazo, Kehlmann profundiza en la experiencia física y mental del emprendimiento, explayándose en las alucinaciones que sufrieron tanto Humboldt como Bonpland, por la falta de oxígeno, en el vértigo, la explosión de los vasos sanguíneos de la nariz y los constantes desacuerdos entre los científicos, entre ellos el de si de verdad podrían proclamarse los escaladores­ de la montaña más alta del mundo, cuando en realidad no pudieron llegar a su cima.

Como sea, el ascenso al Chimborazo fue y es algo que requiere gran estado físico, equipo y vestimenta adecuados para la montaña y, sobre todo, gran entereza anímica. No desde la ficción, Humboldt­ mismo nos habla esta experiencia: “Después de una hora de cautelosa escalada, la cresta de rocas se hizo menos empinada; ¡pero, Ay! La niebla sigue siendo tan gruesa como siempre.
Comenzamos poco a poco a padecer grandes náuseas. La tendencia al vómito se combinaba con cierto mareo; y mucho más problemático que la dificultad de respirar ... teníamos hemorragia de las encías y los labios. La conjuntiva de los ojos también estaba, en general, cubierta de sangre. Estos síntomas de extravasación en los ojos, que brotaban de los labios y las encías, no nos inquietaban en absoluto, como los habíamos experimentado repetidamente antes”, (‘On two attempts to ascend Chimborazo’, 1837).

Humboldt narra su experiencia de ascenso al Chimborazo como una épica, donde el héroe es un explorador científico. La “épica” científica fue un género muy cultivado en la narrativa de viajes del siglo XIX; en ella, el viacrucis ya no es del santo sino del hombre moderno, que lo arriesga todo en aras del progreso científico. Y la gloria -si es que es posible alcanzarla- pudo ser la cima del Chimborazo.

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