26 de junio de 2016 09:07

En Chimborazo los chakareros cuidan los páramos

Los chakareros de Cotojuan, en Colta, replicaron la técnica de siembra de agua. Foto: Glenda Giacometti/EL COMERCIO

Los chakareros de Cotojuan, en Colta, replicaron la técnica de siembra de agua. Foto: Glenda Giacometti/EL COMERCIO

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Cristina Márquez
Redactora
(F – Contenido intercultural)

La misión de los chakareros es cuidar los páramos, preservar los cultivos, velar por las plantas medicinales y monitorear todo lo relacionado con la producción agrícola y el equilibrio con la Pacha Mama.

Esta organización está integrada por representantes de 60 comunidades indígenas, situadas en Riobamba, Guano, Colta, Guamote y Alausí, en Chimborazo. La cosmovisión andina y las técnicas ancestrales de siembra y cuidados de los ­cultivos son la base de sus técnicas agrónomas.

“Los chakareros son hombres escogidos por sus comunidades, debido a sus conocimientos sobre las plantas y la Pacha Mama. Son personas que aman su tierra y se preocupan por cuidarla”, explica Julián Pucha, uno de los dirigentes de la organización.

De hecho, en las comunidades indígenas a los chakareros se los considera autoridades y consultores en el tema agrícola. Otros campesinos les piden consejo para seleccionar la siembra anual, evitar enfermedades y plagas, etc.

Para ellos, la prioridad siempre es la recuperación de los páramos erosionados por la siembra de bosques no nativos y la pérdida de recursos hídricos. Estas dos temáticas son las más debatidas durante sus asambleas anuales y conversatorios mensuales.

El caso de la comunidad Cotojuan es un ejemplo del trabajo coordinado y progresivo de esa organización. El poblado está ubicado a 3 700 metros de altitud, en los páramos de Colta, en el centro de la provincia.

Gran parte de las 74 hectáreas de terreno -que le pertenecen a las 36 familias de la comunidad- se arruinaron por la siembra de un bosque de pinos en la década de 1980. También por la incursión de las plantaciones con agroquímicos.

En esa época, los comuneros acababan de comprar la hacienda en la que trabajaban sin salario, solo a cambio de una porción de terreno para sembrar. La comunidad optó por la siembra de especies madereras. “No sabíamos lo que estábamos haciendo.

Nos decían que ganaríamos un buen dinero con la explotación del bosque, y así fue, pero se secaron las fuentes de agua, los sembríos se arruinaron y la gente empezó a migrar”, recuerda conmovido Juan Yépez.

Él fue designado chakarero en su comunidad por sus esfuerzos por recuperar las fuentes de agua perdidas y los cultivos nativos. Él trabajó con otros habitantes de la comunidad en la siembra de agua.

Esta práctica consiste en cavar fosas y canales recolectores de agua. Se espera que se forme una laguna -con la lluvia y la acción de las almohadillas de páramo- para que el líquido luego se filtre en la montaña y aparezcan nuevas vertientes.

El proyecto fue propuesto por la Unidad Ambiental del Gobierno Provincial, que ‘construyó’ una laguna en el punto más alto del cerro. Los chakareros replicaron esta técnica en otros puntos donde posiblemente hubo lagunas na­turales en la antigüedad.

Las fosas se construyeron hace unos cinco años y desde entonces el paisaje volvió a reverdecer. Las plantas nativas aparecieron de nuevo, aquellas que en la cosmovisión andina se consideran sagradas, como el tipillo, el arquitecto, la taya taya, la valeriana, la chuquiragua...

Asimismo, el cerro volvió a poblarse de conejos, patillos, lobos de páramo, perdices e incluso venados. “Para nosotros, las vertientes de agua son sagradas porque representan la vida”, dice Segundo Yunda.

Otra estrategia para devolver el equilibrio natural fue la recuperación de semillas nativas. Algunas especies de tubérculos, papas, mellocos y plantas dulces estaban en peligro de extinción, debido a que no eran aceptadas en los mercados urbanos y las familias perdieron el interés de consumirlas en casa.

Por eso, una de las funciones que cumplen los chakareros es investigar las especies que los abuelos sembraban en la antigüedad y buscar semillas para reproducirlas.

“Para nosotros el cuidado del ambiente implica mucho más que no utilizar agroquímicos que dañan nuestra tierra y salud. Es una investigación permanente, conversar con la comunidad y decidir qué hacer para conservar nuestro patrimonio”, dice Pucha.

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