4 de diciembre del 2016 00:00

El Chapecoense o lo efímero del triunfo

En Bogotá, como en el mundo, hubo homenajes para el Chapecoense. Foto: EFE

En Bogotá, como en el mundo, hubo homenajes para el Chapecoense. Foto: EFE

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Alejandro Ribadeneira
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La tragedia de la Associação Chapecoense de Futebol se ajusta perfectamente a los golpes del “odio de Dios” referidos por el poeta César Vallejo en sus inmortales ‘Heraldos Negros’: “Son pocos, ¡pero son!”. Y cuando llegan, simplemente lo cambian todo.

Lo que era importante un día, ya no lo es. Por lo que se daría hasta la vida, hoy es baladí. Los jugadores del Chapecoense viajaban porque querían ser campeones, cerrar con gloria un trayecto maravilloso. Ahora descubrimos que ser campeón tiene el mismo peso que ser último: lo valioso ha sido vivir. Lo maravillo estaba en el camino, no en el trofeo.

Lo del Chapecoense ha sido un dolor global, un luto que ha mezclado la tristeza con un aterrizaje forzoso sobre la condición humana, sobre la fragilidad de la vida pero también de los sueños. Uno imagina futuros, proyecta planes, lanza quimeras. Y la cruel destrucción de esos sueños del Chapecoense, unidas a un contexto irrepetible, han sido demoledores para el público.

Sucesos luctuosos hay siempre, pero la sociedad ha dado a los deportistas un lugar casi sagrado, referencial. Ellos reemplazan a los antiguos semidioses, a los valientes militares, a los padres fundadores de esa entidad llamada patria. “El deporte también es una fábrica de ilusiones”, dice el periodista argentino Ezequiel Fernández.

El accidente de aviación del Chapecoense debe ser la tragedia más impactante en los anales del deporte desde, quizás, la muerte del piloto Ayrton Senna en la pista de San Marino, en 1994. Senna tenía todo para ser el héroe de una trama de Sófocles. Era el mejor piloto. Era adorado. Mantenía una intensa rivalidad con Alain Prost. Tenía 34 años. Y se mató en una curva, la de Tamburello, donde hasta ahora los aficionados peregrinan con flores y fotografías.

Brasil, su tierra, lo lloró ríos, dos millones de personas participaron de la procesión de su ataúd en São Paulo, pero también lo lloró el mundo. El contexto era dramático, pues un día antes había muerto otro piloto, el austríaco Roland Ratzenberger, que se estrelló fatalmente en la curva Gilles Villeneuve.

Ratzenberger también tenía 34 años, pero carecía de los pergaminos de Senna, cuya muerte sí obligó a una profunda revisión de la seguridad en la Fórmula Uno.

El sacrificio de Ratzenberger no evitó la muerte de Senna. Pero el sacrificio de Senna evitó más pérdidas, al menos hasta el 2014, cuando falleció Jules Bianchi en Niza, a días de cumplir los 26 años.

Falta espacio para enumerar las tragedias del deporte que han conmovido a la humanidad. Algunas fueron llevadas al cine, como la de 1972, cuando un avión de la Fuerza Aérea de Uruguay se estrelló en los Andes chilenos y sobrevivieron 16 de los 45 ocupantes de la nave, entre los que estaban jugadores de equipo de rugby del Old Christians. Los sobrevivientes afrontaron 72 días de penurias y debieron comer los cuerpos de los fallecidos, hasta ser rescatados.

El poderoso Manchester United perdió a ocho jugadores en un accidente aéreo en Múnich, en 1958 (23 personas murieron en total entre futbolistas, periodistas, cuerpo técnico y personal aéreo). La Selección nacional de fútbol de Zambia desapareció junto con todo su cuerpo técnico en 1993.

Cuando se presentan estas tragedias, siempre queda el ‘hubiera’ en estado patente. Hoy, 67 años después de que el equipo del Torino se matara en un accidente, los historiadores siguen especulando con un futuro si ese formidable cuadro no hubiera desaparecido en un pestañeo del destino. Quizás Italia habría sido el campeón del Mundial de 1950, con un Maracanazo azurro y no celeste. Quizás Juventus no habría sido el mejor club de Turín.

Hoy Diego Aguirre, entrenador del San Lorenzo, el equipo eliminado por Chapecoense en semifinales de la Copa Sudamericana, confesó a Fox Sports que, tras el accidente, no ha dejado de pensar en el hubiera. ¿Y si el arquero Danilo no le tapaba ese gol a Marcos Angeleri sobre el pitazo final? Aguirre dijo que, tras el partido, pensaba en el gol que falló Angeleri por la final que se le escapó. Tras el accidente, esa jugada lo persigue pero con otra significación, esta vez inabarcable. “Es una angustia que tenemos adentro; vamos a intentar hacer lo mejor para aprender a vivir con estas cosas que no se entienden”.

Cosas como el destino, por ejemplo. ¿Existe? ¿Tiene sentido buscar un objetivo si al final pasará otra cosa diametralmente opuesta, o quedará trunca por la muerte? ¿Quién tiene la razón?, ¿Ralph W. Emerson cuando dice que la inteligencia vence al destino? ¿O Lord Byron cuando afirma que luchar contra el destino sería un combate como el del manojo de espigas que quisiera resistirse a la hoz?
Caio Júnior, el entrenador del Chapecoense, luego de clasificarse a la final que nunca pudo presenciar, señaló: “Si muriese hoy, moriría feliz”. ¿Nos queda el consuelo de que su destino era morir feliz?

La tragedia del Chapecoense cambió todo y redefine lo efímero del triunfo. Atlético Nacional, rival del Chapecoense en la final, se niega a ser campeón de la Sudamericana y sus jugadores están dispuestos a meterse los goles y perder, en la hipótesis de que la Conmebol insista en que los dos cotejos finales se cumplan de todos modos. Al contrario de lo que pasó en el falso duelo entre Chile y la Unión Soviética, ganado por los sudamericanos en 1973 sin el rival presente, ahora estaríamos ante un caso inverso: no se quiere el triunfo, más efímero que nunca.

Y también se redefine el milagro en lo deportivo. Ya no podemos hablar de ‘triunfos milagrosos’ cuando la tragedia del Chapecoense también registra sobrevivientes. El milagro, el verdadero, está en seguir adelante.

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