14 de marzo de 2016 00:00

Chachis y afros aún usan la caña para sus casas

El esmeraldeño Bienvenido Chalar se dedica al oficio de picar la caña guadúa desde hace 40 años. Foto: Marcel Bonilla / EL COMERCIO

El esmeraldeño Bienvenido Chalar se dedica al oficio de picar la caña guadúa desde hace 40 años. Foto: Marcel Bonilla / EL COMERCIO

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Marcel Bonilla

Las casas construidas con caña guadúa se observan en las zonas ribereñas de Esmeraldas y hacia el sur, donde se extiende la población. También a lo largo del río Cayapas y Ónzole, en el norte de la provincia.
Estas estructuras son hechas por carpinteros afroesmeraldeños y chachis, que conservan la técnica ancestral: altas y con techo de rampira.

Desde el malecón de la ciudad de Esmeraldas se observan las balsas cargadas de caña, que traen por el río Esmeraldas a La Platanera, para su comercialización, de poblaciones como Viche.
Cipriano Corozo, uno de los constructores, dice que el éxito está en hacer un buen envarengado (estructura), porque 
sobre ello irán el cerco o pared, que permite un mejor ambiente al interior de la vivienda.


Otro aspecto es la preparación de la caña guadúa. Para eso antes se usaba el ‘tambo’, que es una especie de pequeño machete para cortar la caña. Ahora ya no se usa el tambo, sino un hacha, la técnica para construir es la misma. 
Esta consiste en tender la caña guadúa (de 9 metros de largo) sobre tres palos atravesados que hacen de cabecera.

Luego, con el hacha se rompen los nudos rápidamente mientras se gira al bejuco, siguiendo la misma línea del corte hasta abajo. El proceso continúa hasta picarla por completo y limpiar la plancha natural con el afilado machete.


Este bejuco es la principal materia prima para las paredes de las casas de madera, que se siguen construyendo en zonas rurales y en los nuevos asentamientos.


En los años 40, la caña se usaba para hacer casas revestidas con cemento. Se ponían alambres de púas para sostener la mezcla. Pero no todos podían costear estas casas.
El antropólogo Adison Guisamano explica que la caña guadúa destinada a construir casas se obtiene, en su mayoría, de comunidades que están cerca del río Cayapas.

Por eso, chachis y afros aprendieron a construirlas empíricamente.
Adelmito Añapa, habitante chachi, se dedica a la construcción de casas de caña en la comunidad El Pintor, norte de la provincia.

Él dice que la caña guadúa es una característica de las viviendas de su etnia.
Por eso, Guisamano cree que los afros y chachis que se asientan en el río Cayapas, donde hay grandes sembríos de caña, son quienes han dado mayor uso a esta planta.


En comunidades como San 
Miguel de Cayapas y San Miguel de los Negros, los habi­tantes también ofrecen estas casas para la estadía de turistas.


A diferencia de los afros de 
la ciudad -que cubren las paredes con papel periódico- los chachis prefieren el bejuco, que luego se torna de una tonalidad amarilla.


Segundo Ayoví, de la parroquia Santo Domingo de Ónzole, cantón Eloy Alfaro, aprendió de sus padres a construir casas con caña guadúa y puntales de madera. Tras migrar a Guayaquil desarrolló su técnica con latas de gaseosas, para evitar que los clavos traspasen la latilla, y se asegure la estructura de la obra.

En ese entonces, la producción de caña guadúa que generaban los 400 estibadores afros, significaba ingresos económicos.
En su libro ‘De los demás al barrio’, de Antonio Preciado, se reseña a los negros en la década de los 60, que trabajaban en La Platanera cargando banano, tagua y caucho. Allí también se apostaban balsas hechas con caña.


Bienvenido Chalar es uno de los afroesmeraldeños que trabaja desde hace 40 años picando caña en La Platanera. Pero a diferencia del pasado, asegura que el negocio en la actualidad ha bajado.

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