12 de junio de 2016 00:00

El boxeo montó sobre el ring una función

Arriba, Muhammad Ali rodeado de periodistas y seguidores en 1973, tras  su pelea con Joe Bugnerm en Las Vegas. Ali derrotó al anglo-húngaro por decisión de los jueces. Foto: EFE

Arriba, Muhammad Ali rodeado de periodistas y seguidores en 1973, tras su pelea con Joe Bugnerm en Las Vegas. Ali derrotó al anglo-húngaro por decisión de los jueces. Foto: Agencias

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Alejandro Ribadeneira
Editor (O)
alejo@elcomercio.com

Siempre se ha dicho que el boxeo, más que un deporte, es un espectáculo. El más grotesco de todos, el más controvertido, el que más dilemas morales plantea por su brutalidad. Pero es espectáculo al fin y al cabo, aunque ahora el público se fija más en otros circos.

También se repite que por culpa del capitalismo “la vida ya no se vive, más bien se representa”, y por eso el consumidor se ha convertido en un devorador de ilusiones.

La muerte de Muhammad Ali priva al boxeo de su mayor vendedor de ilusiones y a su mejor combatiente, tanto en lo físico como en lo simbólico, aunque ahora mismo ese deporte (¿deporte es ver cómo se masacran dos personas en un ring? es la pregunta inevitable) está en horas bajas, desacreditado.

Ojo, es el boxeo profesional el que tiene problemas, no la sustancia del espectáculo, es decir el hecho de que a la gente le fascina contemplar una pelea de uno contra uno, hombre contra hombre, agrediéndose hasta que uno caiga.

Solamente que ahora se están cambiando el ring y las cuerdas por las jaulas de metal de la UFC (Ultimate Fighting Championship), empresa enfocada en artes marciales y que agrega patadas sin calzado.

Se mantienen cuerdas y lona en la empresa WWE (World Wrestling Entertainment), aunque la teatralidad de este cachascán estadounidense, por más sillas que se partan en el lomo del luchador, no causa la misma aversión que el boxeo ha sufrido en el desarrollo de este siglo.

Esperen. ¿Dijimos empresas? Por supuesto. El espectáculo requiere de un enorme montaje para su representación pero el objetivo final, su razón de ser, es cobrar el boleto de entrada. O el ‘pay per view’.

No siempre fue así. En la Grecia clásica, el boxeo fue una actividad popular. Ya se peleaba uno contra uno desde el año 6 000 antes de Cristo pero los griegos le dieron su toque solemne al incorporar el ingrediente de los rituales.

Los griegos se enfrentaban desnudos; las manos estaban cubiertas por los himantes (tiras de cuero a modo de correa), se entrenaba frente a sacos de arena y se competía en los Juegos Olímpicos.

Los griegos, muy dados al teatro y la poesía pública, fueron los primeros en disfrutar del boxeo como espectáculo, como entretenimiento. Incluso tuvieron su propio Ali, el gran Onomasto de Esmirna, el primer campeón olímpico.

Lo curioso es que, tras la caída de Roma, donde también se boxeó bastante y la difusión del cristianismo por Europa, las peleas de puños prácticamente desaparecieron, a pesar de que tuvieron una arraigada difusión en Asia.

Recién en el siglo XVII, con el auge del Imperio Británico, el boxeo regresa al Viejo Continente y justamente fueron los ingleses los que lo bautizaron así, ‘boxing’, y luego le dieron reglas.

Todos conocen lo que ocurrió después del 16 de agosto de 1743, cuando Jack Broughton escribió reglas para evitar que las peleas acabaran en una carnicería. Los duelos eran a puño limpio y eran un espectáculo barato, pero Broughton impuso normas para los pugilistas que peleaban en su anfiteatro de Tottenham Court Road. No quería que sus deportistas se murieran tan rápido.

Llegaron el deber de retirarse a la esquina del ring ante una caída del oponente; la cuenta de medio minuto luego de una caída; la elección de ‘umpires’ para resolver disputas entre los boxeadores y la prohibición absoluta de golpear al rival cuando estuviera caído.
El boxeo, dotado de ese aire caballeroso de las reglas, influyó en los intelectuales. Sherlock Holmes, el célebre personaje creado por Arthur Conan Doyle, era boxeador.

A Broughton también se le atribuye la creación de los cuadriláteros elevados y el uso de guantes en los entrenamientos. Pero una regla fue muy significativa: se prohibieron los acuerdos entre boxeadores antes de las peleas. Sí, ya había corrupción porque ya existían las apuestas. Esa mancha afectó al boxeo y al espectáculo hasta nuestros días.

El último acto para la transformación del boxeo en el espectáculo del naciente siglo XX fue su arribo a Estados Unidos, la tierra de las oportunidades y, por lo mismo, el escenario para que un héroe inspirara a los demás. Los boxeadores fueron esos héroes.

El espectáculo del boxeo se desarrolló en el siglo XX junto con las vanguardias artísticas y los medios masivos. En la película ‘Cinderella Man’ se muestra al estadounidense pendiente de la pelea de James J. Braddock por el título mundial. Braddock era más débil pero todos querían que tumbara a Max Baer (quien no era tan brutal como lo pinta el filme), el campeón, en 1935.

Muhammad Ali fue el más grande héroe de todos, a pesar (¿o gracias a?) de su personalidad explosiva y provocadora. Su enorme talento y su enorme boca son el punto culminante del boxeo. Nunca más hubo un pugilista como Ali. Bueno, está Rocky Balboa, el astuto invento de Sylvester Stallone que mantuvo en el cine lo que ya no podían lograr los boxeadores en la vida real.

También cambió el mundo. Cobró fuerza la corriente que considera al boxeo como denigrante, poco civilizado, fuera de época. Tampoco ayudó que jamás apareciera un deportista tan carismático como Ali, aunque más daño han hecho las ‘peleas del siglo’ sobrevaloradas y la estela de corrupción de ciertos empresarios.

Hoy, es difícil que el público joven pueda enumerar a los mejores boxeadores del momento, pero saben cuáles son los astros de la UFC y de la WWE, cuyas luchas se exhiben en señal abierta. El tinglado de la vida se representa en otro ring.

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