5 de febrero de 2017 00:00

Una bienal y el arte de una ¿generación?

‘Afterword’ (2014-2015), de Óscar Santillán.

‘Afterword’ (2014-2015), de Óscar Santillán. Foto: Xavier Caivinagua para EL COMERCIO

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Ivonne Guzmán
Editora (O)
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La XIII Bienal Internacional de Cuenca podría ser recordada por muchos factores (unos más felices que otros), pero lo más probable es que lo sea por haber sido la vitrina para un grupo que algún día quizá sea bautizado como la Generación del 80.

Los artistas ecuatorianos en esta edición fueron 12 y representaron casi la cuarta parte del total de artistas participantes (47). Lo importante, sin embargo, no es el número, sino que su presencia en ese espacio no ha sido una mera formalidad. Más bien estuvo dotada de capacidad de diálogo entre sus obras y con las obras de los extranjeros; varios de ellos, nombres consagrados en la escena artística internacional.

En diferentes niveles y con herramientas de expresión y abordajes distintos, el grupo ecuatoriano mostró, como sostiene el director de la Bienal, Cristóbal Zapata, “refinamiento conceptual, resolución formal y la adecuación justa entre contenidos y realizaciones plásticas o visuales. En ningún caso estamos ante proyectos provincianos o localistas”.

Algo pasa en Guayaquil

Podría ser una coincidencia pero no lo es. Siete de los doce ecuatorianos son de Guayaquil: Fidel Eljuri, Óscar Santillán (Mención de Honor), Oswaldo Terreros (premio El Guaraguao), María José Argenzio, Karina Aguilera, Luis Alberto Chenche (Premio París) y Juan Carlos León (Mención de Honor).

Para Zapata, “la preeminencia” de los guayaquileños tiene marca de fábrica: el ITAE (Instituto Tecnológico de Artes del Ecuador, hoy absorbido por la Universidad de las Artes). “(la del ITAE) Fue una experiencia académica exitosa. Prácticamente todos los guayaquileños, quizá con excepción de Eljuri, que están en esta Bienal pasaron por ahí, que fue donde adquirieron herramientas conceptuales y formales. Ahí les inculcaron metodologías y hábitos de trabajo”.

Para otros, como la curadora de arte Ana María Garzón, el papel del ITAE en este proceso ha sido sobredimensionado. “El ITAE lanza una camada de artistas, pero ellos no operan solos.

Adquieren visibilidad por la próximidad con NoMínimo y DPM (ambos son espacios de exhibición) y también por el apoyo de Rodolfo Kronfle (historiador de arte, crítico y curador)”. Es decir, hubo varios de los actores y dispositivos del mundo del arte activados para el servicio (voluntario o no) de una causa.

Sea como fuere, es innegable que algo pasa en Guayaquil, una especie de efervescencia creativa/expresiva; las obras de José Hidalgo Anastasio, Kuai Shen o de Anthony Arrobo –ninguno de ellos en esta Bienal– dan cuenta de ello también.

Y es paradójico, porque el Guayaquil contemporáneo no ha sido un territorio amigable para crear arte, como sí lo ha sido Quito, por ejemplo, con dinámicas más propicias para la investigación, la gestión o la reflexión curatorial. En Guayaquil, como lo hacía notar en el 2013 la investigadora Ilze Petroni –según recogió en su momento diario El Universo–, las manifestaciones artísticas en la vía pública eran (siguen siendo) casi inexistentes. “No hay grafiti, no hay stencil”, apuntaba la investigadora argentina y con ello hacía notar la carencia de manifestaciones de la contemporaneidad artística.

Y sin embargo, o por eso mismo, de la ciudad donde la Policía persigue a artistas urbanos como Daniel Adum han surgido propuestas plásticas y visuales sumamente interesantes; siete de ellas se pueden ver en la Bienal de Cuenca, que cierra hoy.

Los enigmáticos 80

No solo Guayaquil tiene en su haber un número representativo de artistas nacidos durante los años 80 (y un poco antes, y un poco después). Hay otros nombres, presentes o no en esta edición de la Bienal, que caben en lo que pudiera leerse posteriormente como una generación artística.

¿Cuál es la amalgama que permitiría tal afirmación? De manera explícita, es difícil de identificar. Sin embargo, este grupo, que pudiera estar incubando lo que se requiere para convertirse en una generación, refleja un par de signos de esta época: la diversidad de entradas hacia la expresión creativa y lo inasible y cambiante de la misma. Algo impensable en generaciones como la del 35 o la de los 60, del mismo siglo XX.

Fuera de Guayaquil y perteneciente a este grupo, en la Bienal están Janneth Méndez, Alexandra Cuesta, Damián Sinchi (Cuenca) y el recientemente fallecido Kélver Ax (Loja). Otros nombres representativos (esta vez fuera del certamen) son, a criterio de Garzón: Adrián Balseca, Paúl Rosero, Carlos Echeverría Kossak, Cristian Villavicencio... todos de Quito, sin que pueda asociárselos necesariamente a una escuela, como en Guayaquil.

Cuenca, para Zapata, compartiría una característica con Quito: “El fenómeno cuencano siempre ha sido distinto; sus artistas no son fruto de una escuela”. Garzón, sin embargo, menciona los procesos que han tocado a la versión quiteña de esa generación y a las siguientes y que se han producido en la Universidad Católica; también habría que examinar el papel de las universidades Central y San Francisco.

Quizá aquí cabe otra pista de los procesos que han generado dinámicas y formas de mirar el mundo y de adentrarse en el arte que este grupo comparte: las escuelas, la larga ausencia de galerismo y coleccionismo, el surgimiento de espacios independientes que les permitían ser más arriesgados, más libres.

Preocupaciones y entradas diversas


Como la vitrina en que se constituyó a lo largo de los dos meses y 11 días que ha durado, la Bienal de Cuenca ha sido una palestra para esa diversidad conceptual y de factura que caracteriza a estos artistas.

Desde una vena más poética e intelectual, como la obra de Santillán, a la que también pudieran plegar los trabajos de Chenche o Cuesta; pasando por lo que Zapata considera “resoluciones más formalistas”, de exploración del material, como lo propuesto por Sinchi; o la profunda carga política y/o activista de trabajos como los de Eljuri, León o Terreros; hasta la revelación emotiva de Méndez y de Aguilera, en la Bienal se evidencia la “solidez y diversidad”, que pondera Zapata en esta edición, que bien podría pasar a la historia como un hito para lo que quizá algún día se llame la Generación de los 80. El tiempo dirá.

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