19 de septiembre de 2014 21:37

Un club que comparte la pasión por los ‘pichirilos’

El club de los amantes de los pichirilos se ­reúne en el estacionamiento de Mi Comisariato, en el sector de Urdesa, norte de Guayaquil. Foto: Joffre Flores/ El Comercio.

El club de los amantes de los pichirilos se ­reúne en el estacionamiento de Mi Comisariato, en el sector de Urdesa, norte de Guayaquil. Foto: Joffre Flores/ El Comercio.

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Thalíe Ponce.  Redactora (I)
thaliep@elcomercio.com

Juntos parecen un arcoíris. Son de diferentes colores, años, procedencias. Al llegar, el inconfundible sonido de su motor se mezcla con risas y conversaciones. Son decenas de ‘pichirilos’ pertenecientes al Beetle Clan Guayaquil, que funciona desde hace 10 años. Sus dueños son amigos y algunos se sienten como una familia. Tienen distintas edades, profesiones, ocupaciones y gustos, pero los une algo en común: su pasión por los ya clásicos modelos de la marca Volkswagen.

El clan se reúne todos los jueves a partir de las 22:00, en el parqueadero de Mi Comisariato, en la calle Víctor Emilio Estrada en Urdesa. Intercambian opiniones, consejos sobre mantenimiento, dan ‘tips’ de reparación, costos de repuestos, hablan sobre su vida, bromean, organizan actividades…

Daniel Albán, presidente del club, cuenta que la idea nació de él junto a dos amigos. Poco a poco, se fueron sumando más propietarios de ‘Vochos’ (como les llaman de cariño a sus vehículos) hasta que se convirtió en una comunidad de 70 miembros. Hoy, no solo se reúnen una vez por semana para pasar un momento divertido. También realizan labores sociales al menos tres veces al año, celebran juntos sus cumpleaños y viajan a distintos rincones del país en caravana.

El año pasado estuvieron en Paute (Azuay). Esa fue la primera vez que Elsie de La Paz condujo su pichirilo alemán del año 69 en una carretera, animada por los demás miembros del Beetle Clan. Ella tiene más de 60 años y su esposo falleció hace poco, pero -asegura- que ser parte del club le ha dado apoyo, amistad y entretenimiento.

Pasan los minutos y la diversión parece encenderse. Los miembros del club se toman fotos juntos y reciben a los curiosos y a quienes van por primera vez. El jueves 21 de agosto recibieron la visita de Aaron Neilson, un canadiense que llegó a Guayaquil desde Ontario, viajando en su van Volkswagen modelo 1979. Está pintada de varios colores y tiene un diseño elaborado por un artista amigo suyo.

Neilson dice que no es el primer club de este tipo que conoce en su recorrido. En su paso por destinos como Estados Unidos, México, Nicaragua, Panamá, Honduras y El Salvador se unió a otros para contarles su experiencia. “Cada uno tiene algo especial, aquí la gente es muy amable”.

Otro carro que atrae las miradas en las reuniones es el Karman Ghia convertible de Donato Simonelli, de marca Volkswagen pero de diseño Porsche. Mientras toma un café, Simonelli dice que lleva pocos meses en el club pero que trata de asistir a las reuniones, sobre todo para conocer detalles mecánicos e intercambiar experiencias con los otros miembros. Él va cada jueves con su esposa. Es parte del encanto del club, compartir también con los familiares.

La mayoría de los que forman parte del Beetle Clan Guayaquil coinciden en que el gusto por el pichirilo es porque es económico, pero lo más importante es que cada uno puede personalizarlo de acuerdo con su gusto y expresarse a través de él.

Por ejemplo, Ángel Rezabala ‘tuneó’ su carro del 74. Para hacerlo tuvo que comprar otros dos autos e invertir un par de miles de dólares. Su objetivo es dejarlo con un estilo clásico, con aros originales.

Otros autos, como el verde oscuro de Andrea Cueva, guardan historias y nexos sentimentales con sus dueños. Su escarabajo procedente de Brasil es el auto en el que ella aprendió a conducir hace ocho años. “No he manejado ningún otro carro, es como mi compañero de aventuras”.

La reunión de los ‘vocheros’ acaba pasada la medianoche. Se despiden alegremente y se alejan en sus autos, dejando atrás el inconfundible sonido de las revoluciones de los motores de sus ‘escarabajos’, para encontrarse nuevamente una semana después.

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