27 de mayo de 2015 21:47

El Ati, comida coreana es sinónimo de amistad

You Mee Sook es la chef de Ati. Cada cierto tiempo sale de la cocina a dejar los platos e interactuar con la clientela. Foto: Vicente Costales/ EL COMERCIO

You Mee Sook es la chef de Ati. Cada cierto tiempo sale de la cocina a dejar los platos e interactuar con la clientela. Foto: Vicente Costales/ EL COMERCIO

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Ivonne Guzmán
Editora (O)

Salir de Quito sin salir de Quito. Comer nabo, o col, o zuquini, o espinaca (o casi cualquier cosa) por enésima vez y sentir que es la primera, porque no sabe a lo que creemos que debe saber. Dos privilegios reservados a las almas inquietas, que no se arredran ante un nombre y un idioma que no comprenden; almas de paladar curioso; almas interesadas en hacer nuevos (y buenos) amigos.

Ati no es un lugar para inapetentes ni melindrosos. En Ati, como manda un adhesivo pegado a la ventana que da a la cocina, el comensal está para ‘Discover Korea’s Delicious Secret’; en efecto, comida deliciosa y, además, abundante.

La variedad y el colorido de la carta pueden marear a los novatos en los terrenos gastronómicos coreanos. En ese caso, es mejor seguir las sugerencias del mesero (un amabilísimo joven ecuatoriano completamente familiarizado con los potajes asiáticos). Y una vez que los platos lleguen a la mesa también hay que pedirle las instrucciones; que son sencillas, pero indispensables. Digamos que para saber cómo envolver correctamente carnes y vegetales varios en hojas de lechuga y hojas de ajonjolí.

Una vez sorteada la dificultad de escoger entre tanta oferta escrita (en tres idiomas: coreano, inglés y español) y visual (hay fotos de los platos), lo primero es familiarizarse con los instrumentos y el mobiliario. Por ejemplo, la mesa para alguien de mediana estatura puede resultar un poco alta, pero hay una razón: tener la cabeza lo más cerca del plato sin necesidad de agacharse tanto. De tal manera que uno pueda sorber y luego cortar unos interminables ‘noodles’ (fideos) con los dientes, casi al borde del tazón; no es el ideal de la etiqueta occidental, pero es delicioso y hasta divertido.

Una cuchara de mango larguísimo y un par de palitos chinos (metálicos y elegantes) son las herramientas para emprender el viaje gustativo. Seguro también se puede pedir cuchillo y tenedor, pero no tendría la misma gracia, así que la recomendación es: adonde fueres, haz lo que vieres. En Roma, como los romanos; en Ati, como los coreanos. Los palitos.

En este restaurante coreano –que lleva un par de años funcionando en Quito, y al que acude buena parte de la mínima comunidad coreana de la ciudad– la comida tiene sabores fuertes, y muchos de ellos pican malamente, así que hay que advertir desde el inicio la cantidad de picante que se está dispuesto a tolerar. Así, un Mandu Ramen (es decir, una sopa picante de fideo y ravioles coreanos con legumbres) en lugar de parecer una tortura hecha con ají se convierte en un caldo aromático y memorable.

Hay un método que se traduce en goce a la hora de comer como coreano: mezclarlo todo. Y comer de todo. Los platos en ese lado del mundo están pensados para compartir, por eso hay porciones de infinidad de productos llenando las mesas y es cuestión de picar un poco de cada una. Aplica igual cuando se pide una parrillada de res, chancho o pollo (una de las especialidades de la casa), que cuando se trata de un Domi Chin (pargo en salsa de soya con cebolla y jengibre) o de un Mun O Dop Bap (pulpo salteado picante con arroz).

Una jarra de té verde (importado y de verdad) complementa la comilona (porque no hay manera de que no lo sea) que se va consumiendo lentamente; no es comida para comer apurado. Y hay que ser cuidadoso a la hora de ordenar, porque una sopa no es del tamaño de una sopa sino de una sopera, que bien alcanza para dar de comer a cuatro personas de poco apetito. Lo bueno es que en Ati todo se puede compartir, porque está pensado para eso.

Lo hacen los coreanos que van con frecuencia (buena señal de la calidad y autenticidad del producto), seguramente por la cercanía del local con la Embajada y la agencia de cooperación de ese país. Lo hacen también los comensales occidentales, que cada vez son más.

Occidentales de alma inquieta y paladar curioso, con ganas de hacer nuevos y buenos amigos. Porque Ati en coreano significa eso: Buen amigo.

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