18 de septiembre de 2016 00:00

El asesinato de Sucre en Berruecos 

La muerte de Sucre, óleo sobre tela pintado en 1836 por Pedro José Figueroa. Forma parte de la colección de Arte del Banco de la República de Colombia. Foto: archivo de nrepcultural.org

La muerte de Sucre, óleo sobre tela pintado en 1836 por Pedro José Figueroa. Forma parte de la colección de Arte del Banco de la República de Colombia. Foto: archivo de nrepcultural.org

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Cuatro disparos de fuego cruzado en el sitio La Jacoba, en la montaña de Berruecos, 80 km al norte de Pasto, terminaron con la vida de Antonio José de Sucre, héroe de Pichincha.

El magnicidio que conmovió a la América hispana se ejecutó la mañana del 4 de junio de 1830. Desde la espesura de la selva una voz gritó: “¡General Sucre!” y enseguida se desencadenó la andanada; la víctima apenas alcanzó a exclamar: “¡Ay, balazo!” y cayó exánime de su montura.Según la pericia posterior, dos balas de cortados de plomo, especialmente letales, habían perforado su sombrero de ala ancha, rozando la cabeza e hiriéndolo en nariz y oreja; otra perforó la tetilla derecha destrozándole el corazón y matándolo de contado.

El fatídico viaje inició en Bogotá el 13 de mayo, día en que se proclamó en Quito la independencia del Departamento del Sur que tomaría el nombre de Ecuador. El Congreso “Admirable”, cuyo objetivo había sido preservar la unión de la Gran Colombia, había fracasado por la secesión de Venezuela. Sucre, que lo había presidido, retornaba apesadumbrado por el colapso del ideal bolivariano; su propio mentor, Bolívar, había abandonado el poder consumido por la decepción y la tisis que no tardaría en llevarlo a la tumba.

La reducida comitiva estaba conformada por el diputado por Cuenca, Andrés García Téllez, los sargentos Colmenares y Caicedo, su criado Francisco y dos arrieros. Sin que lo supieran, en las horas previas había partido una posta para dar el aviso a los caudillos del valle del Cauca, generales José Hilario López y José María Obando, de la facción liberal que repudiaba la pretensión monárquica que se atribuía al Libertador.

El militar, estadista e historiador colombiano, general Tomás Cipriano Mosquera, escribe en sus memorias que la orden de asesinar a Sucre provino del denominado clan “septembrista” de Bogotá, involucrado en el atentado del 25 de septiembre de 1828 que estuvo a punto de costarle la vida a Bolívar. “Era para ellos un obstáculo la existencia de Sucre, que consideraban como el lazo de unión para mantener la integridad de Colombia”, dice este testigo privilegiado de época.

El 27 de mayo, una semana antes del asesinato, estaba en Popayán cuando recibió la carta de su confidente en Quito, el general Vicente Aguirre, poniéndolo al corriente de la secesión del Ecuador, que había nombrado como presidente provisional al general Juan José Flores. La noticia no lo tomó por sorpresa, al tenor de la respuesta remitida el mismo día: “…mas era cosa calculada por todos que debía suceder una novedad al Sur… este acontecimiento será de provecho… yo llegaré pronto allá… para que de cualquier modo se conserve esta Colombia, sus glorias, su brillo y su nombre.”

En Pasto, dos días después, Obando mantenía una reunión con Apolinar Morillo, coronel venezolano que había sido expulsado por el general Flores del Ecuador por sus opiniones políticas. Según su testimonio en el proceso que se le siguió años después, el caudillo payanés le dijo: “La patria se halla en el mayor peligro de ser sucumbida por los tiranos y el único medio para salvarla es quitar al general Sucre, quien viene de Bogotá a levantar al Ecuador para apoyar el proyecto de coronarse el Libertador”.

Lo envió con instrucciones a José Erazo en Salto de Mayo, una parada en la vía a Popayán, donde éste fungía de jefe de milicias, siendo además un eventual salteador de caminos; le dirigió una nota que decía: “El dador de ésta le advertirá de un negocio importante, que es preciso que lo haga con él. Él le dirá a la voz todo y usted dirija el golpe”.

Junto con Morillo viajaría el coronel neogranadino Juan Gregorio Sarria con las armas y municiones que se emplearían en el atentado.

Complicando la trama, Obando había estado en contacto con Flores dos meses antes para procurar una solución amistosa a la pretendida anexión de Pasto a Ecuador; previendo una eventual intromisión en sus arreglos le había escrito: “…Pongámonos de acuerdo don Juan; dígame si quiere que detenga en Pasto al general Sucre o lo que deba hacer con él”.
En mayo, durante el lapso del viaje del Mariscal, había mantenido la presión apelando a una falsedad: “El general Sucre lleva la intención de sustraer el Sur y ponerse bajo la protección del Perú…Cuide usted mucho de esto y cuente con el Cauca y con mí mismo para estorbar tal suceso”.

Convinieron una entrevista en Tulcán para cuyos arreglos llegó a Pasto el coronel Manuel Guerrero. La opacidad de estas tratativas derivaría en las acusaciones contra Flores como coautor o al menos cómplice del asesinato.

El 1 de junio, “El Demócrata”, órgano de los “septembrinos” bogotanos, publicó un artículo premonitorio. Al tiempo de acusar a Sucre de afanes subversivos por propiciar la separación del Sur, instaba a detenerlo sugiriendo con descaro la opción del magnicidio: “…Puede ser que Obando haga con Sucre lo que no hicimos con Bolívar.”

Erazo procedió a reclutar tres soldados desmovilizados que estaban en Salto de Mayo: Andrés Rodríguez y Juan Cuzco, peruanos, y Juan Gregorio Rodríguez, granadino, que conformarían, junto a Morillo, la cuadrilla de ejecución que recibiría 40 pesos por paga.
Sucre y sus acompañantes llegaron al pueblo el 2 de junio, alojándose en el rancho de Erazo, que los recibió con simulada hospitalidad. Luego de pernoctar, al día siguiente continuaron cuesta arriba hacia en sitio Las Ventas, en las inmediaciones de Berruecos, donde para su sorpresa se toparon con el propio Erazo a quien habían dejado atrás, lo que despertó sospechas.

Estaba también Sarria, a quien el héroe de Pichincha conocía como compañero de armas. Lo convidó a probar un bocado y compartir un aguardiente; según la versión de su asistente el sargento Caicedo: “S.E. entró en desconfianza y mandó cargas las pistolas y alistar las armas para ponerse en defensa por si asaltaban”. Por prevención decidió suspender la marcha para continuar con mayor seguridad con la luz del alba, el 4 de junio.

Para entonces Erazo y Sarria habían alistado el lugar de la emboscada, acomodando a Morillo y los otros tiradores por parejas a ambos lados de un estrechamiento del camino donde no había modo de fallar.

Cuando Obando tuvo la confirmación de la muerte de Sucre, despachó tres cartas con la noticia a los generales Flores, López e Isidoro Barriga, jefe militar de la plaza de Quito, cada cual con una versión de conveniencia. Al primero le decía: “Cuanto quiera decirse va a decirse y yo voy a cargar con la execración pública…,” sugiriendo que la responsabilidad recaía en el bandolerismo; al segundo en cambio: “…los agresores fueron soldados del Ejército del Sur que he sabido han pasado por esta ciudad;” en tanto que al tercero le informó que la autoría correspondía al “inveterado malhechor Noguera”.

Mariana Carcelén, marquesa de Solanda, al requerir a Obando la entrega del cuerpo de su marido, no dudó en sindicarlo: “…sólo suplico que me entregues las cenizas de tu víctima. Sí, deja que ellas se alejen de esas hórridas montañas, lúgubre guarida del crimen y de la muerte y del pestífero influjo de tu presencia, más terrorífica que la muerte y el crimen”.

La causa abierta siempre quedó sujeta al encubrimiento y a los vaivenes de la política granadina. Los tres soldados murieron a los pocos días del asesinato, dos envenenados y uno en un accidente simulado. Erazo al caer preso en 1839, por otro motivo, terminó revelando los detalles del crimen que pesaba sobre su conciencia; terminó su vida en la cárcel. En 1842, Morillo, en declaración juramentada antes de ser fusilado, inculpó a Obando. Éste, en efecto, tuvo que cargar con la execración del crimen, lo cual no fue óbice para desempeñar altas funciones de Estado, incluida la Presidencia de Nueva Granada en 1853-54; moriría alanceado en combate como resultado de una de tantas rebeliones que promovió, en 1861.

Flores vivió recurrentemente acusado por Obando y sus adversarios políticos de ser responsable y mayor beneficiario del crimen; y aunque objetivamente no lo ordenó, tampoco actuó para impedirlo.
*Ex periodista y empresario, dedicado

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