17 de diciembre de 2017 00:00

El asesinato de Alberto Arias Sánchez en Chile

Las coronas eran usuales en la época como homenajes póstumos.

Las coronas eran usuales en la época como homenajes póstumos.

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María Helena Barrera-Agarwal 
mhbarrerab@gmail.com* (O)

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Jueves, 18 de julio de 1901. La ciudad de Valparaíso despierta con la noticia de una tragedia. Cerca de la medianoche, una detonación de revólver alerta a la Segunda Comisaría de Policía.

Luego de breve búsqueda, tres guardias y un soldado descubren un cadáver abandonado en la avenida Brasil, a pocos pasos de la intersección con la calle Carrera. El joven asesinado será luego identificado como Alberto Arias Sánchez, intelectual liberal y cónsul del Ecuador en Valparaíso. La obvia causa de muerte es un disparo en la cabeza.

Quienes descubren el cuerpo presumen inicialmente que se trata de un suicidio. Pronto, sin embargo, la naturaleza de las heridas y el estado del cadáver contrarrestan tal impresión. El parte policial, fechado al día siguiente de los hechos, no deja duda: “[a]unque al principio se creyó que se trataba de un suicidio, este pensamiento hubo de desecharse en atención a que el cuerpo del extinto presentaba demostraciones de haber sido aprisionado en las manos con ligaduras y en vista de la grave circunstancia de faltarle las orejas, las que fueron encontradas momentos más tarde cerca del sitio donde se recogió el cadáver, lo que hace presumir que se ha cometido un cruel y odioso homicidio”.

El mismo día, el juez del crimen de turno, Santiago Santa Cruz, ordena la prisión preventiva de los coroneles Enrique Baquerizo Moreno y José Martínez Pallares, ecuatorianos residentes en Valparaíso, junto con dos empleados del primero, Luis Guevara y Adolfo Valdés. La medida responde a sospechas derivadas de una prolongada enemistad política: Martínez y Baquerizo se exiliaron en Chile por su oposición al Régimen del general Eloy Alfaro. Arias Sánchez, por su parte, es diplomático del Régimen y amigo personal de Alfaro, a quien ha defendido constante y públicamente. Ello ha dado lugar a una polémica que, de las páginas de los diarios de la época, terminará por derivar en ofensa física: el primero de abril de 1901, en pleno centro de Valparaíso, Martínez, alentado por Baquerizo, emprende a bastonazos contra Arias Sánchez. Al defenderse este, también a bastonazos, terminará por romper el suyo en el rostro del primero.

A raíz del incidente, Arias Sánchez inicia un juicio por injurias contra Baquerizo y Martínez. El proceso concluirá en sentencia absolutoria para el primero y en la condena del segundo a pagar una multa nominal de treinta pesos chilenos. El veredicto no satisface al querellante. Con el fin de vindicarse, Arias Sánchez publica entonces un folleto intitulado ‘Los desterrados ecuatorianos en Chile’. Compila en el mismo las cartas que ha publicado en diversos medios, junto con aquellas de sus adversarios. Confía que ello habrá de poner punto final a la disputa, de la que asume ha visto ya lo peor: “¿qué más van a hacer contra mí los desterrados que no lo hayan hecho ya?”

Lo peor para Arias Sánchez, empero, está aún por venir. En una de las misivas de Baquerizo incluidas en el folleto, este promete develar los nombres de las víctimas del alfarismo, particularmente aquellas de “los desorejados”. Esa mención, aparentemente incomprensible, alude a un aciago episodio: en 1898, un coronel liberal, Juan José Fierro, ha ordenado se corten las orejas de aproximadamente veinte prisioneros colombianos luego del combate de Taya. La alusión prefigura, ominosa y directamente, la mutilación sufrida por Arias Sánchez pocas semanas más tarde.

Judicialmente, sin embargo, esa mutilación y el asesinato subsiguiente jamás tendrán culpables. El cómo un crimen tal pudo quedar impune puede comprenderse mejor cuando se considera la influencia política de la familia del encausado principal, Enrique Baquerizo.

En agosto de 1901, dos semanas después del asesinato de Arias Sánchez, Alfredo Baquerizo Moreno, hermano de Enrique y ministro de la Corte Suprema de Justicia del Ecuador, arriba a Valparaíso. Al ascendiente que su cargo confiere se aúna una amistad cercana con el entonces presidente electo del Ecuador, Leónidas Plaza. Plaza ascenderá al poder el primero de septiembre de 1901, y Alfredo Baquerizo será su ministro de Relaciones Exteriores desde el 4 de diciembre de ese mismo año. Pocos meses más tarde, Enrique Baquerizo y José Martínez serán sobreseídos provisionalmente. Igual sucederá con empleados del primero, incluyendo a Rodolfo Latorre, primo de Arias Sánchez, de quien se sospecha ha ejecutado personalmente el homicidio. Los sobresei­mientos provisionales constituirán el final de la acción pública en el caso.

En las décadas subsiguientes, los amigos chilenos y
ecuatorianos de Arias Sánchez continuarán proclamando lo injusto de esa impunidad.

En tanto, en el Ecuador, ignotos personajes difundirán a placer la idea del presunto suicidio de Arias Sánchez. En 1934, tal noción ingresará a los libros de historia cuando, en sus Memorias históricas, Miguel Ángel González Páez afirme falazmente
que los acusados han sido sobreseídos definitivamente y que la justicia chilena ha declarado la muerte de Arias Sánchez como suicidio. Numerosos autores recogerán tal fal­sedad como
cierta, y la repetirán hasta volverla verdad oficial.  

*Escritora e investigadora ecuatoriana radicada en Nueva York.

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