30 de mayo de 2017 00:00

Tres artistas mantienen a flote la identidad de Playas Villamil

Los artistas Álex Yagual, Víctor Escalante y Berny Saldarriaga luchan por la sobrevivencia de las balsas. Foto: Mario Faustos/ EL COMERCIO.

Los artistas Álex Yagual, Víctor Escalante y Berny Saldarriaga luchan por la sobrevivencia de las balsas. Foto: Mario Faustos/ EL COMERCIO.

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Elena Paucar
Redactora
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(F-Contenido Intercultural)

Cuando Víctor Escalante Yagual recuerda, el pasado parece revivir. “Esta playa era repleta de balsas de pescadores, era colosal”, cuenta, frente al mar de General Villamil. Fue en 1960, cuando él era un muchacho.

“El palo de balsa traían desde Quevedo (en la provincia de Los Ríos). Y aquí hacían los amarres para armarlas”, conversa frente a las pocas que reposan sobre la arena caliente.

A partir de los años 70, las fibras con motores fuera de borda empezaron a dejarlas varadas, sumergiendo en el olvido un legado ancestral. Aquí, en la costa de Guayas, vivieron diestros navegantes de las culturas Valdivia (4500 a.C. al 2000 a.C.) y Huancavilca (500 a.C. al 1500 d.C.).

Impulsados por el viento, los chanduyes, chongones, colonches y puneños recorrieron las comunas de Engunga, Engabao hasta la isla Puná. Así lo relata el libro ‘Historia de Playas’.

El historiador y gestor cultural Álex Yagual Muñoz es uno de los autores y parte de un grupo de artistas que ahora navega contracorriente para mantener a flote la tradición de la balsa. Esta milenaria embarcación fue reconocida en el 2015 como Patrimonio Cultural Inmaterial de Playas y no quieren que esa huella histórica se diluya en el mar.

“El primer registro que hay de las balsas es el encuentro entre Francisco Pizarro y los navegantes de la zona costera. Era la balsa transoceánica, de vela cuadrada y con muchos palos”, relata Yagual.

El material era enviado por los dioses. Se cree que los troncos flotaban por el río Guayas y llegaban al mar, donde fueron aprovechados sabiamente por los pueblos costeros. Para juntar los palos usaron cabuya, con amarres firmes.

Hoy sobreviven tres: la de tres palos con vela, que flota sobre los piedreros donde se esconde la apetecida corvina; la de cinco palos, que sirve para las faenas de pesca con red de arrastre y a remo; y una muy pequeña, de apenas metro y medio, utilizada para sacar ostras en Punta Chopoya, junto a Puerto Engabao.

Es posible verlas todas en Playas, donde algunas se exhiben en el malecón. Sus velas se han convertido en lienzos que muestran la esencia de esta tierra. Escalante plasmó sardinas y chuhuecos, peces que abundan en el mar de Playas.

Antes de ser artista plástico fue pescador, y el oficio que aprendió de su padre se imprime en sus obras. “Cuando me piden un dibujo, sé cuántas patas tiene un calamar y cuántas agallas tiene un tiburón, porque lo he vivido”.

En su taller, en medio de una marejada de herramientas y de materiales, diseña balsas en miniatura, pescadores y atunes tallados en madera; y barcos teñidos de acuarela. En estos días trabaja en una propuesta a pequeña escala, que servirá de modelo para construir un nuevo monumento a la balsa. Es su forma de dar impulso a la identidad playense.

Yagual tomó un fragmento de la tradición oral de Playas y creó, entre pinceladas, una manta raya sobre otra de las velas. “Es una leyenda. Cuentan que un pescador lanzó su atarraya y el animal se lo llevó mar adentro. A través de la pintura, transmitimos nuestra identidad”.

Cerca, en otra vela, un surfista parece cobrar vida con la furia de la brisa marina. Es el diseño de Berny Saldarriaga Yagual, un joven artista e instructor del Centro Intercultural Cacique Tumbalá.

El sitio lleva el nombre de quien dominó estas tierras, rebelde ante incas y españoles, servidor del dios Tumbal, señor de la guerra. Saldarriaga acumuló todos esos rasgos en un montón de masilla y moldeó con sus manos el rostro de Tumbalá, un busto que reposa en la entrada al taller.

Adentro, hasta las puertas están plasmadas con su arte. Hay paisajes de balsas y una leyenda reza que solo existen tres lugares en el mundo donde aún navegan: en Cabo Blanco, Perú; en el delta del Amazonas en Brasil; y en Playas, Ecuador. “Lo mío es el arte contemporáneo”, dice al mostrar dos de sus recientes creaciones: una escultura de dos surfistas de chatarra, elevando un pez erizo que él halló en la playa; y una balsa que cubrirá con monedas cobrizas de 1 centavo.

A más de su afán por mantener la herencia de los antiguos navegantes, estos artistas playenses están ligados por el apellido Yagual, típico de la zona y sinónimo de guerreros del mar y de la tierra. Somos -dice el historiador Yagual- sinónimo de soberanía territorial, y eso es lo que queremos revalorizar para la identidad nacional, a través de la balsa.

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