21 de enero de 2018 00:00

No hay espacio para el macho alfa

Óscar Santillán estuvo de paso por Quito, antes de regresar a Holanda, donde reside desde hace varios años. Después de la entrevista asistió al concierto de Mesías Maiguashca.

Óscar Santillán estuvo de paso por Quito, antes de regresar a Holanda, donde reside desde hace varios años. Después de la entrevista asistió al concierto de Mesías Maiguashca. Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO

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Gabriel Flores
Redactor (O)

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Las reflexiones sobre las nociones de género, lo masculino y el macho han sido una constante en el trabajo del artista milagreño Óscar Santillán. Hace unas semanas compartió algunas de esas indagaciones en un conversatorio en el espacio Violenta de Guayaquil y hace pocos días, antes de regresar a Holanda, donde reside actualmente, volvió a abordarlas, en una conversación en una pequeña cafetería ubicada en el barrio La Floresta de Quito.

Hay teóricos que sostienen que la masculinidad está en crisis desde el siglo XIX, ¿usted qué piensa?

Sin duda las críticas feministas han sido importantes para desmantelar o al menos visibilizar todas esas áreas dañinas de la masculinidad. Yo no sé si estamos viviendo una crisis de la masculinidad, lo que sí estamos viviendo es una crisis del macho. Vale la pena preguntarse qué queda de la masculinidad una vez que remueves toda noción del macho, qué tipo de sensibilidades hay en lo masculino si quitas al macho del medio. Ese es un territorio que como artista siempre me ha interesado explorar.

¿El macho alfa se ha logrado adaptar al nuevo contexto social o es una especie de inadaptado?

Creo que en nuestra sociedad deben existir espacios para ciertos tipos de liderazgos, pero no pueden ser liderazgos construidos desde esta idea del macho alfa. Definitivamente creo que ya no hay espacio para él en la sociedad que deberíamos construir en el siglo XXI. Por el miedo a perder su espacio de dominio social, el macho alfa se ha revelado con una violencia tremenda. La llegada de Donald Trump al poder en Estados Unidos es el ejemplo perfecto de la reacción defensiva de los valores más conservadores y violentos de la sociedad en la que vivimos.
Esa reacción defensiva también ha sido develada gracias a las denuncias de acoso sexual, que empezaron en Hollywood.

Estamos viviendo una revolución que tiene que ver con una reflexión profunda sobre los roles y la construcción de género, y creo que eso es evidente en dos aspectos. Uno es que están rodando cabezas. Las cabezas de aquellos machos que estaban en la cima de la pirámide. Por otro lado, creo que eso nos debería servir a todos como un espejo, porque es fácil señalar al otro, pero sin duda hay algo de ese macho prepotente en los valores en los que hemos construido nuestra sociedad y en aquellos valores que están enraizados dentro de todos nosotros.

¿En este contexto, la virilidad es un ‘atributo’ que está en decadencia?

En ese repensar de acciones y de palabras y de esa posibilidad de lo masculino sin el macho, me interesa pensar en la sexualidad sin la virilidad. Creo que si eso fuera posible no le estamos restando algo a una ecuación sino más bien estamos expandiendo exponencialmente las posibilidades de la sexualidad humana.

Estamos destruyendo las paredes que han tenido tan estrechamente definida la sexualidad humana. Algo que me intriga mucho es que la mayor parte de las personas, en nuestras sociedades, se niega a revisar la manera en la que sus nociones de género se han construido.

¿Por qué los hombres seguimos aferrados a ideas como la de ser los conquistadores, los protectores y los proveedores?

La posibilidad de la conquista entendida como seducción tiene que permanecer abierta en la sociedad. La posibilidad de seducir en un juego al otro debe ser celebrada. También creo que vivimos en un momento en que la palabra protección debe ser entendida como la protección de todos, sin importar género o color de piel. Incluso esa protección debe ser ampliada al medioambiente. En relación a lo de proveedores creo que hay leyes que auspician una paridad en las oportunidades económicas de hombres y mujeres. Ese cambio no se ha logrado totalmente, pero sin duda es mejor que hace décadas atrás.

¿Por qué lo masculino se sigue viendo como una oposición a lo femenino?

La distinción entre masculino y femenino es un campo abierto de discusión. Incluso la distinción que se ha tratado de hacer entre el cerebro del hombre y el de la mujer es muy debatida en el terreno de la neurociencia porque, entre más se conoce, esa distinción se hace menor. 150 años atrás la frenología buscaba explicar los comportamientos humanos desde un dogma biologicista y esa explicación fracasó. Lo que llamamos masculino y femenino, sin duda, es una construcción social.

¿Cree que hay una presión social por feminizar lo masculino?

Creo que los hombres heterosexuales, homosexuales o de cualquier opción de género nos beneficiaríamos muchísimo de tener una educación y una vida más cercana a lo femenino.

¿La masculinidad está fragmentada, hay distintas masculinidades?

La vida misma está fragmentada. El universo es un caos maravilloso y en ese caso la masculinidad está maravillosamente fragmentada. Creo que la masculinidad únicamente puede ser unificada en un régimen excluyente fuertemente religioso donde se elimina todo aquello que no pueda entrar en ese molde.
Michael Kimmel es un teórico que ha estudiado la masculinidad tradicional y sostiene que esta se sustenta en cuatro premisas. Una de ellas es: nada de mariconadas.

Maricón y mariconadas son palabras con una tremenda complejidad. En cualquier caso son palabras que invocan debilidad. La mariconada implica una vía alternativa de aquel que la sociedad caracteriza como débil para existir. No estoy seguro, pero valdría la pena hacer una reivindicación de lo que esa palabra significa porque en la debilidad hay la oportunidad de encontrar otras vías de existencia. Siempre he admirado mucho a mi hermano mayor. Mi noción de ‘performar’ y ser entre comillas un hombre era parecerme a él, emularlo. A medida que fui creciendo me di cuenta de que no podía emular el tipo de personaje que caracterizaba y que tenía que encontrar otra manera de existir. Ahí ingresa en mi vida la noción del ficcionador. Es una alternativa que uno pudiera sugerir no únicamente como masculina, ya que el ficcionador al no poder cumplir sus planes de manera directa, busca unas formas elusivas de interactuar con la realidad para modelarla ligeramente y poder insertarse en ella. En cierta medida esa es una de las razones por la cual soy artista.
La obra ‘La Clarivedencia’ sería un ejemplo de ese trabajo que tiene como ficcionador.

En mi trabajo como artista siempre he buscado crear una conexión de lo sensible con lo masculino y no pensar que lo sensible es únicamente un territorio de lo femenino. En ese sentido La Clarividencia, sin duda, crea esa conexión. La fotografía documenta un momento en el que un caballo observa con cierta fascinación una burbuja de semen que flota frente a él y que fue hecha con sus propios fluidos. Gran parte de mi trabajo consiste en pensar nociones de sensibilidad o de ficcionador.

¿Cuándo fue la primera vez que se sintió vulnerado por la necesidad de mostrarse frente a los otros como un ‘macho’?

Esta vulnerabilidad que viene con el hecho de sentirse incómodo en el rol del macho es una vulnerabilidad que en mi caso la asumí desde el rol alternativo que había desarrollado como ficcionador. Recuerdo que cuando tenía 7 años, en la escuela los niños molestaban a un niño que tenía capacidades cognitivas diferentes. Mi madre y padre me habían enseñado a respetar a las personas y a los animales y por eso sabía que estaba mal molestar a ese niño. Recuerdo no haber participado de ese ‘performance’ de humillación de niños que ejercían sus primeros pasos en el camino a convertirse en machos, pero siento algo de vergüenza por no haber hecho nada contra ellos. Es algo que el papel del ficcionador no logra solucionar.

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