14 de May de 2015 20:59

Arístides Vargas ‘Malayerba siempre será un lugar de experimentación, donde me siento libre’

Arístides Vargas es uno de los fundadores del grupo de Teatro Malayerba.   En los próximos meses dirigirá la obra ‘La república análoga’, en el Teatro Cervantes de Buenos Aires. Foto:  Paúl Rivas/ EL COMERCIO

Arístides Vargas es uno de los fundadores del grupo de Teatro Malayerba. En los próximos meses dirigirá la obra ‘La república análoga’, en el Teatro Cervantes de Buenos Aires. Foto: Paúl Rivas/ EL COMERCIO

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Gabriel Flores
Redactor (I)

Arístides Vargas está sentado en una butaca de la tercera fila en el Teatro Malayerba. Durante el ensayo de ‘Francisco de Cariamanga’, la obra que escribió hace 25 años, su mano izquierda permanece apoyada sobre el mentón y su mirada fija en dirección al proscenio.

Al final del ensayo, este argentino-ecuatoriano de cabello cenizo y 60 años, camina presuroso hacia el tercer piso de la mítica casa ubicada frente al parque de La Alameda. Durante 30 minutos, sentado en una vieja silla de tela verde, reflexionará sobre el porqué del reestreno de esta obra y sobre una de las obsesiones de su vida, el grupo Malayerba, que está celebrando sus 35 años de existencia con esta reposición. Ha dicho que Malayerba ha pasado por distintas etapas: la de trabajo colectivo, de autor y de formación de actores.

¿En qué etapa se encuentra ahora el grupo?

En este momento creo que el grupo está pasando por una etapa de transición. Después de 35 años de trabajo estamos viendo que nuevas generaciones están tomando la posta. Esto es importante porque implica un cambio en el lenguaje teatral y estético. Creo que este proceso es la única forma de garantizar que un grupo como Malayerba sobreviva.

¿Cuáles son estos cambios estéticos que menciona?

El grupo empezó haciendo una especie de teatro enraizado en la tradición política. Creo que ahora se está cambiando a una especie de visión subjetiva de lo político. Ya no lo político como enunciado, sino como la vivencia interna desencadenante de universos políticos. Lo político no como consigna sino como vivencia emocional.

Malayerba ha sido una escuela para cientos de actores del país. ¿Cómo ha evolucionado esa preparación?

La formación para nosotros es fundamental. El grupo tiene un laboratorio. Todos los chicos en este montaje de ‘Francisco de Cariamanga’ fueron alumnos de este espacio.

¿Cómo se ha adaptado Malayerba a los nuevos públicos que han surgido?

En nuestras funciones hay mucho público joven. Malayerba es un espacio que experimenta con formas teatrales que responden a diferentes tipos de públicos. Malayerba genera claves estéticas que pueden ser desentrañadas por las nuevas generaciones, pero también por la gente que siempre viene a nuestras obras.

Después de estos 35 años, ¿qué representa Malayerba en su vida?

Para mí, Malayerba fue, es y será un lugar de investigación. Es el lugar donde yo me siento con mayor libertad para experimentar conceptos que en otros lados no tienen cabida. En ciudades como São Paulo o en Buenos Aires no he encontrados lugares de experimentación como este.

¿Qué es lo que más disfruta de Malayerba a sus 60 años?

Disfruto mucho dirigir al grupo. Hay espacios como el académico, donde es imposible traducir mis obras porque se tiende a formalizar la experiencia. Para mí lo importante es desformalizar y dispersar las experiencias en diferentes claves estéticas y artísticas.

¿El teatro contemporáneo se ha vuelto más académico?

No. Lo que se ha vuelto más académico es el discurso teatral. El teatro, como siempre, sigue siendo artesanal. Seguramente en algún tiempo el discurso cambie porque el teatro es un mundo cíclico.

¿Por qué reeditar una obra que se estrenó hace 25 años?

La decisión no fue mía sino del grupo. ‘Francisco de Cariamanga’ fue la primera obra que escribí , el primer trabajo de escritura de un integrante del grupo por esos años. Esta obra es una tragedia que habla de la soledad, del autoritarismo y del miedo. Se sitúa en una tierra donde el miedo es algo abstracto que atraviesa todas las relaciones. El miedo en una sociedad asimétrica. Una metáfora de otras sociedades.

¿Una metáfora que está vigente en Latinoamérica?


Por supuesto. Creo que el ejercicio de libertad no debiera ser negociable. Lamentablemente desde el poder se coarta la posibilidad de ser libres, de expresión y de diálogo. Cuando empecé a trabajar en este montaje me di cuenta de la vigencia que seguía teniendo la obra. Es impresionante porque fue hace 25 años y parece que el tiempo no hubiera transcurrido. Las preguntas que se hace Francisco tienen plena vigencia. Eso responde el porqué esta nueva generación de actores quiere hablar sobre las cosas que se cuestionan en ‘Francisco de Cariamanga’.

¿Aspectos como el de la disciplina?

Sí. Para escribir la obra partí de un concepto sartriano que dice que el hombre es lo que han hecho de él, ¿qué hicieron con Francisco? Él vivía en una sociedad altamente disciplinada, represiva, coercitiva. Era un tipo que no podía entender la vida más allá de las normas, como si la vida fuera un esquema, cuadriculado, y la vida no es así, es más impredecible y azarosa.

¿Esta obra refuerza la idea del teatro como antipoder?

Sí. La obra es fundamentalmente antimilitarista. No solo plantea los problemas que el hombre tiene en las relaciones sociales sino también en su interior, en su existencia, en su vida con preguntas fundamentales.

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