11 de octubre de 2015 00:33

Los árboles y el diseño urbano

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Víctor Vizuete
Editor (O)

Una ciudad sin árboles es como una niñez sin sonrisas. Los árboles y demás plantas forman el complemento natural de los espacios construidos, muchos de ellos aburridos, sosos, feos y antifuncionales. Ponen, asimismo, color y variedad a unas urbes que, como Quito, se han dejado ganar del gris del hormigón armado. Un parterre sin árboles y flores es un desierto de cemento.

La escasez de espacios libres para que la naturaleza complemente las construcciones ha hecho que arquitectos y constructores busquen soluciones como las terrazas ajardinadas o los muros vegetales. Son alternativas que, además de poner color y variedad, ofrecen a los edificios otros beneficios como un mejor aislamiento térmico, una optimización de la climatización natural y más beneficios. Es decir, mejoran la sostenibilidad del inmueble, ahora que esta disciplina está en la mente de todos.
Todos estos avances para reintegrar la naturaleza a la ciudad son válidos, pero insuficientes. Esto es especialmente notorio en la arborización de avenidas, calles y parterres, que sufren una verdadera anemia verde, por lo mal cuidados que se encuentran.
Basta un ejemplo para evidenciar esa carencia: el 90% de los parques públicos del sur de la capital está en un abandono penoso; muchas veces por culpa de sus vecinos, quienes los destruyen apenas el Municipio los inaugura.

Las avenidas y calles de este mismo sector sufren del mismo mal: ausencia o insuficiencia de árboles y plantas decorativas.
Lo raro es que Quito tiene normas específicas, que están registradas en la Legislación y Normativa para la Gestión del Suelo en el Distrito Metropolitano, para arborizar y decorar esos espacios públicos. Falta una mejor gestión de parte de las autoridades y… más ciudadanos conscientes.

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