2 de febrero de 2016 00:00

Los apodos son una costumbre entre los kichwas de Imbabura

En Peguche, Otavalo, vecinos como José Alejandro Terán ‘don algodón’ (centro) son conocidos más por su mote. Foto: José Luis Rosales / EL COMERCIO

En Peguche, Otavalo, vecinos como José Alejandro Terán ‘don algodón’ (centro) son conocidos más por su mote. Foto: José Luis Rosales / EL COMERCIO

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José Luis Rosales
Redactor (I)

En algunas comunidades kichwas de Otavalo, en Imbabura, los vecinos son conocidos más por sus ‘motes’ que por sus nombres. Los apodos se toman a partir de características físicas y anímicas de cada sujeto o de alguna anécdota. Entre las mujeres no es común esta costumbre.

Los sobrenombres quedan pegados en los individuos, como si se tratara de un tatuaje para toda la vida. Es el caso de uno de los músicos de Peguche, que es conocido como ‘Taita Pique’, más que como José Segundo Gramal.

Tiene 79 años. Cuando aún era un niño, asumió el apodo de pique, un pequeño animal invertebrado que afectaba a los cultivos de papa. Explica que por su baja estatura apresuraba más el paso para igualar al de los mayores, mientras caminaban de Peguche a Otavalo o viceversa.

“Vos pareces un zanca pique”. Así le bautizó un vecino, marcándolo para siempre. Es una historia parecida a la de José Alejandro Terán, más conocido como ‘Don Algodón’. Este kichwa otavaleño, de 82 años, recuerda que su mote se ganó tras disputar un cotejo de pelota de mano.

“Me caí más de una vez al intentar atrapar la bola y por eso un amigo me gritó que tenía piernas de algodón. Desde ahí me conocen así”. Entre los comuneros, los apelativos no son una ofensa sino una forma de identificación y pertenencia a un grupo social, explica Germán Muenala, especialista en Interculturalidad.

Incluso asegura que es común que cuando alguien pregunta por el nombre de un vecino, la mayoría responde que no le conocen. Pero la cosa cambia cuando apenas se menciona el sobrenombre.
Muenala, oriundo de Otavalo, que sobrepasa el 1,80 m de estatura es conocido como ‘Guaguazo’. Sonríe y dice que está demás la explicación.

Gramal y Terán son apasionados por la música. ‘Taita Pique’ fue fundador e integrante del desaparecido conjunto de música y danza Peguche. En la década de 1960, fue uno de los primeros grupos que recorrió América y Europa.

‘Don Algodón’, en cambio, es uno de los últimos arperos solicitados para las ceremonias como matrimonios, bautizos y velatorios indígenas. El uso de apelativos se aplica a niños, jóvenes y adultos. A profesionales, campesinos y artesanos. Es decir, a todos.

Es una costumbre arraigada en parcialidades indígenas, explica Raúl Amaguaña, presidente del Cabildo Kichwa de Otavalo. “He visto que esta costumbre también hay en kichwas de Cotacachi y en Ibarra”.

Considera que esta tradición proviene de hace varias décadas. Incluso, indica que en tiempos pasados los padres para poner los nombres a los hijos lo hacían en base al parecido físico con un familiar o porque el nacimiento coincidía con algún hecho especial.

En la mayoría de casos, los apelativos no se heredan. José Alejandro Terán tiene cuatro hijos. Explica que sus dos varones se han labrado sus propios sobrenombres. Uno de ellos es Hernán, mejor conocido como ‘Matamba’. Así le dicen los vecinos por su habilidad para jugar fútbol.

Por varias temporadas, Hernán actuó en la selección de Peguche. Fue tres veces campeón del ‘Mundialito Indígena’, recuerda ‘Don Algodón’.  Se trata de un torneo que se disputa en el Pawkar Raymi (Fiesta del Florecimiento).

Los apodos de los kichwas de Otavalo, incluso, han rebasado fronteras. Con un tono de orgullo, José Segundo Gramal señala que también es conocido a escala internacional como ‘Taita Pique’. Este virtuoso de la guitarra, el violín y el charango ha recorrido México, Inglaterra y España. En este último país vivió por varios años.

Ahora, algo similar sucede con varios de los descendientes de Gramal. Tiene nueve hijos. A Segundo, que vive en Noruega, todos le dicen ‘Caracol’. Mientras que a Humberto, que reside en Barcelona, España, le conocen como ‘Maldi’.

El apelativo es apócope de maldición, una de las palabras favoritas, recuerda su padre. Segundo y Humberto también son músicos. Ellos integran el grupo Winiaypa (Para seguir creciendo, en español).

Como muchos artesanos y músicos indígenas de Imbabura, por estos días están de retorno al país huyendo del invierno en el norte del planeta. Su arribo coincide con la celebración del Pawkar Raymi, en donde todos se saludan usando sus apodos.

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