18 de mayo de 2015 20:48

Los alimentos transgénicos necesitan una etiqueta especial

Entre los agricultores que optan por los cultivos agroecológicos se ha evidenciado una mejora en su calidad de vida. Foto: Archivo/ EL COMERCIO

Entre los agricultores que optan por los cultivos agroecológicos se ha evidenciado una mejora en su calidad de vida. Foto: Archivo/ EL COMERCIO

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Diego Ortiz
Redactor (I)

Azúcar, sal y grasa. La semaforización de los alimentos en el Ecuador ha cambiado, de cierto modo, la forma en la que los consumidores se acercan a las perchas de los supermercados.

Estas etiquetas advierten los niveles de los componentes en lo que consumen y es por ello que Jeffrey Smith, uno de los principales activistas agroecológicos de los Estados Unidos, pone especial interés en este sistema de información nutricional.

Para él, este es el momento en el cual se puede producir un cambio en la mentalidad de los consumidores ecuatorianos. A su criterio, no solo se debería saber si un refresco es rico en azúcar o si un caramelo es bajo en sal. También es necesario conocer si los productos con los que se elaboraron (maíz, trigo, soya...) fueron modificados genéticamente, es decir, saber si estos componentes son transgénicos o no.

¿Cuál es la importancia de un etiquetado específico de este estilo? Smith advierte que los alimentos transgénicos, debido a toda la investigación y cambios a escala genética, afectan directamente a la salud humana y animal en distintos niveles.

No solo estaría en relación directa a la aparición de reacciones alérgicas cutáneas, por ejemplo, está también el hecho de que -según las investigaciones en las que ha participado- se estaría cambiando la información genética de las nuevas generaciones.

Sin embargo, no todos los alimentos transgénicos tendrían esta influencia negativa en los humanos. El biotecnólogo ecuatoriano Milton Reyes pone aquí en discusión el papel que ha ejercido el biólogo argentino Francisco Barro en el desarrollo de una clase de trigo sin gluten y que puede ser consumido por personas con enfermedad celíaca, que afecta a casi el 1% de la población mundial.

Para quienes la padecen, comer gluten (proteína que se puede encontrar en el trigo, el centeno y la cebada), desemboca en cuadros clínicos con diarreas, vómitos, daño a las vellosidades del intestino, pérdida de peso, entre otros.

Según Reyes, el desarrollo de este trigo —que se encuentra en la etapa de licencias ambientales para un cultivo piloto en Córdoba, Argentina— desmiente la idea de que todos los alimentos transgénicos representan un riesgo para la salud.

Recuerda además que, incluso en Ecuador, se ha trabajado en laboratorios para la creación de plátano y banano resistentes a la sigatoka negra, causada por el hongo Mycosphaerella fijiensis y que se aloja principalmente en las hojas de estas plantas provocando rayas o estrías de tono marrón.

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), esta enfermedad hace que los racimos y los frutos crezcan de menor tamaño.

Al utilizar semillas modificadas, él afirma que se ha reducido el uso de pesticidas en las plantaciones locales.

De acuerdo con el informe del Servicio Internacional para la Adquisición de Aplicaciones Agrobiotecnológicas, en el período comprendido entre 1996 y 2013, los cultivos transgénicos crecieron 100 veces más, lo que representa 170 millones de hectáreas en todo el mundo.

Este rápido crecimiento de este tipo de cultivos alerta a Mariela Vintimilla, experta en nutrición e investigadora quiteña. Para ella, en el país es momento de informar al consumidor sobre las posibles consecuencias sobre su salud.

Al decir esto, ella se remite a la investigación publicada por el cardiólogo estadounidense William Davis en su libro ‘Wheat Belly. Total Health’ (Vientre de maíz. Salud total). En este libro, y en colaboración con médicos de distintas regiones de su país, se documenta cómo se redujeron los índices de diabetes, enfermedades cardiorrespiratorias, obesidad y otras afecciones al sistema inmune al inducir a sus pacientes a la ingesta de productos agroecológicos.

Sobre este punto, Smith explica que en las pruebas realizadas en los Estados Unidos se ha comprobado la disminución de los niveles de autismo y del síndrome de atención dispersa al descartar frutas, vegetales y otros alimentos modificados genéticamente como parte de la dieta de los infantes.

Asimismo, el estadounidense comenta que entre los agricultores que optan por los cultivos agroecológicos se ha evidenciado una mejora en su calidad de vida. Esto porque no se encuentran expuestos a los pesticidas y otros químicos que forman parte de la cadena de producción propuesta desde la ingeniería genética y aplicada a la agricultura.

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