16 de octubre de 2016 00:00

Alexander von Humbold visto a través de la historia

A través de sus expediciones y escritos, Humboldt alentó a los artistas a vivir la naturaleza y promovió la pintura paisajista como una manera de transmitir la complejidad de un lugar determinado.

A través de sus expediciones y escritos, Humboldt alentó a los artistas a vivir la naturaleza y promovió la pintura paisajista como una manera de transmitir la complejidad de un lugar determinado. Foto: Archivo

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Diego Ortiz
Coordinador (O)
ortizd@elcomercio.com

"En una época en la que otros científicos buscaban leyes universales, Humboldt escribía que la naturaleza había que experimentarla a través de los sentimientos”.

Con esta frase, la historiadora Andrea Wulf describe a una de las mentes más fascinantes del siglo XIX, Alexander von Humboldt, en lo que representará una de las empresas más complicadas (y exitosas) de su carrera investigativa: la publicación de ‘La invención de la naturaleza’.

El libro de Wulf es más que una mera biografía más del padre de la geografía moderna. Es una guía a través de la cual el lector llega a inhóspitos caminos de la vida de uno de los naturalistas más apasionados que ha existido jamás.

Las descripciones de Wulf no son un mero recuento de hechos históricos. Son, más bien, el resultado de una obsesión de una historiadora que intenta develar el rostro del explorador alemán más célebre del siglo XIX.

Un ilustrado para quien el saber científico no era exclusivo de pocos, sino que significaba una oportunidad para ampliar la visión de todos. Muestra de ello sería uno de sus viajes de retorno desde América hacia Europa, tierra a la cual llegaría con cientos de plantas para analizar.

Sin embargo, él repartiría todo este material entre España, Francia y Alemania con el fin de que otros investigadores se involucraran en su proyecto de descubrir un continente lleno de posibilidades.

El Humboldt de Wulf era exactamente eso: una mente que iluminaba a todos. Sus más de 6 000 cartas son el testimonio fehaciente de que su interés no era comprender para sí mismo los mecanismos de la naturaleza.

Para determinar esta entrega hacia una ciencia de acceso universal, a Wulf no le bastaría revisar los archivos de Humboldt guardados en Berlín, el lugar de origen del científico.

Ella iría más allá de las fronteras de la capital alemana, incluso escalando el Chimborazo con la finalidad de experimentar aquella adrenalina que inspiró uno de los capítulos más célebres de las expediciones de Humboldt: el ascenso al coloso de los Andes.

“Durante tres años, Alexander von Humboldt había recorrido toda Latinoamérica y penetrado en tierras a las que pocos europeos habían ido antes (...). Para el ascenso al Chimborazo había dejado atrás la mayor parte de su equipaje, pero sí disponía de un barómetro, un termómetro, un sextante, un horizonte artificial y un aparato llamado cianómetro, con el que podía medir el azul del cielo”.

En Humboldt, la investigación no estaría limitada a la tranquilidad de un laboratorio; sus observaciones las realizaría en pleno campo, manipulando y tomando nota detallada de todo lo que se encontraba a su paso.

Aquella minuciosidad que convirtió a Humboldt en una leyenda viva traspasó las fronteras de la ciencia. El mismo Simón Bolívar diría que el alemán fue el “descubridor científico del Nuevo Mundo cuyo estudio ha dado a América algo mejor que todos los conquistadores juntos”.

El Humboldt que perfila Wulf en su texto es, además, un hombre para quien la ciencia no es el único método para llegar a describir el mundo. Sus relaciones con el arte, la poesía y otras prácticas similares lo ayudaron a ampliar su espectro de pensamiento.

Muestra de ello son las conversaciones que sostuvo con Goethe, de cuyas letras aprendería que los organismos vivos no son máquinas con piezas que se desmantelan; que flora y fauna son sistemas orgánicos que tienen forma y funcionamiento como un solo conjunto.

El pensamiento integral de Humboldt es, para la historiadora, origen de lo que ahora conocemos como ecosistema. En un momento en el cual el humano asumía un rol todopoderoso sobre la naturaleza, el científico alemán diría que todo está conectado; que el equilibrio natural implica una relación sana entre las partes que forman parte del mundo.

¿Qué permitió que Humboldt construyera una visión unificadora de los campos del saber? Wulf tiene una sola respuesta: la no-distinción entre ciencia y artes.

Humboldt hizo exactamente lo que nuestra época ha olvidado: ver al conocimiento como un todo; una suerte de engranaje de reloj en el que cada parte permite el funcionamiento íntegro del dispositivo.

Gracias a Wulf, el lector del siglo XXI entra en contacto con uno de los hombres más enigmáticos de la Ilustración. El libro, además de recorrer los pasos del alemán en sus viajes por la geografía de América o Europa, reconoce y revaloriza sus casi 70 años de intensa labor científica.

Como lo deja por sentado la historiadora, Humboldt abre la posibilidad para pensar en el ecologismo una centuria antes de que siquiera este concepto fuera teorizado en las academias.

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