20 de noviembre de 2016 00:07

Alberto Salcedo Ramos: Oír al otro es una forma de oirse a uno mismo

Alberto Salcedo Ramos ejerce el periodismo hace 30 años y lo hace con excelencia, como lo testimonian los varios premios que ha recibido. Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO

Alberto Salcedo Ramos ejerce el periodismo hace 30 años y lo hace con excelencia, como lo testimonian los varios premios que ha recibido. Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO

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Ivonne Guzmán

El periodista colombiano Alberto Salcedo Ramos es una feliz combinación de inteligencia, simpatía y excelencia en el oficio; un hombre que lleva 30 años escuchando a los otros y tratando de entender cómo y por qué hacen lo que hacen.

Es decir, la persona perfecta para ayudarme a descifrar la otredad, en momentos en que con los triunfos de Donald Trump en Estados Unidos o el ‘no’ en Colombia el pacto social parece lejano y la frustración por las decisiones de los otros –que inciden en la vida de todos– parece imponerse.

¿El infierno son los otros, como dijo Sartre?

Sí, el infierno son los otros. Pero como nosotros tenemos algo de los otros, también nosotros somos el infierno. Nosotros somos el infierno de nosotros mismos y el infierno de los demás.

¿A veces odiamos en el otro lo que en realidad odiamos o nos avergüenza en nosotros mismos?

Normalmente lo que un ser humano descubre en el otro y empieza a odiar es justamente lo que él mismo tiene; por eso es lo primero que ve en los demás.

¿No es natural temer al que consideramos diferente?
Claro, ese es el primer impulso; es un impulso animal. Pero luego uno estudia, y a uno le sacan el salvaje con el que viene al mundo. La educación consiste en ayudarte a combatir el salvaje interior.

Ese que está odiando y agrediendo a la gente.

Claro. Una vez que has aprendido a convivir con ese salvaje ya puedes convivir mejor con lo otro. Porque no son solo los otros, sino también lo otro, que incluye ideas, costumbres distintas...

¿Caben el temor y el desprecio al otro en un mundo integrado como el de hoy?

Mira, el hombre por mucha colonia que se unte en el cuerpo, por mucho mundo que recorra, sigue siendo tribal. Su organización por excelencia es el gueto. Y no se trata de dejar de pertenecer al gueto, es posible que yo también tenga mi gueto; todos lo tenemos. Pero sí se trata de por lo menos hacer el esfuerzo de entender el gueto del que está allá.

¿Crees que el triunfo de Trump, del ‘brexit’ o del ‘no’ en Colombia nos enfrenta a lo difícil y frustrante que es a veces entender al otro?

La política se mueve por el sistema del péndulo. Hay un momento en el que la tendencia cambia hacia el otro extremo porque la gente se fatiga. Esa derechización del mundo hace parte del movimiento del péndulo hacia el otro extremo, después de haber estado algunos años más tirado hacia la izquierda. Hagamos lo que hagamos, siempre va a haber un político que no nos gusta. Y ese político es un otro que me genera un poco de indiferencia, pero lo respeto como persona.

El político es un otro lejano, pero ¿cómo convivimos con las razones de los otros que son cercanos y que no comprendemos?

Yo creo que hay muchas maneras de convivir con lo otro. Una es pensar en que, hagas lo que hagas, siempre vas a estar a tiro de alguien que no te interesa o que tiene un credo distinto al tuyo y no lo vas a matar por eso, ¿no? Hemos avanzado lo suficiente en la historia como para convivir con eso; no es una hazaña además.

Es lo mínimo.

Es un deber. Pero eso no quiere decir que uno acepte ciertas cosas del otro cuando este es asesino, violador… En ese caso, uno está obligado a dejar en evidencia al otro.

¿Estar en la piel del periodista te ha facilitado entender las varias otredades que interactúan en la sociedad?

Yo suelo no solo entender al otro, sino buscar en el otro lo que hay de mí.

¿Como ejercicio profesional o por tu personalidad?

El periodismo me hizo una mejor persona, porque me pone en situaciones de oír al que como ser humano a veces no quiero oír. Entonces es curioso, llego a un punto en el que voy a hablar con alguien porque el trabajo me pone a hablar con él, y una vez que estoy frente a él me siento tan contento como ser humano. Llego como periodista y la alegría la siento como persona.

¿Empiezas a entender las razones de las que quizá no querías ni oír?

Así es. En Colombia hay un periodista que se llama Javier Darío Restrepo, y él compara al otro del periodismo con el prójimo de la religión.

Al que hay que amar como a uno mismo.

Yo no sé si pueda amar al prójimo, necesariamente, pero puedo hacer el esfuerzo de entenderlo, de preguntarme por qué hizo eso. E incluso elevar la apuesta y preguntarme: ¿No sería que yo también hubiese hecho lo mismo en las circunstancias en las que él estuvo?

¿Cuál es un buen ejercicio para estar cómodos en los zapatos del otro y comprenderlo, aunque no estemos de acuerdo?

Cuando empecé a leer, empecé a entender al otro también, porque conocí a personajes que eran ficticios, pero eran el otro. En Madame Bovary, esa adúltera parecía mi vecina; a esa adúltera yo la conocía. Me gusta leer porque en los libros oigo voces que me ayudan a oír mejor mi propia voz. Y oír a los otros es una forma de oírse mejor a uno mismo.

Entonces quizá el único paso de este ejercicio es escuchar, ¿no?

Oír es una maravilla, sí.

¿Qué crees que le espera a un mundo que no solo no reconoce la otredad sino que la desprecia?

Bueno, yo me temo que eso no empezó ayer. Hoy está exacerbado, se nota más. Pero el hombre siempre ha sido así: arrogante, soberbio, competitivo, territorial. La única evolución fue que perdimos la cola.

Entonces vamos a sobrevivir y el mundo seguirá andando.

Sí. El pez grande se come al chico y luego llega el hombre y se come al pez grande, o sea…

¿Qué nos pasa cuando, aunque nos dé miedo o nos genere rechazo, hacemos el esfuerzo de aceptar y entender al otro?

Yo sí tengo claro que puedo aceptar al otro, pero hay ciertos otros con los que no conviviría; y pasa en todo, en el amor, en la amistad. O sea, en realidad no consideraría ser justo conmigo mismo si me impusiera la obligación de convivir con cierta otredad que no me interesa. La respetaría, la entendería, pero no me pondría a tiro de convivencia con esa otredad que me repugna.

Pero en el solo hecho de tratar de comprender y respetar, ¿qué pasa?, ¿evolucionamos un poco?

Claro, sin duda. No me acuerdo quién decía que el hombre evolucionó cuando dejó de matar a su contradictor con una piedra y aprendió a insultarlo.

De tu cobertura extensa e intensa del conflicto colombiano, ¿qué has notado que facilita la convivencia armónica entre las distintas otredades?

Yo creo que la educación; el gran igualador y armonizador de la sociedad es la educación. Porque es lo que permite que uno entienda, de pronto no que acepte ni conviva, pero por lo menos que entienda. Ahora, eso también es discutible porque yo he visto unos (palabrota) que han estudiado.

Con PhD.

Sí, con PhD. No sé, la verdad a veces me pierdo... Porque el hombre, por mucho que estudie, sigue siendo un primate.

¿Has logrado encontrar lugares en los cuales los diferentes actores del conflicto armado colombiano hayan logrado convivir de forma civilizada?

Sí, yo he contado algunas historias de sociedades que tendrían argumentos para blandir la bandera del odio y sin embargo no lo hacen.

¿Cómo lo logran?

Porque tienen buena alma, son personas que de pronto no tienen la mejor educación, pero son generosas. La generosidad es clave en todo esto también, ¿no? A veces tú no entiendes al otro con tus argumentos, pero sí con tu generosidad. A veces no se trata de que el otro, con su actitud, se haya ganado el derecho a que yo lo entienda, sino que yo, desde mi generosidad, lo he podido entender aunque él no haya hecho el esfuerzo para eso.

Hay que tener madurez emocional para lograrlo.

Sí, y no siempre la tenemos. Además, yo estoy aquí en el discurso y a veces del discurso al hecho hay un trecho espantoso y uno termina tirando la piedra del Hombre de Cromañón.

¿Te has sentido incómodo siendo visto y tratado como el otro?

Digamos que eso también es inevitable. Y no es agradable, ¿no? Yo tenía unas tías muy blancas que me decían ‘el negro’, pero además lo decían con el gesto de quien está masticando un limón demasiado ácido. No me resultaba simpático en absoluto.

¿Eso te determinó de alguna manera?

Claro, ese gesto me fortaleció a mí y las desnudó a ellas.

Cuando alguien te es antipático, ¿haces algo por combatir tu animadversión o la dejas fluir?

Te voy a contar una cosa muy simpática que me pasó en un bar. Yo llegué y un escritor se me acercó y empezó a hablar conmigo y cuando ya tenía como tres cervezas entre pecho y espalda me dijo: “Es increíble, Alberto, tú me caías muy mal. Pensaba que tú eras antipático, y ahora estoy hablando contigo y no me caes mal. Ahora menos te voy a leer, porque tengo el temor de que te lea y qué tal que me guste lo que escribes” (risa estruendosa).

Genial.

Entonces yo creo que a veces la gente no quiere acercarse al otro, porque le da miedo de que le guste el otro. Es jodido; como si eso fuera un pecado, un delito. Bueno, yo creo que eso a mí no me pasa. Yo trato al otro, a veces sin ningún plan, e intento entenderlo. No me pongo como meta que lo voy a amar sino que lo hago como parte del pacto social que implica entenderse con las personas que nos tocan en suerte.

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