6 de noviembre del 2016 00:00

El ajuar funerario de Huayna Capac

Representación de Huayna Cápac en las crónicas de Guamán Poma de Ayala. Este inca ejerció gran influencia entre 1515 y 1523; murió en Quito en 1525.

Representación de Huayna Cápac en las crónicas de Guamán Poma de Ayala. Este inca ejerció gran influencia entre 1515 y 1523; murió en Quito en 1525.

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Hugo Burgos Guevara* (O)

El estudio tiene por fin esclarecer la ocupación inca en Quito aborigen, en este caso cuáles fueron los “dominios rituales” del último inca histórico “Huayna Capac” (de aquí en adelante H. C.). Su presencia en Quito fue una realidad: rigió como gobernante 42 años, aunque en el asiento quitense su presencia fue intermitente; pasó casi 20 años esperando vencer a los señoríos del norte.

Ejerció una influencia vital entre 1515 y 1523 (Oliva [1598] (1895)]. Murió en 1525. Había nacido en Tumibamba, donde estableciera su propio linaje o “panaca”, llamada “Tomebamba panaca” (Burgos). En los declives del Pichincha se halla ubicado el cerrillo cuyo nombre en lengua panzaleo no conocemos. Pero a la llegada del gobernante H. C., en quechua llegó a llamarse “Huanacauri” (Montesinos 1892, S. Hyland 2007, Burgos 1975, 2013). Sería una réplica de otros dos Huanacauri en Cuzco y Tomebamba.

Huanacauri, apelativo consagrado como segunda deidad después del sol (Zuidema 1994), fue uno de los cuatro hermanos Ayar que fundaron el Cuzco, y en la mitología se convirtió en el rey de la religión, enterrándose en una tumba de pozo profundo.

Para todo este complejo se necesitaba de un lugar público como una plaza para los rituales, tanto del sol como para el culto a los muertos.

Entiendo por “dominio” aquellos espacios físicos y estructuras de pensamiento dedicados al desenvolvimiento de los rituales que entre los conquistadores incas implicaban los templos para adoración del sol, de la luna y otros fenómenos. Sobre todo el culto a los muertos y la veneración de las deidades.

Hereditario de la estructura era el signo de la conquista, dividido en tres posiciones conceptuales: Collana, Payan y Cayao. La primera, el conquistador y su grupo; Payan, la población conquistada, y Cayao, los hijos de los primeros en las mujeres de los segundos.

Hubo una interdependencia religiosa de Huayna Capac con la actual plaza de San Francisco. No hay pruebas de que la plaza existió como mercado nativo en el período aborigen. Si él vivía en el cerro con gran vista a la ciudad y al circuito de volcanes, defendido por dos quebradas, para su expansión solo le quedaban dos opciones: ascender más al Pichincha o fincar sus obligaciones o rituales en una planada más a tono con el ejercicio religioso o militar, una plaza necesariamente. La calle Alianza (todavía vigente) fue una estrecha vía incaica, que descendía atravesando toda la “plataforma” de lo que es hoy muralla y convento.

La repentina muerte del inca Huayna Capac

No parece especulación que el inga enfermó después de haber triunfado en Caranqui. Concierne al contagio con “cachas” o “chasquis” nativos que quizás fueron contagiados por los primeros hispanos que llegaron a la costa, quienes traerían la viruela o sarampión venido desde Europa. Las crónicas indican que H. C. enfermó de “caracha”, ampollas, pústulas y llagas; no conocían la enfermedad y llamaron “karacha, sarna costrosa” (Lira 1982), y por la rapidez de su muerte y la de otros capitanes, se atribuye a la nueva enfermedad su deceso en los aposentos reales de Quito, es decir en el Huanacauri.

A su muerte, ocurrida en 1525, seguía el enterramiento de su ajuar, sus ricos ornamentos de oro, plata, etc., junto a los criados o esposas que preferían morir para acompañar a su rey en el otro mundo. Sacrificios de niños, muertes de los concubinas y esposas, todo lo que acostumbraba un rey inca. No es necesario suponer, sin embargo, que el boato fúnebre en Quito hubiera sido como si lo fuera en el Cuzco.

Su ajuar funerario debió ser enterrado o escondido, aunque no en la superficie sino en las tumbas de pozo profundo que se acostumbraba. Vienen al caso las singulares conclusiones del profesor T. Zuidema. “Las costumbres características de las provincias costeras del Chinchasuyu y del Ecuador, estaban relacionadas con la existencia de tumbas de pozo profundo (Zuidem, “Las tumbas en pozos profundos y el imperio inca” ([1977-78] 1989).

Otros clásicos ponderan el enterramiento de su riquísimo ajuar funerario en Quito, ya que no podían trasladar todo al Cuzco. Joan de Santacruz Pachacuti Yamque es uno ellos y justifica: la suerte era adversa, “muchos capitanes del inca habían muerto todos la cara llena de “caracha” que era la pestilencia del sarampión”, aduce. “Vísto que se enfermó el Inga manda a hacer una casa de piedra, donde se esconde para que no lo vean y muere”. “Y al cabo de ocho días saca casi medio podrido y lo embalsama y trae al Cuzco en las andas como si fuera vivo y bien vestido y armado” (Santacruz [1620 f. 36] 1993, p 253).

Pero para él fue una entrada fingida, ya que solo una parte de su cuerpo pudo ser conservada tanto por descomposición como por el largo tiempo del viaje a pie Quito-Tomebamba-Cuzco.

Según Juan de Betanzos (1551) aparecerá su hijo Atahualpa, quien quería hacer la fiesta de “Purucaya” (in memorian inca) por el fallecimiento de su padre. De sus intenciones se deduce el amor que le tenía después de haberlo acompañado en toda suerte de contingencias, inclusive guerras. Quería hacer dos bultos de los restos de H. C. en su memoria. Estos eran ciertos cabellos y uñas que le había quedado y “cierto pedazo de carne de su padre que él había dejado para sí cuando le adobaban para le llevar al Cuzco”; y cumplió el cometido: “de ella hizo dos bultos, uno para llevar él consigo cuando a alguna parte fuese, y el otro para enterrarlo en la ciudad de Quito en las casas de su padre en aquel sitio donde había expirado y ansí puso en esta casa y sitio, y allí le hacía servir y hacer sacrificios como si vivo fuera. (Betanzos [1551] 1987, p. 208).

Juan de Betanzos escribe: “casi nada material, unas uñas y unos cabellos fue lo que llegó del cuerpo de H. C., restos que fueron enterrados en el valle de Yucay, con mucha suma de oro y gran riqueza, la cual nunca los españoles lograron encontrar”. En resumen, la mayor parte de los restos de H. C. están enterrados en Quito según las crónicas, junto a su ajuar funerario.

* Ph. D. Este trabajo está derivado de la disertación “Los Cuatro Cerros Sagrados de Quito Inca”, presentada a la Academia Nacional de Historia del Ecuador en julio de 2013.

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