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Si perdiera su celular, ¿podría sobrevivir sin publicar en alguna red social una foto de su almuerzo, o de su gato mirando la lontananza o de algún paisaje conmovedor? Exagero, sí. Pero toda exageración parte de algún lugar real y en el caso de la proliferación de imágenes compartidas en redes sociales, no puede negarse que estamos ante una tendencia sólida de una nueva narrativa de la cotidianidad.

En la mañana una imagen de un sol saliente y un café, a media mañana alguna documentación del trabajo del día o de #laoficinadehoy. Al medio día saltan en pantallas alrededor del mundo miles de imágenes de hamburguesas y ensaladas y la tarde va cayendo con la entrada de fotos de bicicletas, de encuentros sociales, de eventos deportivos, atardeceres memorables. Todas ellas, por lo general, son fotografías tomadas con teléfonos celulares y pasadas por los filtros de aplicaciones como Instagram o Hipstamatic -entre tantas otras- que por lo general tienen un aire de fotografía vieja, algo así como fotos que serían el resultado de poner la memoria en esteroides.

El 27 de febrero de este año Instagram celebró el haber sobrepasado los 100 millones de usuarios activos apenas un año y un mes después de su entrada al mundo de las aplicaciones. Meses antes, en mayo del 2012, celebraron que cada segundo se subían a la red social 58 fotografías y nuevo usuario se registraba. Números que no deben sorprender si se toma en cuenta que hoy día en el mundo hay activos alrededor de 3.5 miles de millones de los llamados teléfonos inteligentes. Y si se trata de fotografías y redes sociales, basta mirar hacia la reina de éstas: Facebook; una red en la cual cada día sus usuarios publican 100 millones de fotos, cifra lógica para un espacio en el que interactúan cada mes más de mil millones de usuarios.

Son estadísticas que hablan de la voracidad con la que se consumen imágenes en la web. Ya desde los 70, Susan Sontag -en su colección de ensayos On Photography (publicada en el 1977 y donde recoge sus visiones sobre el tema desde 1973)- advertía que la fotografía generaba en las personas una relación de vouyerismo crónico con su entorno. “Hoy día todo existe para acabar en una fotografía”. Palabras de Sontag que resuenan en esta segunda década del siglo XXI.

Las de hoy son fotografías del ahora que lucen como recuerdos. Saludemos pues a la vejez instantánea. Porque en el 2013 no parece haber tiempo para esperar el paso del tiempo. Bienvenidos a la era de la nostalgia urgente.

“Los ciclos de nostalgia se han vuelto tan cortos que tratamos de inyectarle sentimentalismo al momento presente, al recurrir por ejemplo a ciertos filtros que dan a las fotografías un aire antiguo. La nostalgia exige el paso del tiempo. No es posible acelerar el florecimiento de recuerdos significativos”, escribió la profesora de la Universidad de Princeton, Christy Wampole, en su ensayo Contra los hipsters o cómo vivir sin ironía publicado en la revista colombiana El Malpensante.

Esta idea claramente revela como una de las señales más claras para entender la cultura contemporánea y las nuevas generaciones el modo en que hoy día se documenta el diario vivir. Somos imagen, consumimos imagen y nuestra relación con la fotografía es cada vez más cercana. Ahora, ¿significa esto que hoy día todos somos fotógrafos? O cómo ya muchos se han preguntado en blogs especializados: ¿Estas aplicaciones hacen magia o mediocridad? ¿Somos menos interesantes sin filtros de colores? Y más importante aún: ¿Qué retos le depara esta tendencia a quienes ejercen la fotografía profesionalmente, una profesión que requiere no solo un complejo dominio técnico sino una educación visual y cultural abarcadora?

Un debate que crece

El 31 de marzo pasado apareció en la portada de The New York Times una fotografía hecha con un iPhone y editada en Instagram del fotógrafo de deportes Nick Laham. La imagen, un retrato del pelotero de los New York Yankees Alex Rodríguez, -licenciada a través de la gigantesca agencia Getty Images- generó todo tipo de controversias y reacciones.

No es la primera vez que una imagen realizada con teléfono llega a la primera plana de un diario de ese nivel e influencia mundial. Muchos recuerdan el foto ensayo premiado del fotoperiodista Damon Winter publicado en el mismo diario en el 2010, en el que se presentó una serie de fotos de la vida diaria de soldados estadounidenses en Afganistán editadas con Hipstamatic.

Winter, en un foro convocado por el portal Poynter, defendió su decisión de trabajar ese foto ensayo en particular con su teléfono por entender que era la herramienta ideal para lograr no solo una mayor cercanía con los sujetos, sino lograr imitar las imágenes del día a día que ellos mismos capturan y envían a sus familias. “Una cámara grande hubiese resultado intimidante”, expresó en el foro en el que lamentó que la discusión se hubiese centrado en la plataforma escogida y no en la historia de los soldados.

Sobre las críticas a los filtros y consideraciones estéticas que usó, algo visto por muchos como una manera de manipular la noticia, respondió: “Estamos siendo inocentes si pensamos que la estética no juega un papel importante en la manera en que como fotoperiodistas contamos una historia. No somos fotocopiadoras andantes, somos contadores de historias. Observamos, escogemos momentos, enmarcamos pequeños pedazos de nuestro mundo con nuestros lentes, incluso decidimos cuánta iluminación le daremos a nuestros sujetos y en todas esas decisiones le estamos dando forma a la manera en que una historia es contada”.

“En el corazón de cada imagen sólida están los mismos fundamentos: composición, información, momento, emoción, conexión. Si la gente cree que esto es una herramienta mágica que hace que todo se vea bien, están equivocados”, añadió.

Con él coincide el fotoperiodista argentino, recientemente galardonado con un Pulitzer por su trabajo en Siria, Rodrigo Abd quien advierte que el que una imagen sea buena o mala -sobre todo en el fotoperiodismo- no depende solo de consideraciones estéticas sino del contenido. “Quedarnos en la discusión del formato es perder un poco el foco. Hay que pensar en qué estamos haciendo y por qué, a qué dedicamos nuestro tiempo. No me preocupan los formatos, me preocupa que cada día se le dedique menos espacio a las cosas importantes”.

Pero esto es un precedente que, aunque inevitable, ha generado preocupaciones que vuelven más compleja la discusión. La periodista Megan Rose Dickey, bloguera de Bussiness Insider, advirtió en una columna que casos como la portada de The New York Times representa un problema para la fotografía tradicional porque “las habilidades necesarias para hacer hermosas fotos que son dignas de la portada de un periódico siguen disminuyendo rápidamente”.

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