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Guardar intacta una propiedad familiar que se ama, que es riqueza presente y mayor riqueza futura; permitir que tal riqueza pase de padres a hijos, se incremente y revalorice con el tiempo, es sabio y benéfico para muchísimos más de aquellos que la preservaron al principio. Conservar lo que se ama exige prudencia, paciencia, espera activa… Hace algo más de un siglo habría sido 'rentable' acabar con monumentos coloniales; iglesias, conventos, muros, patios seculares, antiguas casas de hacienda, arcadas, bóvedas, calles… En Quito se habrían construido grandes edificios horribles, como estaba de moda entonces; como en otros países americanos, la ciudad entera habría sido inmensa calle de compraventa, el 'progreso' habría barrido todo lo valioso. Si a cierto alcalde de triste memoria se le ocurrió dar al traste con algún viejo edificio y construir algo 'moderno', imitación burda de lo antiguo, en el centro de Quito permanece aún su marca de vulgaridad e improcedencia. Felizmente esto tuvo un límite y Quito es ciudad patrimonio cuya riqueza perdura gracias al olvido en que se nos tuvo cuando fuimos audiencia, y a la poca velocidad con que asimilamos el 'progreso' y sus tristes consecuencias.

Trágica la noticia, para el Ecuador y el mundo entero, la de que el Yasuní será explotado… Ruido atroz, huecos, carreteras, tubos, camiones, canteras; fauna, flora, pueblos olvidados, pronto lloraremos por el último rincón de verdor que nos queda.

El Ecuador necesita dinero, por supuesto. Gastos en obras viales, en el afán de mejorar la educación, (¡bendito gasto que, controlado y mejor organizado, exige el reconocimiento de que era hora de hacerlo!): no se progresa sin recursos, pero el mayor progreso surge de lo que la inventiva, el esfuerzo, el estudio permiten crear, descubrir, posibilitar. El progreso exige preservar nuestros recursos naturales; 'sembrar el petróleo' que ya tenemos, no, explotarlo en ámbitos intocados, y usufructuar de él sin medida. El dinero del petróleo debe permanecer en forma de producción; la riqueza del fondo de la tierra se agota, con irrecuperable destrucción natural y humana.

La propuesta ecuatoriana de preservar la riqueza del Yasuní para la humanidad, a cambio del dinero que la comunidad internacional entregue en compensación, fue poco imaginativa en tiempos de grave crisis, con un plazo tan corto que pareció pensado para que se nos dijera no, no, para que se respondiera con un sí tan difícil. ¿Insensibilidad de los grandes países para apreciar el valor universal de la oferta ecuatoriana?; ¿no es el mismo Ecuador el falto de sensibilidad, el carente de opciones, por facilismo (¡maldito facilismo cuyo altísimo costo pagamos a diario!), por urgencia, por un afán de riqueza inmediata para gastos que exigen mayor reflexión, prudencia y eficacia?

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