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Cuando los riñones dejan de funcionar y el organismo humano pierde su capacidad de filtrar las sustancias tóxicas de la sangre, la diálisis y el trasplante son las únicas opciones de vida que tiene una persona con insuficiencia renal crónica (IRC).

Las causas más comunes de esta epidemia silenciosa, que según la Organización Mundial de la Salud (OMS) afecta a más de 500 millones de personas, son la presión arterial elevada, diabetes y enfermedades del corazón.

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En Ecuador se estima que 6 000 personas con IRC reciben tratamiento por esta enfermedad. La mayor parte está amparada por el Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social (IESS) y el Programa de Protección Social (PPS) del Ministerio de Salud.

Solo en Pichincha, Santo Domingo y Esmeraldas se atiende a 750 afiliados del IESS con IRC, en prestadoras de salud privadas, informó Nilda Villacrés, subdirectora de la regional que cubre a estas provincias.

El programa integral del Seguro Social en el país cuenta con un presupuesto anual de USD 12 millones, previstos dentro del presupuesto general de salud, de USD 400 millones.

Con ese monto se garantiza que afiliados como Segundo Manuel Vallejo, de 79 años, quien vive en el barrio La Luz, en el norte de Quito, no sientan la carga económica de un tratamiento que cuesta USD 17 472 por año.

Vallejo está en el programa de hemodiálisis del Hospital Carlos Andrade Marín (HCAM), adonde acude religiosamente los lunes, miércoles y viernes.

A través de pequeñas mangueras transparentes, este paciente se conecta a una máquina que depura y filtra la sangre, controla su presión arterial y ayuda a que su cuerpo mantenga el equilibrio adecuado de potasio, sodio, calcio y bicarbonato.“Cuando me hago la diálisis me siento mejor, pero el resto del tiempo estoy decaído”, dice Vallejo, quien aún está en el período de adaptación.

Las personas con IRC pueden optar por la hemodiálisis, la diálisis peritoneal o el trasplante renal. Este último es el más difícil, porque depende de la voluntad de los donantes vivos o de los órganos que se puedan conseguir de donantes fallecidos, dice Luis Manjarrez, jefe del área de Nefrología del HCAM.

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Para los tratamientos de hemodiálisis, el HCAM cuenta con una unidad de referencia con 10 máquinas para pacientes generales, dos más para pacientes con hepatitis C y E y personas que viven con VIH/sida, y otra para pacientes con serología dudosa. Además, hay una máquina que soluciona los problemas de déficit y otra en Terapia Intensiva.

En Nefrología, donde se atiende a unos 75 pacientes cada mes, también se practica la hemodiafiltración. Este método usa las mismas máquinas de hemodiálisis, pero permite un mejor tratamiento a personas con problemas cardíacos.

Para que la hemodiálisis y la hemodiafiltración sean óptimas, el paciente debe someterse a una cirugía menor para unir una vena y una arteria y formar la fístula que resistirá el pinchazo de una aguja del tamaño de una mina de esfero.

En el HCAM también hay cerca de 150 personas en programas de diálisis peritoneal continua ambulatoria y la diálisis peritoneal automatizada.

Diálisis en casa

Gloria Matute Jaramillo, de 60 años, quien vive en San José de Calderón, escogió la opción continua ambulatoria y desde hace siete meses se dializa en su hogar tres veces al día (a las 08:00 a las 16:00 y a las 21:00).

Para su tratamiento debe colocar la funda con la solución dializadora en un gancho que está a la altura de su cabeza. Esto permite que el líquido entre en su área peritoneal por precipitación. El proceso de limpieza tarda unos 20 minutos, pero ella se toma una hora para alistarse, pues debe lavarse bien las manos y el área abdominal. “Es un poco complicado pero estoy conforme”.

Lo básico en este tratamiento es el intercambio de un líquido sin contacto con la sangre. La solución dializadora permanece en el estómago por un promedio de seis horas y después de absorber las toxinas del cuerpo, a través de las paredes de los intestinos, se elimina en otra funda.

A Matute, quien hace la limpieza en una constructora, le detectaron IRC en julio del 2010, en el Hospital Vozandes, pero no se sometió a la diálisis porque “quería una segunda opinión y mi esposo me trajo al Seguro”. En el HCAM le confirmaron el diagnóstico y le ingresaron por emergencia, ya que su riñón solo funcionaba al 18% de su capacidad.

“Me atendieron muy bien, me hicieron todos los exámenes y me dieron el ingreso”, comenta Matute, quien solo tiene dos años de aportaciones porque nunca quiso afiliarse al IESS. Reconoce que sin esta terapia moriría en cuestión de días o semanas. “Doy gracias por estar afiliada… esta terapia no la podría pagar”.

La diálisis peritoneal

Los pacientes con IRC que son económicamente activos o tienen problemas del corazón y pueden valerse por sí mismos pueden escoger la opción de diálisis peritoneal automatizada.

En este procedimiento se usa un equipo de diálisis para el hogar que cuesta USD 7 000. El IESS permite que los afiliados se lleven el aparato a su casa luego de firmar una garantía.

“Es óptimo para quienes viven lejos de los centros de diálisis o no tienen buenos accesos venosos para la hemodiálisis”, asegura Manjarrez, quien advierte que esta opción requiere de mucha disciplina y aseo.

Esto lo ratifica Ana María Goyes, de 50 años, quien padece glomerulonefritis, una extraña enfermedad que ataca e infecta a los glomérulos (filtros que tienen los riñones).

“Me detectaron la enfermedad cuando tenía 22 años y pude mantenerme con un tratamiento médico hasta los 43”, comenta Goyes, quien se hizo diálisis manual por seis meses, pero buscó otra opción para mantener su trabajo. “Entonces me dieron la máquina y gracias a eso trabajo y me siento una persona normal”, dice la trabajadora de una empresa de suministros médicos.

Goyes se dializa todas las noches en su casa, ubicada en el sector de El Batán, en el norte de Quito. “En 15 minutos me conecto a la máquina y no he tenido ninguna complicación”.

Junto a su cama tiene dos mesas auxiliares donde coloca las soluciones dializadoras, la línea de drenaje y la máquina. Antes de dializarse se lava y esteriliza las manos y saca una mascarilla.

Todo es descartable y debe estar tapado y esterilizado, ya que así se evita una posible peritonitis, que es el mayor riesgo en este tipo de tratamiento.

Constantemente la máquina le recuerda los pasos que debe seguir hasta que la solución se caliente y tenga que conectarse. En su caso lo hace por ocho horas, pero hay pacientes que usan la máquina entre 10 y 12 horas. Mientras duerme, el equipo realiza cuatro ciclos que le ayudan a limpiar su sangre de toxinas que se drenan en un recipiente.

“Es como bañarse o cepillarse y más fácil que conectarse a la computadora”, dice con optimismo Goyes, quien lleva una vida normal durante el día. “Nadie cree que soy insuficiente renal” comenta la paciente, que incluso viaja a la playa con su máquina.

Lo que más agradece es que puede hacerse el tratamiento sola y que su esposo y su hijo nunca se han sentido esclavizados por su enfermedad.

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