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Por el temor, la vergüenza y el miedo lloraba desconsoladamente y se encerraba en una pequeña y descuidada habitación de una casa de citas de Manta, Manabí. Allí, solo había espacio para una cama, una jarra y una lavacara.

Pepita (nombre protegido) de tez blanca, pestañas rizadas y cabello rubio, recuerda la época en que laboraba en cabarés de Manta, Cuenca y otras urbes. Lo hizo durante siete años.

Esta manabita, de 40 años, titubea al hablar sobre su adolescencia. Una noche en Manta, sus amigas la vistieron, le maquillaron y le enseñaron sobre la prostitución, a sus 17 años. “No sabía nada. Durante las primeras noches mis amigas llevaban hombres a mi cuarto. Solo entré por la juventud y me acostumbré a ganar buen dinero”.

Su tristeza se desvanece y sus ojos verdes se iluminan al contar que hace 10 años dejó este oficio. En esa decisión influyó su hijo, quien en ese entonces tenía cuatro años. Ella lo dejaba encargado porque su padre lo abandonó cuando se enteró que se prostituía. “No podía permitir que mi hijo crezca en ese medio”.

En la actualidad tiene un amplio salón de comidas, con mesas cubiertas con manteles de plástico floreados. Su negocio está ubicado junto a una casa de citas en la capital azuaya. Antes de invertir en este negocio, ella vendía cosméticos y después ofrecía comida de manera informal.

Para abrir el restaurante solicitó un crédito de USD 15 000. No cuantifica sus ingresos, pero admite que tiene lo suficiente para vivir bien. Por minutos se queda en silencio, entrelaza sus manos y suspira. Está orgullosa de ganar ese dinero, “porque en la prostitución sentía vergüenza, me señalaban. Era como llevar un letrero de rechazo y estigma”. Además, se siente feliz porque su hijo cursa la secundaria.

  • Vídeo

Testimonio de una trabajadora sexual

Ruby cuenta cómo se involucró en la prostitución.



Tatiana (nombre protegido), de 36 años, también sintió ese mismo desprecio durante los 10 años que deambuló por la avenida España, en las inmediaciones de la terminal terrestre de Cuenca.

A esta guayaquileña, su esposo la obligó a prostituirse. Antes, en su adolescencia vendía champú y purgantes, pero cuando se casó a los 23 años su marido le maltrataba y “le obligó a que sea una trabajadora sexual por falta de dinero”.

En más de una ocasión tuvo depresión y perdió su autoestima. En esa época también estudiaba en la universidad y sus compañeros se enteraron de su trabajo y se burlaban. Hace 2 años se divorció y dejó la prostitución. Su motivación de retirarse de este oficio fue que tenía que superarse y vencer sus temores.

Al igual que Pepita también recibió ayuda psicológica de sacerdotes y voluntarios. Tatiana se graduó de auxiliar de enfermería y abrió un restaurante hace año y medio con la ayuda de su actual esposo, quien es militar.

A siete cuadras de la terminal terrestre, en el sector del mercado 9 de Octubre, caminan Lolita, de 47 años y Rosita, de 45. Ellas aligeran su paso por instantes y evitan llamar la atención. Rosita dice a su amiga que no debe importarles que las personas hablen de ellas. Ambas dejaron la prostitución hace dos meses.

Rosita es oriunda del cantón azuayo de Gualaceo y durante 15 años laboró como trabajadora sexual. Con humildad cuenta que ahora vende comida en una carretilla. Lolita, en cambio, prepara almuerzos en su casa en la parroquia Ricaurte y gana USD 15 al día. Dicen que es casi lo mismo que ganaba como trabajadora sexual. “Teníamos pocos clientes”.

Ellas aseguran que gracias a la ayuda psicológica que recibieron hace tres años en la Fundación Mujer Solidaridad lograron salir del oficio. Su directora, Yolanda Gómez, cuenta que les entregaron ollas, una cocina y platos para sus negocios. En total 300 mujeres dejaron de prostituirse en Cuenca, en los últimos 12 años.

La ayuda psicológica de esta fundación también llegó a Santa Rosa, en El Oro. Allí, Violeta, de 51 años, laboraba como trabajadora sexual desde los 15 años.

“Fue demasiado tiempo el que estuve en esa vida”. Violeta recuerda que un hombre se aprovechó de su niñez e hizo que sea una trabajadora sexual. En varias ocasiones cayó en el alcoholismo.

Para ella, “la prostitución es una enfermedad terminal que lentamente acaba a la persona”. Se deprimió y adelgazó solo en pensar que podía tener VIH, porque tres de sus amigas se contagiaron.

Hace 10 años dejó ese oficio gracias a un amigo y a la ayuda psicológica. Ahora es brigadista de campañas de la malaria del Ministerio de Salud. También formó la Asociación Flor de Azalea, que tiene 63 trabajadoras sexuales.

Su objetivo es que puedan comprar un terreno y que el Municipio les ayude en la construcción de una urbanización para ellas.

Esa intención también tiene la orense Victoria, de 43 años, quien ayuda a Violeta en que sus compañeras que todavía ejercer la prostitución, tengan una mejor calidad de vida. “Si tuviera que escribir un libro de todo lo que viví en la prostitución faltarían hojas”.

Victoria cree que en muchas ocasiones las mujeres se acostumbran a recibir el dinero vendiendo su cuerpo y no buscan otro oficio. Ella siempre sintió temor de llegar a “vieja”.

Con rabia, dice, que nadie le creyó que su esposo la prostituía. Victoria, de 43 años, dejó hace nueve años el oficio y trabajó como empleada doméstica.

“Todo iba bien hasta que un día llegó la Policía a la casa donde trabajaba. Nos acusaron (jefa, hijo y ella) que vendíamos droga y nosotros no sabíamos que su hijo lo hacía. Estuve un año y media presa”. Ahora labora en un almacén de productos naturales.

Testimonio

Verónica, de Santa Rosa /
Todavía es trabajadora sexual y labora en la capital azuaya
‘Por mis hijos tengo que prostituirme otra vez’

No sé qué hacer para dejar de deambular por la terminal terrestre (Cuenca) en busca de dinero. Tengo  rabia e impotencia porque luego de cinco años de haber dejado este oficio regresé hace 10 meses.

No puedo dejar de llorar al recordar que en una noche de enero del 2006 un cliente de tez morena,  requirió mis servicios y me llevó a un hotel. Me amenazó con cuchillo mientras  me violó. Luego cortó mi pierna.  Por eso me retiré de la prostitución, pero en  mayo del 2011 mis dos hijas tuvieron un accidente de tránsito y quedaron imposibilitadas y mi hijo quiso suicidarse. Los nervios y la angustia se apoderan de mí, porque me vi obligada a regresar. En la venta de cajones para guardar ropa, solo ganaba entre USD 5 y 15 al día.

Punto de vista

Mario Moyano/
Psicólogo y catedrático de la Universidad del Azuay
‘La sociedad y el Estado son responsables’

El factor  económico es un elemento fundamental para la vida de una trabajadora sexual, porque en la mayoría de veces es   quien mantiene a su familia. Al tener la responsabilidad de sus hijos, madre, hermanos y, muchas veces, de sus esposos, no pueden  dejar este  oficio. Además, la falta de decisión de retirarse de la prostitución se da porque  la sociedad les discrimina. También influye que en varios casos su autoestima es baja y tienen  depresión. Es  vital  que tengan acompañamiento psicológico y reciban afecto. Eso  ayudará para que tomen la decisión de salirse. La sociedad  y el Estado tienen responsabilidad  porque las empresas no tienen planes para  ocupen puestos de trabajo y el Gobierno no realiza proyectos integrales.

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